MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Manipulación en el precio de la tortilla


Aquiles Córdova Morán
Secretario General del Movimiento Antorchista Nacional
México, Distrito Federal, a 29 de enero de 2007

Como sabemos, el precio de la tortilla se elevó, desde los primeros días del año, de los cinco o seis pesos por kilo que venía costando, hasta los 20 pesos en casos de abuso extremo. Es duro, pero debe aceptarse como cierto que este incremento no se debió sólo a la voracidad de los tortilleros y a la especulación de los fabricantes de harina de maíz, sino que existen causas reales para ello, mismas que no pueden eludirse simplemente negando su existencia. Entre éstas se encuentra, por ejemplo, el incremento en los precios de los combustibles como el diesel, la gasolina, el gas y la electricidad, todos ellos energéticos que entran en la fabricación de la tortilla y de la harina de maíz, y está también la elevación del precio del maíz como consecuencia de la baja cosecha de los productores mexicanos y el encarecimiento del que procede de Estados Unidos, donde se ha convertido en materia prima para la producción de etanol. En resumen, pues, la tortilla subió porque subieron los insumos con que se fabrica, y, siguiendo la lógica del mercado, no se puede obligar a nadie a que siga produciendo y vendiendo un artículo, si ello no le garantiza la ganancia que considera justa, o, peor aun, si le representa pérdidas en vez de utilidades.

Esto querría decir que tienen razón quienes sostienen que, aun eliminando la parte del incremento atribuible al abuso y a la especulación, la elevación del precio de la tortilla es de todos modos inevitable, porque es un hecho duro el encarecimiento de las materias necesarias para su elaboración, es decir, porque se han elevado sus costos de producción y eso sólo obliga a la elevación proporcional del precio de venta al consumidor final. Me parece necesario subrayar todo lo dicho hasta aquí, porque creo que es un razonamiento de este tipo, u otro semejante, el que ha servido de base al acuerdo entre el gobierno federal, los industriales de la harina de maíz y los fabricantes de tortilla para fijar el precio del alimento en un máximo de ocho pesos con cincuenta centavos el kilo, dando por hecho que con esa medida se resuelve el problema de manera equitativa para todos.

Pero no es así y veamos por qué. Aun aceptando que el precio acordado sea realmente el mínimo indispensable para garantizar a los productores una utilidad razonable, y aceptando también que todo mundo va a someterse a dicho acuerdo (lo cual lleva todos los visos de ser una pura ilusión, si se tienen en cuenta las declaraciones de la mayoría de las asociaciones de tortilleros del país), aun así implica una inequidad flagrante sostener que eso conviene también a los consumidores. Y es una inequidad porque se olvida que, por justificado que esté el nuevo precio en términos de la realidad económica del mercado, no lo está de ninguna manera en términos del nivel de ingresos de los consumidores, ya que la gran mayoría de ellos percibe un salario fijo, y además raquítico, para solventar todas sus necesidades vitales.

Se quiere hacer tragar a la gente la rueda de molino de que el nuevo gobierno, sensible a su pobreza y a sus reclamos, le hizo justicia al promover el acuerdo mencionado; pero si partimos de que un salario mínimo es, en números redondos, de 50 pesos diarios, resulta que la adquisición de un kilo (véase bien: de un solo kilo de tortillas), le representa, nada más y nada menos, que el 17% de su jornal, o sea, casi la quinta parte del mismo. Preguntémonos, entonces, ¿qué va a hacer una familia que, por su número y por la falta de otros alimentos más caros aun, tiene que adquirir dos, tres y más kilos de tortilla al día? ¿Cuánto le queda para enfrentar todos los demás gastos indispensables para su sobrevivencia y la de su familia? Y es forzoso recordar que el cálculo está hecho sobre la base de un ingreso diario de 50 pesos; sin embargo, las cifras oficiales dicen (o cuando menos lo han dejado ver en algunas ocasiones) que la mayoría de pobres vive con dos dólares diarios o menos, es decir, en el mejor de los casos, con algo así como 20 pesos diarios. Para estas familias, el precio “justo” de ocho pesos con cincuenta centavos por kilo de tortilla representa una verdadera tragedia. Así pues, el precio “justo” es una injusticia simple y sencillamente porque subió la tortilla pero no subió el salario de los pobres, razón por la cual, cualquiera que sea la magnitud del incremento, representa más pobreza para la gente, porque se la obliga a emplear una porción mayor de su ingreso para comprar la misma cantidad de tortilla e, incluso, en algunos casos, menos tortilla que antes.

Es obvio, por tanto, que para los más necesitados sólo hay dos salidas verdaderamente justicieras: o se deja el precio de la tortilla al nivel de antes o se le incrementa su salario, su ingreso, en la misma proporción en que se encarecen los productos de primera necesidad. Ahora bien, como es obvio que los empresarios de la tortilla no aceptarán jamás trabajar para perder dinero, y que el gobierno se opone rotundamente a decretar un alza generalizada de los salarios alegando que es “una medida inflacionaria”, no hay más remedio que subsidiar la tortilla, y hacerlo de tal modo que no afecte, ni en un ápice, las ya de por sí difíciles condiciones económicas y sociales de los más desprotegidos económicamente. La demanda de los trabajadores y del pueblo en general tiene que ser: ¡abajo el precio de la tortilla! ¡No más allá de cinco pesos el precio del kilogramo de eso que es, sin exageración, la vida para millones de mexicanos!

 


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