Tengo los sentidos llenos de desierto.
Por la mañana lo veo levantarse imponente, subyugante,
ataviado con plumas turquesas, rosadas, púrpuras
fresco y sensualmente aromático, cual poderoso príncipe.
Su dorado manto, baja lentamente por las dunas, las lomas,
se ocultan bajo él la zorra y el coyote
llevándose entre las fauces noche y estrellas dormidas.
En vuelo silencioso, de su inmenso penacho luminoso y azul
surgen águilas serenas e inquietos halcones
con rayos de sol entre las garras y diamantina luz en la mirada.
Por la tarde lo siento abrasadorm, o su aire cálido me arrulla
por la tarde me sabe a fruta nómada, seca y agridulce,
adormecido o fogoso, de tarde me ofrece sus riquezas.
Tengo los sentidos llenos de desierto.
Porque en sus tibias noches nace entre las sombras
cierta fragancia amorosa, lenta y delicada,
como si nuestra gran soledad se hiciera persona.
Entonces escucho la provocativa música con la que él desvanece las penas
y antes de conducirlas al sueño,
las penas cantan sus nostalgias con percusiones y cascabeles del desierto.
Por eso yo,
Tengo los sentidos llenos de desierto.