MOVIMIENTO ANTORCHISTA



Caso Napoleón, acierto del presidente

Aquiles Córdova Morán
Secretario General del Movimiento Antorchista Nacional
México, D. F., a 22 de abril de 2007

Según los medios es ya un hecho que, por resolución del juez respectivo, el depuesto y perseguido Secretario General del sindicato minero, Napoleón Gómez Urrutia, será repuesto en su cargo con todas sus obligaciones y derechos. La sentencia se basa, dicen, en la opinión de expertos grafólogos, quienes dictaminaron que las firmas que sirvieron para otorgar la “toma de nota” (eufemismo para referirse a la bendición oficial impartida a través de la Secretaría del Trabajo) a un tal Elías Morales, son falsas y carecen, por tanto, de toda validez. Aunque para muchos esta rectificación no pase de ser un incidente más en nuestra accidentada vida política, yo creo que hay más de un motivo para celebrar el acontecimiento y para aplaudirlo sin reservas, como una buena señal (la primera cierta y no inventada para mi gusto) del presidente Felipe Calderón.

En primer lugar, porque muestra que hay disposición para acatar y aplicar la ley sin trampas ni retorcimientos a gusto de los poderosos; amén de que trasluce valor y honestidad para reconocer a cara descubierta, ante la nación entera, que se cometió un atropello y una injusticia desde las más altas esferas de los poderes ejecutivo y judicial. Casos como éste no son muy comunes en nuestros días. Pero eso no es todo. El propio Presidente ha declarado, en discursos públicos posteriores, que ese acto de justicia no debe verse como un hecho aislado, sino como parte integrante de la política sindical de su gobierno, misma que consistirá, dice, en el pleno respeto a la autonomía y a la democracia de los sindicatos, y en el reconocimiento de cualquier líder que acredite, limpia y legalmente, la representatividad de sus compañeros. En otras palabras: el Presidente se compromete a no perseguir un sindicalismo sumiso e incondicional para controlar y manipular a los obreros, ni, por tanto, imponer ni sostener a líderes espurios al frente de los sindicatos del país.

Y esto es mucho más importante y trascendente por lo siguiente: todo mundo reconoce que el problema fundamental de México es la tremenda concentración de la riqueza, lo que genera, en el otro polo, una lacerante pobreza que cada día crece más en magnitud e intensidad. Pero nadie, o muy pocos, se atreve a denunciar las causas de tan explosiva situación, y menos a proponer medidas concretas, precisas y efectivas, no “para reducir la pobreza” (eso no pasa de ser un eufemismo que invita al asistencialismo y a la filantropía privada) sino para repartir la riqueza que generamos entre todos como la única ruta cierta para combatir con éxito la desigualdad social. Nadie dice, por ejemplo, que “repartir la riqueza” es crear empleo para todo aquél que lo solicite; elevar los salarios no en un raquítico e insultante 3.5 por ciento, como acaba de hacerse, sino en 100, 200 ó más por ciento, para que alcancen a cubrir las necesidades básicas de una familia de 5 miembros. Tampoco se dice que si el gobierno busca en serio el reparto equitativo de la renta nacional, debe incrementar sustancialmente el gasto social, así como la eficacia y la honradez con que se aplica, mejorando en cantidad y calidad la educación popular, invirtiendo más en investigación y generación de innovaciones productivas, garantizando servicios médicos de calidad para todos, dotando a todo mundo de servicios como vivienda, agua, drenaje, electricidad, pavimento, caminos y otros medios modernos de comunicación. En fin, mejorando la calidad de vida de la clase productiva, para elevar con ello su capacidad de generar riqueza nueva.

Quiero decir que nadie señala directamente a los responsables del desastre, ni dice que sacarnos del mismo es una obligación, tanto de quienes acaparan la riqueza como de quienes manejan los dineros públicos. Nadie quiere enemistarse con ambos poderes denunciando que el combate a fondo de la pobreza no está entre sus prioridades, razón por la cual el alivio a los marginados no llegará nunca “de arriba”, por voluntad y misericordia de los que todo lo tienen, sino que es indispensable una fuerza social capaz de obligarlos a tomar las decisiones que el país exige. Justamente por esto último, es claro que el charrismo sindical, al no jugar su papel de equilibrio y contrapeso, es responsable, en buena medida, de la pobreza que reina en el país. Y es por esto también que una política de respeto a la independencia y a la democracia sindicales, como la que anuncia el presidente Calderón, puede significar un vuelco en la política económica del país en favor de los más desprotegidos. Claro está que para ello se requiere que, en efecto, el caso de Napoleón sea parte de una política integral y consistente, sostenida contra viento y marea, y no una medida cortoplacista sin relación con el verdadero interés nacional.

Apego a la ley; respeto al sindicalismo independiente. Para probar que esto es algo más que una maniobra de coyuntura, el presidente Calderón tiene el reto de avanzar hacia otros casos de igual naturaleza y aplicar en ellos la misma medida. Allí está el caso de Cristina Rosas, presa por órdenes del gobernador de Querétaro desde hace dos años, acusada de delitos prefabricados como los de Napoleón; y allí está el vil y cobarde asesinato del joven Jorge Obispo Hernández, víctima de la violencia política ultraderechista, que va a cumplir un año esperando justicia. Ambos son una inmejorable oportunidad para que el gobierno calderonista demuestre que, para él, hay una sola ley y una sola justicia, mismas que se aplicarán a todos por parejo, sin banderías partidistas y sin tomar en cuenta la importancia económica y política de las víctimas.

 


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