MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Reto obrero:
¿qué hacer con la libertad?

Aquiles Córdova Morán
Secretario General del Movimiento Antorchista Nacional
México, D. F., a 03 de mayo de 2007

Hay a quienes ha molestado la decisión del Presidente de la República de no presidir, nunca más, el desfile obrero del primero de mayo, una efeméride que atañe únicamente a los trabajadores. La fecha está ligada indisolublemente a las luchas históricas del proletariado por mejorar sus condiciones de trabajo y de vida, a su necesidad de libertad para manifestar públicamente sus necesidades insatisfechas, sus reclamos e inconformidades. De ello se deduce que el gobierno de la República, en efecto, no tiene nada que hacer en esa conmemoración; su presencia, en el mejor de los casos, sólo inhibiría la espontaneidad de los reclamos presentes en esa fecha. Por ello, creo que quienes objetan la decisión presidencial están en un error. Se pueden discutir, por supuesto, las verdaderas razones que la motivaron; se puede suponer, incluso, que detrás de ella se esconde una posición antiobrerista y el mensaje de que no habrá diálogo ni soluciones positivas a las demandas sindicales. Pero lo que no puede negarse es que, independientemente de sus motivos, la medida es en sí misma positiva y digna de aplauso porque libra a los sindicatos del dogal, del lazo que los mantuvo atados al Presidente de la República y a sus políticas públicas, mismas que tenían que aplaudir cada primero de mayo aunque fueran totalmente contrarias a sus intereses.

.... Simplemente, recordemos cómo eran esos desfiles en la época dorada en que los presidía, desde el balcón central de Palacio Nacional y rodeado de todos sus cortesanos, el “señor” Presidente de la República: eran verdaderos carnavales de la ignominia en los cuales los líderes charros, vestidos de casimir inglés y oliendo a lavanda, presentaban ante la majestad presidencial a sus mesnadas sometidas, sumisas, obsecuentes y resignadas, agradeciendo en mantas gigantescas los “grandes beneficios recibidos” de la bondad paternal del Presidente, aunque los tales beneficios fueran, en los peores casos, palos y represión para mantenerlos callados y obedientes. En esos vergonzosos espectáculos, la frase más repetida era: ¡Gracias, señor Presidente!, que sonaba algo así como el “¡Ave César, morituri te salutat!” (¡Salud César, los que van a morir te saludan!) que gritaban los condenados a morir en el circo romano ante el tirano en turno.

.... Pues eso se acabó gracias a la decisión del Presidente Felipe Calderón. Y hay que reconocérselo como un inmenso servicio a la salud pública del país, aunque no comulguemos con otros aspectos de su ideario político ni con algunas medidas claramente orientadas a favor de los privilegiados y en detrimento de los que menos tienen. A partir de ahora, lo que sea o deje de ser el primero de mayo será responsabilidad exclusiva y absoluta de los obreros mexicanos y de sus líderes, de los comités sindicales que, legítima o ilegítimamente, se arrogan la representatividad de sus compañeros. Con esa decisión se echan las bases para que esa importante fecha retorne a sus orígenes; para que vuelva a ser el día en que, junto con todos los proletarios del mundo, los obreros mexicanos salgan a denunciar la injusticia, la opresión, el maltrato y la terrible explotación a que los someten sus patrones, a cambio de salarios de hambre, y a presionar al gobierno para que ponga coto y remedio a tales abusos.

....Pero hay más. El Presidente Calderón, aprovechando la fecha, fue más a fondo: prometió que su gobierno respetará de modo irrestricto la independencia y la democracia sindicales, es decir, que el Estado no intervendrá más para apoyar a tal o cual candidato, para imponer a tal o cual planilla que le asegure el control del sindicato respectivo; la representatividad y legitimidad de las dirigencias obreras será, entonces, responsabilidad directa de las bases que lo elijan. Junto con esto, que ya es mucho, el Presidente se comprometió a respetar escrupulosamente conquistas sindicales tan importantes como la contratación colectiva, la inamovilidad en el empleo, las revisiones contractuales y salariales periódicas y el derecho de huelga. ¿Qué más se puede pedir?
Alguien dirá que el prometer no empobrece y tendrá razón. Creo por eso que, ante los compromisos mencionados, el movimiento obrero mexicano se enfrenta a un doble reto. Primero, debe poner a prueba la veracidad presidencial ejerciendo, con prudencia y mesura pero con decisión y prontitud, todos los derechos y prerrogativas a que se refirió el Licenciado Calderón. Sólo así se podrá saber si habla en serio o si se trata únicamente de un manejo mediático. El segundo reto, el más importante seguramente, vendrá en el caso de que el Presidente cumpla su palabra. En ese momento, los obreros tendrán que demostrar que tienen claridad política, voluntad de cambio y agallas suficientes para sacudirse una herencia (casi de siglos), de sometimiento, manipulación y obediencia ciega a líderes espurios, corruptos, ambiciosos y ávidos de poder político y económico. En pocas palabras: la decisión y las declaraciones del Presidente Calderón dan a los trabajadores mexicanos la oportunidad de demostrar que merecen la plena libertad que ellas implican, que saben qué hacer con ella, que sabrán usarla con responsabilidad y patriotismo, pero con toda energía y sin concesiones, en beneficio de su clase y del país entero, que está esperando la tan prometida y nunca cumplida justicia social. Este reto, y el movimiento obrero mexicano, son dos gigantes hechos el uno para el otro.

 


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