MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Guerrero: los pobres
fuera de presupuesto


Aquiles Córdova Morán
Secretario General del Movimiento Antorchista Nacional
México, Distrito Federal a 31 de marzo de 2007

Es cosa muy sabida que, como expresión del desarrollo desigual del país y del abandono gubernamental de aquellas regiones que ofrecen pocas ventajas a los grandes capitales, los estados de Chiapas, Oaxaca y Guerrero se disputan el primer lugar en materia de pobreza, marginación y todos los males derivados de esas dos plagas apocalípticas. Semejante situación no es reciente: sobran investigaciones serias que señalan su dimensión y gravedad y ponen al descubierto sus causas profundas; abundan también organizaciones y partidos políticos en busca de votos que, de cuando en vez, denuncian el problema, y hasta los propios medios masivos de información han alertado sobre ello a la comunidad nacional. A pesar de todo, esa pesadilla social ha resistido todos los ataques en su contra y ahí sigue tan campante, como reza la propaganda de conocida bebida espirituosa. Pero hay más: dentro de los estados rezagados existen bolsones de miseria donde la gente, literalmente, se muere de hambre, de insalubridad y de ignorancia. Se trata de pueblos y comunidades paupérrimos en los que falta todo: caminos, escuelas, hospitales, vivienda digna, electricidad, agua potable, drenaje y, desde luego y en primer lugar, fuentes de empleo dignas y bien remuneradas. Uno de tales bolsones, conocido incluso a escala internacional, se encuentra precisamente en el estado de Guerrero. Se trata de la famosa “región de La Montaña” cuyo desastroso abandono fue denunciado, no hace mucho, por el destacado periodista Saúl Sánchez Lemus, de la cadena Televisa.

Pues bien, hasta los más apartados rincones de esa abrupta e inhóspita región han llegado los activistas de Antorcha Campesina (y hay que aclarar, porque hace al caso, que eso ocurrió mucho tiempo antes del documental de Televisa) para tratar de conocer y recoger la problemática fundamental de los pueblos, organizar y concientizar a sus habitantes y encauzarlos, dentro de la legalidad y el derecho, para que exijan con tenacidad y determinación la atención a sus demandas y la solución justiciera y oportuna de sus carencias fundamentales. Y sí: varias comunidades indígenas de La Montaña han captado el espíritu solidario de los antorchistas que los visitan, se han convencido del desinterés y de la profunda honestidad del apoyo y la solidaridad que les ofrecen, y han respondido a su llamado incorporándose a la lucha organizada para sacar a su región de la pobreza, el atraso y el hambre seculares que la agobian.

Por esta vía, las demandas de los indígenas de La Montaña han sido conocidas por varios gobernadores del estado de Guerrero. Todos ellos han seguido una política de engaño y contención, es decir, se han limitado a resolver las carencias de menor impacto social y de menor costo económico, demandas asistencialistas en una palabra, con la clara intención de mediatizar a la gente y hacerla que desista de lo importante y fundamental. Con la llegada al poder del licenciado Zeferino Torreblanca Galindo, conocido empresario acapulqueño cobijado por las banderas del PRD, partido que se proclama abiertamente izquierdista, se encendieron como nunca las esperanzas de los pobres de La Montaña. De inmediato urgieron a sus líderes para que se apresuraran a presentar a la nueva administración su modesto pero urgente pliego petitorio. Había la casi certeza de que, ahora sí, serían escuchados y atendidos.

Pero han pasado los meses y esas esperanzas se han vuelto humo. El gobernador Torreblanca no ha resuelto los problemas de fondo, pero tampoco, como sus antecesores, los de corte asistencialista. Es más, ni siquiera ha consentido un diálogo directo y fluido con los más pobres del estado que gobierna, negándose reiteradamente a recibirlos y enviándolos con funcionarios de tercero o cuarto nivel que, de entrada, aclaran que sólo van “a escuchar” pero que carecen de poder de decisión. Y si se les presiona un poco, no vacilan en responder que “no hay presupuesto para ese tipo de obras”. Han resultado totalmente infructuosas las solicitudes de audiencia, las comisiones numerosas buscando el diálogo serio y resolutivo, e, incluso, las manifestaciones y los mítines masivos, llevados a cabo ante el fracaso de los otros caminos de entendimiento.

Esta actitud del licenciado Zeferino Torreblanca encierra una grave injusticia y una clara transgresión de la ley. Es una grave injusticia porque niega atención a un grupo de sus gobernados cuyo desamparo, pobreza y abandono no son discutibles, no pueden ser negados ni ocultados por nadie ya que, hay que repetirlo, son incluso del dominio del mundo entero. Y es una transgresión de la ley porque desconoce a una organización social legítima, que existe al amparo de los artículos octavo y noveno de la Constitución General de la República. No dialogar con Antorcha Campesina, no contestar a sus demandas justas, legales y legítimas, es violar, primero, el derecho de asociación y organización con fines lícitos, de que goza todo mexicano, y, segundo, es hacer nugatorio el derecho de petición, también tutelado por la Constitución. Tal soberbia, semejante menosprecio a la gente, es condenable siempre; pero se vuelve algo inaudito, casi un absurdo, en un estado, en una región donde el abuso y el olvido ya no son tolerables, ya no pueden esperar por mucho tiempo más. El gobernador Torreblanca debería reconsiderar su política y su trato hacia los antorchistas; éstos, por su parte y con todo el apoyo de sus compañeros del país, deben perseverar y arreciar en su justa lucha, ya que con ella llevan alivio a los más pobres entre los pobres y contribuyen a la paz y a la concordia nacionales. De eso no deben tener ninguna duda.

 

 


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