En mi colaboración de la semana pasada
me referí a un ataque muy agresivo e inmotivado en contra
de Antorcha Campesina, en un libro de reciente aparición
titulado “La mafia nos robó la presidencia”.
Señalaba yo que el calificativo de “corporativos”
que ahí se nos endilga no se halla definido ni tipificado
como delito en ninguna ley ni reglamento conocido, razón
por la cual su uso y aplicación es una absoluta arbitrariedad.
Vuelvo al tema porque, ciertamente, el autor del libro mencionado
no es el primero ni el único en utilizar este calificativo
para deslegitimar a una organización popular y para rechazar
sus demandas. Lejos de ello, junto con el epíteto de
“clientelismo” del que me ocuparé en otra
ocasión, se ha vuelto el caballito de batalla, la muletilla
a flor de labio de funcionarios de todo pelaje y de todos los
colores partidarios, para mandar a paseo a quienes demandan
atención a sus necesidades. No se puede negar que el
“argumento” goza de gran éxito y popularidad
entre los políticos del momento.
....Ahora bien, ¿a qué
se debe este súbito y universal éxito del vocablo?
Para tratar de responder la pregunta rasquemos un poco en el
verdadero significado del término en cuestión.
¿Qué es corporativismo? ¿Qué debe
entenderse por “corporativo”? La palabra alude,
evidentemente, al concepto de “cuerpo”, se deriva
de este sustantivo que, a su vez, sugiere la idea de unidad,
de un todo único cuyas partes se armonizan y complementan
entre sí para dar origen a una nueva entidad, con características
y capacidades distintas y superiores a las de cada una de sus
partes por separado. Todo “cuerpo” es un organismo
constituido por varios “órganos” (de ahí
su nombre), distintos entre sí y con propiedades y funciones
también distintas, pero coordinados perfectamente unos
con otros y subordinados los unos a los otros; y es esta coordinación
y jerarquización interior lo que permite que de la “diversidad”
de los órganos brote la “unidad” superior
del organismo entero. Así que ser “corporativo”
es pertenecer a un “cuerpo”, o comportarse como
un “cuerpo”, con la finalidad de conseguir propósitos
que no serían posibles de otra manera. Prueba de que
esto es así es que, mientras nuestros políticos
se dan aires de “democráticos” y de defensores
insobornables de la “libertad individual” satanizando
el “corporativismo”, los grandes capitalistas del
mundo entero hablan con orgullo de sus “corporativos”,
y explican, a quien quiera oírlos, que es gracias a este
carácter que pueden emprender hazañas de alcance
mundial que nunca lograrían si mantuvieran separados
e independientes sus respectivos capitales.
....¿Y cuál es la
virtud del corporativo empresarial? Que logra unir en una sola
masa gigantesca las masas más pequeñas de los
capitales individuales, lo que permite a esta nueva potencia
emprender acciones mucho más vastas y recibir una orientación
única, aplicarse en un solo punto, logrando vencer cualquier
obstáculo que se oponga a sus propósitos. El corporativo
empresarial garantiza el éxito allí donde sería
dudoso o imposible para cada capitalista aislado. Pues bien,
las organizaciones de masas se fundan en el mismo principio.
¿Qué busca una organización social? Unir,
sumar, fundir en una sola, todas las fuerzas y capacidades dispersas
en cada uno de los individuos de una colectividad, con el fin
de crear un organismo que garantice el éxito allí
donde sería impotente cada quien por separado. Es cierto
que, para lograr esta fusión de fuerzas y esta unidad
de acción, los individuos aislados tienen que aceptar,
concientemente y voluntariamente (véase bien: consciente
y libremente, no “a fuerza” como dicen sus detractores),
perder grados de libertad en un sentido para ganarlos en otro;
tiene que aceptar una disciplina colectiva, una responsabilidad
colectiva, someterse a las decisiones de la mayoría aunque
no coincida con ellas por el momento. A cambio, consigue amistad,
solidaridad, apoyo concreto de sus compañeros en momentos
difíciles; mejoras en sus condiciones materiales y espirituales
de vida mediante la acción colectiva; defensa decidida
y desinteresada frente a quienes pretendan atropellarlo, humillarlo
o negarle sus derechos. Se ha dicho y es verdad que, aunque
sacrifica ciertos grados de libertad formal, superficial, el
hombre organizado, en aquello que verdaderamente importa, es
cien veces más libre que el solitario recalcitrante y
autosuficiente.
....Vistas así las cosas,
es obvio que toda organización seria, que realmente quiera
servir a sus agremiados, tiene que ser “corporativa”,
es decir, tiene que estar sólida y firmemente construida
para dar la lucha y para resistir los ataques de sus enemigos.
Pero esto, lejos de ser un defecto, es una virtud: ¿por
qué habría de ser delito en los pobres lo que
en los ricos es un mérito y un derecho indeclinable?
Por tanto, si toda organización seria es “corporativa”
(en el sentido aquí precisado), está claro que
ir contra el “corporativismo”, con los pretextos
que sean, es ir, simple y llanamente, contra la organización
popular en general, contra el derecho de la gente a unir sus
fuerzas para defenderse con mayor eficacia de las injusticias
que acechan por todos lados, y estar a favor de quienes demandan
un poder omnímodo y absoluto, sin nadie que les exija
o les reclame. Ésta es la razón del éxito
y del prestigio del “anticorporativismo” entre los
políticos de perfil antipopular y autoritario.
....Y se entiende bien que la derecha
esté de plácemes con el hallazgo; lo que no parece
tan lógico es que también lo estén quienes
se autocalifican de progresistas y amigos de los desheredados.
¿Cómo explicarse esta contradicción flagrante?
Todo lo que puedo decir es que, desde el siglo XVIII cuando
menos, el derecho a la organización popular ha sido el
discriminante insobornable entre los revolucionarios de a de
veras y quienes sólo se ponen el traje por razones de
circunstancia.