La educación religiosa (sin importar de qué religión se trate) indefectiblemente forma en la mente humana cierta sumisión automática a la idea de que existen ciertas verdades ante las cuales su esfuerzo intelectual consciente debe detenerse, abstenerse de intentar penetrar en ellas por sus propios medios, pues se trata de un conocimiento trascendente que, por lo mismo, rebasa su capacidad de conocer racionalmente. Aprende, que el único recurso válido y realmente eficaz para adueñarse del tesoro metafísico que tiene delante es la fe. Hablo, naturalmente, de la Verdad Revelada al hombre por Dios (el propio de cada credo), que no admite, por su naturaleza de verdad absoluta y suprema, ni análisis ni dudas por parte de los creyentes. La sumisión intelectual, así desarrollada por el dogma religioso, no representa ningún obstáculo para la vida material del hombre mientras nos movamos en el terreno de lo puramente religioso; pero, tan pronto se traslada la misma actitud a otras áreas de la actividad vital del individuo y de la sociedad, se advierte de inmediato lo nociva que resulta la abdicación del hombre a la soberanía de su inteligencia para conocer y transformar el entorno en que vive.
Y eso es justamente lo que ocurre con las relaciones entre los ciudadanos y sus respectivos gobiernos. Se ha vuelto también un dogma que todo lo que diga el gobierno o sus representantes más encumbrados, sobre el tema que sea, es siempre lo correcto, lo verdadero, lo más inteligente e informado, por sobre cualquier opinión ciudadana. Bombardeado el ciudadano medio las 24 horas del día, mediante una gran variedad de recursos y canales que muchas veces ni siquiera identifica conscientemente, con la “información” oficial de todos los niveles de gobierno; víctima de los elogiosos aderezos que los “comunicadores” le agregan para hacer más tragable el mensaje, ese gran receptor que se llama opinión pública, va trasladando a la esfera de sus relaciones con el poder, insensiblemente, el mismo espíritu de obediencia intelectual adquirido en la iglesia: si lo dice el gobierno, entonces ésa es la verdad y no hay nada que discutir.
Obviamente, en este proceso juegan un papel decisivo los medios de comunicación. Son ellos los que, con su perpetua aprobación (venal o ideológica) a todo lo que diga o haga el gobierno; con su inocultable parcialidad, cuantitativa y cualitativa, en favor de lo que declare el funcionario encumbrado o el magnate de moda; con su vergonzosa obsecuencia a todo lo que afirme el mandamás en turno, aunque el dislate sea evidente para todos; son ellos, digo, los que más contribuyen a domesticar a la opinión pública nacional. La labor “informativa” de los medios ha llevado de la mano al hombre de la calle a pensar y a aceptar que el rico y el poderoso siempre tienen la razón, mientras que los pobres, en cambio, siempre mienten y se equivocan; es decir, lo han llevado a tomar la voz del gobierno como otra verdad revelada.
En días pasados, el país se conmocionó por la muerte a tiros de dos jóvenes estudiantes del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). La primera versión oficial fue que se trataba de “dos sicarios”; pero, cuando los familiares descubrieron la verdad, el gobierno tuvo que retroceder y declarar que todo fue una desgraciada coincidencia, ya que los jóvenes se hallaron, por error, en medio del fuego cruzado entre las fuerzas del orden y un grupo de sicarios que las agredía. Pidieron perdón a los familiares y nada más. El domingo 28 de marzo fueron masacrados, en algún lugar agreste de Durango, un grupo de 10 jóvenes, inocultablemente gente inocente, entre la que se hallaba una menor de ocho años. Ciertos medios filtraron que los responsables eran parte de un retén que le cerró el paso al vehículo de las víctimas. De inmediato, el gobierno negó que fuera un “retén” oficial; era, dijo, una simulación de sicarios, aunque no explicó por qué causa habrían atacado a gente pacífica e indefensa. Y otra vez, todo quedó en un perdone usted.
Yo no tengo, por supuesto, elementos para desmentir la versión oficial de estos imperdonables crímenes. Pero hay un hecho que puede resultar revelador: casi al mismo tiempo que morían los jóvenes del Tec de Monterrey, la televisión mostraba, en vivo y a todo color, la detención de un hombre joven cuya integridad física era muy evidente. Al día siguiente, esta misma persona apareció muerta en algún muladar de Monterrey, con evidentes huellas de tortura. Y aquí no caben maniobras: las imágenes prueban que lo cogieron vivo y saludable, y también que lo detuvieron fuerzas del orden bien identificadas. ¿Qué pasó entonces? ¿Quién lo mató y por qué? Nadie parece querer resolver el misterio; pero ante tales evidencias, hay que ser tonto para no extender la duda hasta las otras versiones sobre los horrendos asesinatos de gente inocente. Y sin embargo, todo mundo guarda prudente silencio. ¿Terror? ¿Precaución? ¿Consecuencia lógica del embotamiento de la capacidad crítica de la sociedad?
Los historiadores más serios de la Segunda Guerra Mundial afirman que los monstruosos crímenes de Hitler (contra los judíos y contra la humanidad entera) no fueron sólo responsabilidad suya, sino también del aplauso y la adoración (o la pasividad en el mejor de los casos) del pueblo alemán hacia su Führer. Fue la falta total de tradición democrática y su adaptación ancestral al absolutismo que por siglos había gobernado en Alemania, lo que volvió sordo y ciego a su pueblo a las evidentes infamias del dictador. Estamos ante una prueba irrefutable de los peligros que entraña inculcar en el pueblo la idea de la infalibilidad del gobernante, de enseñarlo a acatar su palabra como si de otra verdad revelada se tratara. ¡Ojo, México! Si no despertamos ahora, una dictadura nos asecha; no sabemos para cuándo, pero sí sabemos que es segura.
* Colaboraciones anteriores