Mario García Castillo
Ave de la mañana
al surcar los espacios de mi alma
dejaste tu huella en mi corazón.
Los sonidos de tu voz
de mi hicieron un juglar.
Hice cantos para ti
en las noches interminables
hice cantos para ti
en las mañanas bellísimas
y todo era nuevo ante tu tacto
todo era maravilloso ante tu mirada.
Mi pasión residía en cierto universo
de bellísimos colores y fragancias exquisitas
donde el horizonte era tu esbelta silueta
tu esbelta silueta dormida o despierta
y la luz del día irradiaba de tu cálida piel
y el brillo de la noche nacía de tu cabellera.
Pero
llegó el momento de las grandes decisiones.
Así abandoné mi condición de juglar
tomé las tres primeras letras de tu nombre
para hacerme uno nuevo
para no olvidarte y pese a todo
comencé un largo peregrinar
sin dejar señales para volver.
Salvo algunos cantos
que por llevarme a tu tierra
habrán de conducirme al desierto del olvido
en el que no existen aves de la mañana
que surquen el espacio
y las huellas del corazón se hunden en una arena
más ardiente que cualquier pasión amorosa
evocada en pleno otoño de viento fiero
y triste hojarasca. |