Es un hecho inocultable que la opinión de América
Latina está dando un giro hacia la izquierda. Mediante
su voto libre y secreto ha dado la espalda a las opciones de
gobierno ligadas al capital, y ha optado por los partidos y
candidatos que se identifican de manera expresa con una propuesta
orientada hacia el socialismo. Contra lo que esperaban los líderes
mundiales del statu quo, y aun contra el vaticinio de sus teóricos
más destacados, como Francis Fukuyama, quien sostuvo
que el desarrollo de la sociedad había llegado a su fin
con la derrota del socialismo, hoy, cuando ambas fuerzas (la
material y la espiritual) creían seguro el dominio del
planeta ante la falta de un enemigo capaz de hacerles frente,
resulta que justamente en lo que ellos mismos llaman su “traspatio”,
en América Latina, brotan por todos lados gobiernos que
critican abiertamente las políticas neoliberales y vuelven
la vista hacia una economía socializada, para resolver
el inmenso desafío de dar trabajo y condiciones de vida
dignas a las grandes masas populares. Argentina, Brasil, Chile,
Bolivia, Venezuela, Nicaragua, Ecuador, cada quien a su modo
y con la gradualidad que considera pertinente, han puesto rumbo,
cuando menos en el discurso, hacia un horizonte que ellos mismos
definen como socialista, matizado y determinado, eso sí,
por sus propias condiciones y necesidades históricas.
Esta situación ha despertado la preocupación y
el enojo de los jefes del sistema, quienes han ordenado a sus
escuderos ideológicos que de inmediato disparen todo
su arsenal de infundios, calumnias, injurias y amenazas de catástrofes
apocalípticas si se opta por el cambio, con el fin de
volver a sembrar en las masas el pavor, el odio y el rechazo
hacia cualquier cosa que huela a socialismo. Ya está
en marcha, a tambor batiente, la campaña de desprestigio
en contra de Hugo Chávez Frías, presidente de
Venezuela por segunda vez, por la voluntad soberana de su pueblo.
La jauría mediática, a sueldo o por convicción,
se da vuelo tratándolo de asesino, golpista, dictador,
mesiánico, etc., etc. Lo menos que le han dicho es que
está rematadamente loco. Y muy de cerca le siguen Evo
Morales de Bolivia, Fidel Castro de Cuba, Daniel Ortega de Nicaragua
y el recientemente ungido presidente del Ecuador.
Era de esperarse. Pero lo que yo quiero resaltar en este contexto,
es que la falange ideológica lanzada contra el vigoroso
resurgimiento del socialismo, no ha tenido dificultad para proveerse
de municiones escatológicas que lanzar contra el “enemigo”;
les ha bastado con abrir el viejo arcón de los tiliches
anticomunistas de otros tiempos, que bien les sirvieron para
desprestigiar y derrotar al “socialismo real”. Pero
la cosa cambia radicalmente cuando intentan pasar al elogio
y a la ponderación de los méritos, las ventajas,
las virtudes y las bellezas del capitalismo; cuando tratan de
recontar los beneficios que éste ha traído para
las masas populares, en un intento de ganárselas para
su causa. Ahí es donde la puerca tuerce el rabo, como
suele decirse. Y no podría ser de otro modo, porque para
cualquiera que no esté atado al sistema por algún
interés, no hay duda de que los pobres del planeta no
tienen nada, absolutamente nada que agradecerle al capital.
En efecto, ¿qué les ha dado a lo largo de su ya
prolongada historia, aparte de ignorancia, hambre y explotación?
Ahora mismo, ¿qué espectáculo de conjunto
ofrece el mundo bajo el gobierno y la conducción de los
barones del dinero? Pobreza galopante para más de la
mitad de los seres humanos, y la amenaza real de que siga incrementándose
al paso de los días. Y junto con eso, violencia, guerra,
masacres, demolición de países enteros, usurpación
de su territorio completo a naciones débiles para favorecer
a los peones de brega del imperio. La justicia convertida en
tapadera de la tortura, prisión y asesinato brutal de
supuestos o reales enemigos; los tribunales, nacionales e internacionales,
transformados en agencias de trámite de “sentencias”
a tenor de los intereses del gran capital; cárceles clandestinas
con prisioneros sepultados en vida, presidios convertidos en
antros de Trofonio, como Guantánamo y Abu Grahib, donde
los presos, al margen de toda ley y de todo derecho, sufren
torturas y abusos mil veces más atroces que la misma
muerte.
Ante este cúmulo de virtudes de las “sociedades
libres”, ¿qué pueden decir en su defensa
sus escuderos ideológicos? ¿Qué argumentos
pueden esgrimir para convencer al pobrerío de que viven
en el paraíso y de que el socialismo se los cambiaría
por un infierno? Nada, absolutamente nada. Por eso sudan y se
acongojan, vacilan y se tropiezan y se ven constreñidos
a recurrir al viejo y sobado argumento de que la democracia
es “mejor” porque respeta “las libertades”
(¿cuáles?) y permite a los ciudadanos “elegir
libremente” a sus gobernantes. Pero la gente, que ya aprendió
a pensar a fuerza de engaños y de palos, se pregunta:
¿y qué? ¿Qué gano yo con “elegir
libremente” a mis gobernantes, si éstos, ya en
el poder, sólo roban y trabajan para los poderosos, con
completo olvido de los desamparados? La democracia, por buena
que sea, no puede ser un fin en sí misma, sino sólo
un medio para conseguir el bienestar de la gente; y si esto
no es lo que ocurre, entonces habrá que concluir que
ha fracasado y que ha sonado la hora de buscar opciones mejores.
La operación no puede ser “libertad” a cambio
de pobreza bestial; tiene que crearse algo que sea capaz de
cumplir con ambas aspiraciones humanas: ser libre y tener qué
comer; vivir libre y vivir bien. Lo demás son cuentos
chinos llenos de veneno.