El día 21 de julio murió el maestro
Víctor Puebla (Víctor Manuel Torres Jiménez
era su nombre verdadero), hombre de teatro, director de escena
y uno de los creadores más reconocidos y respetados en
el medio cultural poblano. Víctor Puebla (como él
escogió llamarse y como quiso ser conocido, por su amor
a la ciudad que lo vio nacer) fue, como ya dije, un hombre dedicado
profesionalmente a la actividad teatral; pero no era un director
cualquiera. Un conocimiento profundo y concienzudo de la historia
del teatro, de sus orígenes, de su desenvolvimiento y
desarrollo a través del tiempo; una distinción
precisa de las diversas corrientes y tendencias surgidas en
su seno, que no pocas veces chocan y se combaten entre sí
tratando de obtener la supremacía absoluta, le permitieron
escoger, con plena conciencia, con pleno conocimiento de causa,
su posición estética, social y política
en el terreno de la actividad teatral.
Los orígenes popular-religiosos del teatro, surgido de
las grandes celebraciones en honor a Dionisos, dios de la risa,
la alegría y el vino entre los griegos; su difusión
entre las capas humildes de la población pobre y trabajadora
de entonces mediante la legendaria carreta de Tespis, una especie
de teatro ambulante sobre ruedas que recorría la campiña
griega; su ulterior transformación en un espectáculo
de masas (se dice que el teatro Odeón, el primer recinto
construido ex profeso para representaciones teatrales en las
laderas de la Acrópolis de Atenas, solía reunir
a más de treinta mil espectadores) en el cual se llevaban
a escena las cuestiones filosóficas, políticas
y sociales de mayor trascendencia para la sociedad griega de
aquel tiempo, usando como pretexto algún pasaje famoso
de su mitología; la evolución que sufre en manos
de los tres grandes trágicos (Esquilo, Sófocles
y Eurípides), pasando de ser en el primero una afirmación
de la fatalidad del destino humano, de la total impotencia del
hombre para modificar lo que estaba ya decidido de antemano
por los dioses, a ser en el último una franca rebelión
en contra de esta fatalidad y de esta impotencia, una discusión,
disimulada pero revolucionaria para su tiempo, de la raíz
mitológica de las desgracias humanas (de la guerra de
Troya por ejemplo), sugiriendo en cambio su origen social derivado
de los intereses económicos y políticos de los
poderosos; todo esto y más llevaron a Víctor Puebla
a la conclusión de que el teatro, en su origen espejo
de los problemas del pueblo y arma poderosa para su sensibilización
y educación, le había sido arrebatado con el tiempo
y era hora de devolverlo a su legítimo dueño.
De ahí que tomara una posición radicalmente favorable
por un teatro comprometido con los humildes de esta tierra.
El maestro Víctor Puebla no era dogmático ni pendenciero
en materia de convicciones artísticas. Respetaba y admiraba
a los grandes dramaturgos que han seguido y siguen caminos diferentes
y hasta opuestos al suyo; no despreciaba el genio de quienes
prefieren abordar problemas de innegable hondura filosófica,
religiosa, ética e incluso política, pero que
preocupan sólo a pequeñas élites intelectuales
que gustan de reflexionar sobre las causas últimas y
los primeros principios de la conducta, de la existencia y de
la felicidad humanas, pero en términos de una comprensión
y contemplación intelectual puras, un poco al estilo
de los primeros escritos de Aristóteles. Ni siquiera
criticaba a quienes, dando un poco de lado al problema del contenido
esencial del teatro, centran todo su poder creador en idear
un lenguaje nuevo, nuevas formas de expresión, nuevos
recursos formales para decir lo que sienten o piensan, con absoluta
indiferencia respecto a si tal lenguaje, tales nuevas formas
expresivas, son accesibles o no a los grandes públicos,
o siquiera a los aficionados de medio pelo que suelen llenar
los teatros del mundo. A todos entendía, respetaba y
aplaudía; pero él, el maestro Víctor Puebla,
sólo llevaba a escena obras que reflejaran, y además
con la mayor claridad y sencillez posibles, los problemas de
los desheredados de la tierra. Quería que, gracias a
su teatro, la gente tomara conciencia de su situación
y de la injusticia intrínseca que en ella se encierra.
De ahí su devoción casi religiosa por Moliere,
por Darío Fo, por los dramaturgos mexicanos como Rodolfo
Usigli o Emilio Carballido, sólo por mencionar a algunos
de los grandes del teatro sobre los que conversé alguna
vez con él.
Fue precisamente esta posición humanista, de hombre bueno
además de artista, lo que hizo, casi de manera natural,
que se encontraran, se entendieran y comenzaran a marchar juntos,
el gran Víctor Puebla y el Movimiento Antorchista Nacional,
a través de su Comisión Nacional Cultural a cuya
cabeza se encuentran dos enamorados del teatro y de la cultura
en general: el ingeniero Juan Manuel Celis Aguirre y la doctora
Soraya Córdova. Juntos, en plena sintonía, con
absoluta coincidencia en propósitos, metas y métodos,
fundaron la Compañía Nacional de Teatro del Movimiento
Antorchista a la que el maestro Víctor Puebla consagró,
casi enteramente, los últimos años de su fecunda
vida. Grandes y trascendentes fueron los logros de esta compañía;
gracias a ella y a su ilustre director, miles, sí, miles
de humildes campesinos, colonos, obreros y estudiantes, supieron
lo que es el teatro, presenciaron por primera vez en su vida
una obra de teatro y se rieron a mandíbula batiente,
reflexionaron seriamente sobre sus problemas o derramaron lágrimas
sinceras ante tragedias que para ellos eran más reales
y más fuertes por haberlas vivido o conocido de cerca.
Hoy, Víctor Puebla se ha ido. El frente cultural antorchista
ha sufrido con ello un golpe terrible del que sólo lo
podrán sacar la tenacidad, el apoyo de quienes se benefician
con su trabajo y el ejemplo, siempre vivo y fecundo, del maestro,
del amigo caído. Se dice, y yo creo que es cierto, que
la única inmortalidad posible a que puede aspirar un
hombre es su permanencia eterna en el recuerdo de quienes lo
conocieron y amaron; que un hombre sólo muere del todo
cuando lo cubre en forma definitiva, como pesada lápida
que ya nadie puede remover jamás, el olvido absoluto
de sus contemporáneos y de las generaciones venideras.
Si esto es cierto, Víctor Puebla ha conquistado de pleno
derecho la inmortalidad; vivirá mientras quede vivo uno
solo de los antorchistas a quienes consagró su vida.
Lo afirmo sin rastro de sentimentalismo barato ni demagogia
de circunstancias. Este modesto artículo es la primera
piedra del monumento hecho de recuerdos que los antorchistas
nos proponemos levantar sobre su tumba.
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