Hay a quienes ha molestado la decisión
del Presidente de la República de no presidir, nunca
más, el desfile obrero del primero de mayo, una efeméride
que atañe únicamente a los trabajadores. La fecha
está ligada indisolublemente a las luchas históricas
del proletariado por mejorar sus condiciones de trabajo y de
vida, a su necesidad de libertad para manifestar públicamente
sus necesidades insatisfechas, sus reclamos e inconformidades.
De ello se deduce que el gobierno de la República, en
efecto, no tiene nada que hacer en esa conmemoración;
su presencia, en el mejor de los casos, sólo inhibiría
la espontaneidad de los reclamos presentes en esa fecha. Por
ello, creo que quienes objetan la decisión presidencial
están en un error. Se pueden discutir, por supuesto,
las verdaderas razones que la motivaron; se puede suponer, incluso,
que detrás de ella se esconde una posición antiobrerista
y el mensaje de que no habrá diálogo ni soluciones
positivas a las demandas sindicales. Pero lo que no puede negarse
es que, independientemente de sus motivos, la medida es en sí
misma positiva y digna de aplauso porque libra a los sindicatos
del dogal, del lazo que los mantuvo atados al Presidente de
la República y a sus políticas públicas,
mismas que tenían que aplaudir cada primero de mayo aunque
fueran totalmente contrarias a sus intereses.
.... Simplemente, recordemos cómo
eran esos desfiles en la época dorada en que los presidía,
desde el balcón central de Palacio Nacional y rodeado
de todos sus cortesanos, el “señor” Presidente
de la República: eran verdaderos carnavales de la ignominia
en los cuales los líderes charros, vestidos de casimir
inglés y oliendo a lavanda, presentaban ante la majestad
presidencial a sus mesnadas sometidas, sumisas, obsecuentes
y resignadas, agradeciendo en mantas gigantescas los “grandes
beneficios recibidos” de la bondad paternal del Presidente,
aunque los tales beneficios fueran, en los peores casos, palos
y represión para mantenerlos callados y obedientes. En
esos vergonzosos espectáculos, la frase más repetida
era: ¡Gracias, señor Presidente!, que sonaba algo
así como el “¡Ave César, morituri
te salutat!” (¡Salud César, los que van a
morir te saludan!) que gritaban los condenados a morir en el
circo romano ante el tirano en turno.
.... Pues eso se acabó gracias
a la decisión del Presidente Felipe Calderón.
Y hay que reconocérselo como un inmenso servicio a la
salud pública del país, aunque no comulguemos
con otros aspectos de su ideario político ni con algunas
medidas claramente orientadas a favor de los privilegiados y
en detrimento de los que menos tienen. A partir de ahora, lo
que sea o deje de ser el primero de mayo será responsabilidad
exclusiva y absoluta de los obreros mexicanos y de sus líderes,
de los comités sindicales que, legítima o ilegítimamente,
se arrogan la representatividad de sus compañeros. Con
esa decisión se echan las bases para que esa importante
fecha retorne a sus orígenes; para que vuelva a ser el
día en que, junto con todos los proletarios del mundo,
los obreros mexicanos salgan a denunciar la injusticia, la opresión,
el maltrato y la terrible explotación a que los someten
sus patrones, a cambio de salarios de hambre, y a presionar
al gobierno para que ponga coto y remedio a tales abusos.
....Pero hay más. El Presidente
Calderón, aprovechando la fecha, fue más a fondo:
prometió que su gobierno respetará de modo irrestricto
la independencia y la democracia sindicales, es decir, que el
Estado no intervendrá más para apoyar a tal o
cual candidato, para imponer a tal o cual planilla que le asegure
el control del sindicato respectivo; la representatividad y
legitimidad de las dirigencias obreras será, entonces,
responsabilidad directa de las bases que lo elijan. Junto con
esto, que ya es mucho, el Presidente se comprometió a
respetar escrupulosamente conquistas sindicales tan importantes
como la contratación colectiva, la inamovilidad en el
empleo, las revisiones contractuales y salariales periódicas
y el derecho de huelga. ¿Qué más se puede
pedir?
Alguien dirá que el prometer no empobrece y tendrá
razón. Creo por eso que, ante los compromisos mencionados,
el movimiento obrero mexicano se enfrenta a un doble reto. Primero,
debe poner a prueba la veracidad presidencial ejerciendo, con
prudencia y mesura pero con decisión y prontitud, todos
los derechos y prerrogativas a que se refirió el Licenciado
Calderón. Sólo así se podrá saber
si habla en serio o si se trata únicamente de un manejo
mediático. El segundo reto, el más importante
seguramente, vendrá en el caso de que el Presidente cumpla
su palabra. En ese momento, los obreros tendrán que demostrar
que tienen claridad política, voluntad de cambio y agallas
suficientes para sacudirse una herencia (casi de siglos), de
sometimiento, manipulación y obediencia ciega a líderes
espurios, corruptos, ambiciosos y ávidos de poder político
y económico. En pocas palabras: la decisión y
las declaraciones del Presidente Calderón dan a los trabajadores
mexicanos la oportunidad de demostrar que merecen la plena libertad
que ellas implican, que saben qué hacer con ella, que
sabrán usarla con responsabilidad y patriotismo, pero
con toda energía y sin concesiones, en beneficio de su
clase y del país entero, que está esperando la
tan prometida y nunca cumplida justicia social. Este reto, y
el movimiento obrero mexicano, son dos gigantes hechos el uno
para el otro.