Ciertamente que nadie en su sano juicio puede
aplaudir los recientes actos de sabotaje contra PEMEX, una de
las pocas empresas que todavía podemos llamar nuestra
y cuyos beneficios se aplican, en cierta medida, a remediar
las grandes carencias populares. Nosotros, los antorchistas
del país, nunca nos hemos arrogado el derecho de decir
a los demás cómo tienen que pensar y actuar en
tanto fuerzas políticas que aspiran a influir en la marcha
de la nación; pero, por lo mismo, nunca hemos tenido
empacho en declarar nuestro franco desacuerdo con el uso de
la violencia por pequeños grupos radicales que pretenden,
por esa vía, conseguir la emancipación de los
oprimidos. Sostenemos que la liberación de los pueblos
sólo puede ser obra de los pueblos mismos, educados y
organizados; y que los actos heroicos de pequeñas vanguardias
impacientes dañan, más que benefician, a ese noble
e irrenunciable propósito. Pensamos que la tarea de hoy
es ensanchar y perfeccionar la democracia de modo que quepa
en ella, de pleno derecho, la lucha pacífica, civilizada
y respetuosa de los demás, de quienes soportan todo el
peso de la pirámide social sin disfrutar ninguno de los
beneficios a que tienen derecho por desempeñar y soportar
tan difícil como sufrido papel.
.... Me explico. Ya desde Juan
Jacobo Rousseau se sabía que la democracia, como la definían
y practicaban los griegos (un gobierno del pueblo, por el pueblo
y para el pueblo), era impracticable en las sociedades modernas
simplemente porque el tamaño de las mismas hacía
imposible que las masas ejercieran directamente el poder, es
decir, que el pueblo se gobernara a sí mismo. Se vio
por tanto la necesidad de un mecanismo mediante el cual, el
titular originario del derecho a gobernar, lo delegara en un
círculo mucho más pequeño que ejerciera
el poder en su nombre y en su beneficio. Así, el gobierno
del pueblo y por el pueblo se transformó en el gobierno
de una pequeña élite, pero, eso sí, libremente
elegida por la mayoría. A tono con esto, se redefinió
la democracia: ahora era (es) un régimen en el cual el
pueblo elige libremente a la pequeña élite que
lo gobierna. En este esquema resulta fundamental que la elección
sea realmente libre, sin manipulaciones ni cortapisas, para
que la gente se vea legítimamente representada en la
élite gobernante y en sus acciones de gobierno.
....Sin embargo, con el surgimiento
de los partidos políticos a mediados del siglo XIX, apareció
un elemento nuevo que se interpuso entre los electores y los
elegidos. Con ellos, el pueblo no sólo ya no ejercía
el poder directamente; tampoco podía ya elegir con entera
libertad a sus gobernantes, sino que quedó constreñido
a escoger entre el reducido número de opciones que le
ofrecían los partidos. De aquí resultó
que los gobiernos fueran cada vez menos representantes del pueblo
y cada vez más representantes de los pequeños
grupos de poder que controlan la estructura partidaria, es decir,
fue creciendo con el tiempo el divorcio entre pueblo y gobierno.
Este divorcio ha adquirido un nuevo contenido en los últimos
tiempos, por el hecho innegable de que la economía de
mercado tiende, de modo natural e imparable, a la concentración
de la riqueza en pocas manos, con el consiguiente empobrecimiento
de la mayoría. Ésta es una verdad científica
fuera de duda: el capital es un excelente productor de riqueza,
pero carece de un mecanismo automático para su justa
distribución entre los productores de la misma.
....En síntesis, pues, el
desenvolvimiento económico y político del “modelo”
actual ha generado dos desequilibrios fundamentales para la
masa popular: libertad muy restringida para elegir a sus gobernantes
y carencia casi absoluta de vías de acceso al bienestar
material y espiritual, a cuya producción contribuye decisivamente.
Así que la inconformidad y la protesta de los marginados
no son fruto de la mente calenturienta de los profesionales
del escándalo; tiene, por el contrario, objetivos justos
y bien definidos, nacidos de su realidad cotidiana y firmemente
concatenados el uno al otro: primero, mayor libertad política,
mayor posibilidad de participación concreta en la vida
y en el gobierno del país, con el fin (segundo objetivo)
de alcanzar más bienestar, o, si se quiere, menos pobreza
a través de una distribución más racional
de la renta nacional. Todo tiene que comenzar, pues, por una
mayor libertad de acción política de la masa.
Y ya que ésta no puede conseguirse eliminando a los partidos
y retornando a la democracia directa de los griegos, no queda
otro camino que complementar la democracia electoral con el
derecho de las masas a organizarse y a protestar, por todos
los medios pacíficos a su alcance y compatibles con esta
misma democracia, para llevar agua al molino de sus legítimos
intereses. Ése es, como ya dije, el meollo de la lucha
de los antorchistas.
....En consonancia con esto, no
tenemos duda de que, aun quienes protestan por caminos distintos
a los nuestros, tienen una causa justa que perseguir en el fondo;
que no son simples delincuentes ni deben ser tratados como tales;
que no se debe actuar en su contra asumiendo que toda la culpa
es de ellos y que el gobierno y sus simpatizantes están
exentos de toda responsabilidad. En mi modesta opinión,
los muy preocupantes sabotajes a PEMEX son una buena oportunidad
para que el Presidente Calderón muestre verdadera estatura
de estadista: que aplique con rigor, pero con justicia, la ley
a los aspectos punibles de tan lamentables hechos, pero que
reconozca al mismo tiempo lo que haya de cierto y de justiciero
en sus reclamos y tome las medidas necesarias para ponerles
remedio. Lo peor que nos puede pasar es que el endurecimiento
de los inconformes se responda con un endurecimiento, igual
y de signo contrario, del gobierno; olvidando que éste
tiene una gran deuda con los marginados que acaba de ser reconocida
públicamente por el propio Presidente de la República.
No se deben confundir sus métodos con sus causas. Un
daltonismo político de esa magnitud terminará,
tarde o temprano, en no ver la diferencia entre las acciones
de protesta legítimas e ilegítimas de la masa
y acabará convirtiendo a nuestra endeble democracia en
una dictadura. Nada de eso. A un amago de mayor violencia se
tiene que responder con un ensanchamiento de las libertades
políticas y económicas de la gente, para desactivar
a los acelerados. Lo otro es caer en el juego infernal de violencia
que llama más violencia. ¿Hasta dónde?
¿Hasta cuándo?