En un acto celebrado en Mecatlán, cabecera
de uno de los municipios más pobres de la zona totonaca
de Veracruz, el Presidente Felipe Calderón dijo enfáticamente,
ante cientos de indígenas famélicos que lo escuchaban
con atención concentrada, que ha llegado la hora de pagar
la inmensa deuda que el país tiene con los más
pobres y olvidados de sus habitantes; que urge tomar medidas
serias y efectivas contra la miseria de millones, si no queremos
que se siga ahondando la brecha entre ricos y pobres con el
consiguiente riesgo para la convivencia pacífica de la
nación (la cita no es literal). Me llamó la atención
el lenguaje franco y directo que empleó esta vez el Presidente
de la República. Ni en el tono ni en los términos
del discurso logré descubrir intención alguna
de disminuir las dimensiones del problema o de rebajar su gravedad
para tranquilidad de quienes ven siempre, en el manejo crudo
de nuestras lacras sociales, intentos subversivos de soliviantar
a los descamisados. Más bien percibí un hálito
de sinceridad, de preocupación y de una verdadera decisión
para encarar el problema con todos los recursos que su investidura
le pone al alcance de la mano.
....Pero, ¿qué se
requiere para combatir en serio la pobreza galopante de millones
de mexicanos? Ciertamente no más programas asistenciales;
no más “procampos” y “oportunidades”
ni más filantropía para lavar el complejo de culpa
de quienes todo lo tienen a costa de quienes no tienen nada.
Hace falta una firme y sostenida política de promoción
de más y mayores inversiones (nativas y/o de capitales
extranjeros) para acelerar la creación de empleos y abatir
el ambulantaje, la emigración y el crimen organizado;
se requiere, también, invertir en la modernización
de la planta productiva instalada aplicando tecnología
de punta, reorganizar y reforzar las cadenas productivas y educar
y adiestrar a la fuerza de trabajo, con el fin de conseguir
la máxima producción y productividad de que seamos
capaces y, por esa vía, elevar los salarios hasta ponerlos
a la altura de las necesidades básicas de una familia
promedio. En suma, se requiere que el país crezca a tasas
superiores a las que registra la población y que lo haga
sin descuidar, por ningún motivo, la productividad y
la competitividad de lo producido, si queremos ganar la batalla
en los mercados internos y externos que nos impone la globalización.
....Pero eso no basta. Somos un
país con una de las más injustas distribuciones
de la renta nacional entre sus habitantes, a escala planetaria,
tal como dice la ONU en un estudio recientemente publicado.
Y esta es, aunque a muchos no les guste oírlo, una de
las causas fundamentales que explican la extensión y
la profundidad de la miseria que se abate sobre millares de
familias mexicanas. Por eso, la lucha en serio contra la pobreza
exige también que el gobierno ponga en práctica
todos lo recursos que la propia ley le otorga para conseguir
un reparto más equitativo del ingreso nacional. Urge
un incremento sustancial de la recaudación para poder
atender las demandas y carencias de los más desprotegidos,
pero no a costa de sangrar más a los humildes gravando
con IVA a medicinas y alimentos, o ahorrando recursos por la
vía de hacer que los trabajadores paguen, de su mísero
salario, la pensión con que se jubilarán mañana.
No tiene ningún sentido (y menos espíritu de justicia)
darles con la izquierda lo que previamente se les quitó
con la derecha. Lo justo y racional es que paguen más
impuestos quienes ganan más; que se ponga un alto a la
evasión de los grandes negocios, que suma miles de millones
de pesos; que se acabe con las exenciones y privilegios fiscales
para los más poderosos. Es una buena manera de poner
freno a su derroche, ya que estudios serios comprueban que la
“propensión al consumo” de nuestros millonarios
es del 80%, es decir, que de cada peso que reciben, se gastan
ochenta centavos en su bienestar y sólo destinan 20 centavos
a nuevas inversiones (y luego se dicen sorprendidos de que el
país no crezca). Y con el dinero así recaudado,
mejorar mil por ciento la educación, la salud, la vivienda
y todos los servicios que requieren las poblaciones más
marginadas de la ciudad y el campo.
....A la vista de tales medidas,
resulta más que evidente que llevarlas a cabo, de manera
firme y decidida, no es tarea de un solo hombre, aunque ese
hombre sea el Presidente de la República. Se requiere,
sobre todo para lograr el mejor reparto de la riqueza, de una
poderosa fuerza que iguale y supere a la de quienes se oponen
a ello; y esa fuerza no puede ser otra que la sociedad civil
debidamente organizada y educada, y conducida por líderes
responsables, mesurados y perfectamente capacitados para no
equivocar ni las metas ni los métodos de la lucha. Permitir
y alentar la organización popular, respetar a sus líderes
auténticos, dialogar y construir con ellos soluciones
justas y viables, es hoy no solamente una muestra de inteligencia
política, sino sobre todo una prueba segura de que el
ataque a la pobreza va en serio.
....Por eso, el Presidente Felipe
Calderón debe meter en cintura y poner freno a la ilegalidad
y a la soberbia con que están actuando gobernantes de
los niveles estatal y municipal, tales como Francisco Garrido
Patrón de Querétaro, Zeferino Torreblanca de Guerrero
y los munícipes enanos de Ixtapaluca y de Toluca en el
Estado de México, quienes, para no atender las demandas
de sus ciudadanos pobres, se lanzan con todo contra su organización
y contra sus líderes, acusando a las primeras de “fuerza
de choque” y a los segundos de “vividores”
y “chantajistas”, sólo porque se atreven
a salir a la vía pública a gritar la injusticia
con que están siendo tratados. No se puede estar con
los pobres, contra su pobreza, y al mismo tiempo desdeñar
y combatir el apoyo que representan sus acciones de resistencia
civil pacífica. Ello encierra una contradicción
con lo manifestado en los discursos; y de la decepción
a las acciones desesperadas hay sólo un paso.
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