MOVIMIENTO ANTORCHISTA



El círculo vicioso del derecho

Aquiles Córdova Morán
Secretario General del Movimiento Antorchista Nacional
México, D. F., a 21 de febrero de 2008

Muchos de los más conspicuos representantes del pensamiento burgués en la filosofía, afirman que en ella no existe el progreso y el desarrollo; que ya en Platón, por ejemplo,  o en Aristóteles, se hallan planteados con la mayor precisión y claridad, y en buena medida correctamente resueltos, los principales problemas de orden filosófico que han preocupado a la humanidad a lo largo de toda su historia. Siguiendo las huellas de los filósofos del inmovilismo, ciertos teóricos del derecho afirman algo semejante en relación con su propia disciplina: el derecho, dicen, en lo fundamental y medular de su problemática, tiene ya muy poco que innovar o crear, dado que la humanidad, a lo largo de todos los grandes períodos y fases de su existencia, ha tenido tiempo suficiente para plantear y resolver los problemas torales de esta disciplina, de modo que sólo quedan pequeños detalles y retoques qué resolver y que la misma práctica ha mostrado como necesarios. De ahí la vitalidad sorprendente del derecho romano como base para la preparación de los futuros juristas.

Pero los pensadores que niegan el progreso no se han quedado confinados dentro de la filosofía y el derecho; han ensanchado su radio de influencia hasta abarcar toda la historia humana, a la cual consideran también siempre la misma, eterna e inmutable. De este principio partió, como se sabe, Oswald Spengler, para formular su teoría de que la historia es una sucesión de ciclos o círculos absolutamente cerrados sobre sí mismos, sin ninguna relación entre sí y, por lo tanto, sin ninguna posibilidad de superación de unos por otros. En los últimos tiempos, aprovechando hechos que, tomados como tales hechos, son absolutamente ciertos e innegables, los partidarios del inmovilismo universal han dado un paso más: ahora sostienen que la humanidad no sólo no progresa  ni avanza sino que incluso retrocede en muchos aspectos, obligándonos a revalorar y a revivir hechos, conceptos  y teorías que ya dábamos por completamente refutados y superados.

            No hay, a mi juicio, ningún problema en convenir en que el progreso humano no es una línea recta siempre ascendente; que es una verdad irrecusable que en muchos terrenos en que nos creíamos ya a muchos años luz de ideas y prejuicios probadamente falsos y dañinos, de pronto reaparecen con renovada fuerza delante de nosotros y vuelven a cobrar actualidad y vigencia para perjuicio de las mayorías indefensas. La diferencia estriba en que esto no se explica, como quiere el pensamiento reaccionario, por una ley intrínseca e ineludible del pensar y del actuar humanos, es decir, por una incapacidad innata de ambos para  moverse hacia delante. La explicación es más sencilla y material: la vuelta del pasado obsoleto, la resurrección de lo viejo, caduco y dañino para el bienestar del hombre, es la consecuencia y la respuesta a la necesidad que tienen las clases dominantes de echar mano de eso para mantener y consolidar su dominio. La reaparición cíclica de  teorías filosóficas y de ciertas tesis y principios del derecho, ya superados por la marcha progresiva de la sociedad, el aparente eterno retorno de la historia, son la consecuencia inevitable de la repetición del ciclo vital de toda clase dominante, que es siempre esencialmente el mismo independientemente de la época histórica de que se trate.

            Toda clase emergente, que por su papel histórico-económico esté llamada a convertirse en dominante, en dueña del poder político y económico de la sociedad, comienza su ascenso con una crítica severa y despiadada de todo aquello en que se apoya la clase caduca a derribar: filosofía, derecho, economía, política, ética, estética, etc., etc. y en su lugar coloca su propia ideología, su propia visión del mundo. Esta fase crítica y progresiva dura todo el tiempo que la clase en ascenso tarda en lograr su objetivo; pero una vez alcanzado éste, una vez instalada en la cúspide del poder, se da cuenta que todo aquello que criticó, denunció y “superó”, ahora le hace falta para afianzar y consolidar su propio dominio. Y entonces y por eso se da “el retorno de los brujos”; reviven la “vieja” filosofía, la “vieja” teoría económica y el “viejo” derecho, dando lugar a ese espejismo de los ideólogos de que la historia humana es un eterno retorno al pasado.
            En estos días está por aprobarse una “nueva” ley contra el crimen.  Dicha ley es un ejemplo típico del retorno de lo viejo y probadamente dañino, para apuntalar el estado de cosas prevaleciente. Y los cambios que se proponen no son los primeros (y a lo mejor ni siquiera los más graves) que se han instrumentado dizque para dotar al Estado de mejores armas contra los criminales. En realidad, hace rato que en México son letra muerta preceptos tan elementales como la obligación de poner en manos del Ministerio Público a cualquier detenido antes de 24 horas, el plazo de 72 horas para decretar la formal prisión o la libertad de un acusado; el derecho a contar con un abogado antes de hacer rendir ninguna declaración; garantías suficientes contra la tortura; el principio de que todo acusado es inocente hasta que se demuestre lo contrario, es decir, que la carga  de la prueba recae sobre el acusador y no sobre el reo, y otros semejantes. De sobra se sabe lo peligroso que es dejar manos libres a policías, agentes y jueces (aun cuando no sean tan corruptos como los que padecemos nosotros), para decidir quién es “sospechoso” de un delito y quién no; las injusticias que se cometen cuando se concede valor legal a denuncias anónimas; lo torcido que resulta condenar a alguien por las acusaciones de un testigo al que la propia autoridad cohechó para que declarara en su contra, y cosas así por el estilo. Pues todo eso y más vuelve a cobrar carta de legalidad en nuestros días. Según la “nueva” ley, cualquier policía queda facultado para detener a alguien si “lo considera sospechoso” (?¡) y, además, para allanar domicilios sin orden de juez competente si, a sus juicio, la persecución y detención de un “criminal”, así como la protección de la víctima potencial, lo justifican. La iglesia en manos de Lutero.

            ¿Por qué regresamos a medidas tan odiosas que, además, van contra toda lógica jurídica y contra todo espíritu de verdadera justicia? ¿Es que el mal típico de todo diputado, el cretinismo parlamentario del que habló Marx, ha atacado con especial virulencia a “nuestros” representantes? Puede ser eso; pero lo esencial es que nuestra clase dominante vive ya su época madura (y a la mejor hasta senecta) y, por eso, para mantener las riendas del poder en sus manos, requiere urgentemente de aquello que, apenas ayer, ella misma combatió, denunció y superó. Estos ciclos perversos sólo desaparecerán junto con la sociedad dividida en clases antagónicas. No antes.


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