En torno a la “consulta popular” que patrocinó recientemente el PRD, se ha desatado una tempestad de declaraciones contradictorias entre tirios y troyanos. Se discute si el rotundo “no” a la reforma de PEMEX propuesta por el Presidente que arrojó dicha consulta, debe aceptarse y acatarse como la auténtica voluntad de la nación, o simplemente como la postura de una fracción, por cierto muy minoritaria, del partido que realizó el evento mencionado. Quienes llaman a ignorar el resultado alegan, además del carácter partidista que ya queda dicho, que la “consulta popular” no está prevista en ninguna de las leyes que nos rigen, que el número de votantes (poco más de millón y medio en todo el país, según los organizadores) resulta una cifra insignificante frente a un padrón electoral de casi 50 millones de mexicanos; que las preguntas del cuestionario eran “amañadas” porque inducían la respuesta y, finalmente, que, ante la falta de una supervisión ajena a los organizadores, se cometieron una serie de trampas e irregularidades con el fin de inflar la cifra final.
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| "Una cuestión tan delicada como el asunto del petróleo, no puede ser resuelta por una minoría, por muy legítimamente que haya sido electa, sin correr el riesgo de equivocarse y provocar, con ello, graves fracturas en la unidad nacional" |
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Los defensores de la consulta, por su lado, niegan que haya sido un evento partidista puesto que, dicen, estuvo irrestrictamente abierto a toda la ciudadanía; niegan el carácter “sesgado” de las preguntas ya que fueron elaboradas, sostienen, por reconocidos expertos de la UNAM y otras instituciones públicas de parecida solvencia; niegan que hayan “inflado” la votación puesto que el evento fue “observado” por gentes y organismos especializados en estos menesteres y, finalmente, sostienen que, con todo y que el número de votantes está lejos de representar la mayoría del padrón electoral, representa innegablemente el sentir de la mayoría de los mexicanos y que, además, la inteligencia política más elemental indica que una cuestión tan delicada como el asunto del petróleo, no puede ser resuelta por una minoría, por muy legítimamente que haya sido electa, sin correr el riesgo de equivocarse y provocar, con ello, graves fracturas en la unidad nacional. Conclusión: la “consulta” es, si no estrictamente legal, sí absolutamente legítima y necesaria, fue además un ejercicio democrático y pulcro, y sus resultados deben ser considerados, por ende, como el verdadero sentir de la mayoría de los mexicanos.
| "Si el PRD hubiera querido llevar a cabo un ejercicio realmente democrático, desinteresado, electoralmente neutro y sólo ceñido al tema del petróleo, debió poner todo el proceso en manos de la o las instituciones señaladas por la ley" |
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Por mi parte, un simple mexicano como hay millones en este país, pienso sinceramente que la “consulta” del PRD sí adoleció de varios y graves defectos que la convierten, si no en falsa, sí en altamente sospechosa cuando menos. Creo que sí tuvo un fuerte tinte partidista y, por tanto, excluyente, antidemocrático, por dos razones. Primero, porque, al ser organizada por un partido político que no tiene, por supuesto, la representación nacional, era inevitable que muchos entendieran que se convocaba a votar sólo a sus militantes y, por tanto, es correcto afirmar, como lo hacen muchos, que el resultado representa más a algunos perredistas que a la ciudadanía en general. Segundo, porque la militancia partidaria de los convocantes fue para muchos una prueba evidente de que no sólo se buscaba defender un recurso básico de la nación, sino también, y no de modo secundario, posicionar electoralmente a su parido, razón por la cual se excluyeron, voluntaria pero justificadamente, de una consulta que, se confesara o no, buscaba instrumentalizarlos a favor de una plataforma política que no comparten. Creo también que el hecho de que las preguntas hayan sido formuladas por expertos no es garantía suficiente de que no hayan sido formuladas con cierta intención de inducir la respuesta. En esto creo, como Hegel, que sólo las piedras son inocentes, es decir, que no creo que existan seres de carne y hueso “absolutamente imparciales”. Si son de este mundo, aun los científicos más honrados y profesionales tienen sus preferencias y simpatías políticas (lo cual de ninguna manera puede considerarse un error o un delito) mismas que terminan, aun contra su voluntad, influyendo y condicionando sus actos. Y exactamente el mismo razonamiento aplico a los “observadores” del proceso. En resumen, opino que si el PRD hubiera querido llevar a cabo un ejercicio realmente democrático, desinteresado, electoralmente neutro y sólo ceñido al tema del petróleo, debió poner todo el proceso en manos de la o las instituciones señaladas por la ley para ejecutar esa o parecidas medidas de opinión.
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| La cuestión de fondo no es si la “consulta” perredista es democrática, legal y pulcra, o no, sino si México quiere o no la reforma presidencial. Y aquí la respuesta es inequívoca: ¡no, no la quiere! |
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Y sin embargo, a pesar de todo, creo firmemente que el resultado de la “consulta” sí refleja el verdadero sentir de la nación. Probablemente algún experto se burle de esto; pero yo sé que, ya sea porque los errores se neutralicen entre sí o porque la uniformidad del universo total no permita obtener resultados contrarios, es posible que un estudio de opinión mal diseñado y mal aplicado arroje, no obstante, conclusiones verdaderas. Y a mi juicio, éste es el caso. Los partidarios de la reforma presidencial no deben equivocarse, no deben pensar que, porque la “consulta” adolece de todos los vicios que ellos señalan y otros más, su resultado es desdeñable. Por mis propios medios, yo he pulsado el sentir de los mexicanos humildes, que son la inmensa mayoría de este país, y todos ellos, sin excepción, se manifiestan radicalmente en contra de que la renta petrolera vaya a parar, por el camino que sea, a los bolsillos de los privilegiados de siempre. Todos ellos manifiestan estar dispuestos a defender el patrimonio nacional con todo aquello que tengan a su alcance. Por eso, tienen razón los que dicen que, de aprobarse una reforma petrolera contraria a los intereses populares, el país se fracturará, se dividirá irremisiblemente y, entonces sí, hay que ponerse el chaleco salvavidas. La cuestión de fondo no es si la “consulta” perredista es democrática, legal y pulcra, o no, sino si México quiere o no la reforma presidencial. Y aquí la respuesta es inequívoca: ¡no, no la quiere!
* Colaboraciones anteriores