El escándalo mediático de moda es la crisis generada en Cuba, el único bastión del socialismo en América, por la así llamada “disidencia cubana”. Tres son los elementos que proporcionan combustible y municiones a los más rabiosos enemigos de la Revolución Cubana y de su líder histórico, el comandante Fidel Castro: el reciente fallecimiento del disidente Orlando Zapata, a causa de su huelga de hambre llevada consecuentemente hasta el final; las marchas públicas de protesta de las llamadas “mujeres de blanco”; y el ayuno de otro conocido disidente, Guillermo Fariñas, cuya vida, se dice, corre peligro por su prolongada abstinencia de alimentos y líquidos. La disidencia cubana en general, que casi seguramente va más allá de las cabezas hoy visibles, así como sus simpatizantes de la derecha mundial (medios informativos y personajes poderosos, cuyo odio irreconciliable al régimen cubano es bien conocido) que, ciertamente, no son pocos, sostienen que el meollo del conflicto es la defensa de los derechos humanos y de las libertades individuales, severamente conculcados por el gobierno cubano. Se afirma y se asegura, con voz cada vez más alta, que la lucha a muerte de Zapata, Fariñas y las “mujeres de blanco”, es por el derecho a la libre manifestación de las ideas y por la libertad de “los presos políticos”, es decir, de cubanos libres de espíritu cuyo único delito es pensar de modo distinto al gobierno cubano y a sus incondicionales.
Así planteado el problema, resulta casi imposible oponerse a los disidentes, descalificar su conducta (ciertamente admirable y valiente al jugarse la vida por un ideal), y argumentar en favor del régimen y del pueblo cubanos que, me atrevo a suponer, está mayoritariamente del lado de su Revolución. Los amigos de Cuba nos sentimos atados de manos y amordazados por la eficaz maniobra propagandística en su contra, pues, ¿quién en su sano juicio puede estar a favor de la supresión de la libertad de opinión, de la libertad de disentir y de protestar públicamente según su conciencia? Y, como era de esperarse, los enemigos de Cuba están aprovechando bien el silencio, el desconcierto (y hasta el oportunismo político de algunos) de sus amigos, para darse vuelo acusando y condenando al gobierno y a los hermanos Fidel y Raúl Castro, en los términos más duros, odiosos e infamantes. Los más envilecidos y desalmados propagandistas del capital; los defensores de su política imperialista de agresión, de invasiones armadas seguidas de espantosas masacres y saqueo de los recursos de los pueblos pobres y débiles; aquellos que han guardado un vergonzoso y deshonroso silencio ante hecatombes humanas como las de Irak, Afganistán, Palestina y Líbano; quienes han hecho la vista gorda ante aberraciones como las cometidas en Abú Grahib, en Guantánamo y en otras mazmorras clandestinas imperialistas; quienes incluso se han hecho cómplices de tan horrendos crímenes al distorsionar la información o al silenciar lo peor de esa política; hoy, con todo descaro, se visten la blanca túnica de la pureza, la libertad y el humanismo, y alzan la voz y el índice flamígero exigiendo a Cuba “respeto irrestricto a los derechos humanos”. Da grima ver cómo, rabiosos enemigos de la protesta popular, a la que han satanizado y criminalizado de mil maneras, como el tal Ciro Gómez Leyva, hoy se atragantan exigiendo respeto a la protesta pública de las “mujeres de blanco”.
Por todo esto, creo necesario llamar la atención de mis escasos lectores sobre lo siguiente: el edificio entero de la campaña anticubana está levantado sobre una sola piedra angular: los prisioneros cuya libertad se demanda son presos políticos, es decir, gente que está en la cárcel sólo por pensar distinto al régimen y no por haber cometido algún delito tipificado y castigado por el derecho cubano. Bien. Pero resulta que nadie, ni siquiera los propios huelguistas, ha presentado un alegato serio, con argumentos jurídicos fehacientes, para demostrar esta acusación. El lector de buena fe debe saber que los detenidos fueron sometidos a proceso de acuerdo con el derecho cubano; que tuvieron, por tanto, la posibilidad de defenderse y presentar pruebas y alegatos a su favor, y que, si finalmente se les condenó, es porque no lograron demostrar su inocencia ni desvanecer los cargos de conspirar con extranjeros para derrocar al régimen socialista de su patria. Por consiguiente, todo el que afirme que son “presos de conciencia”, debe probarlo con los expedientes en la mano, señalando puntualmente las inconsistencias y el dolo de los jueces, y no simplemente afirmando, por sí y ante sí, que se trata de “víctimas” de la dictadura castrista.
El Antorchismo Nacional existe y se ha desarrollado gracias a su tenaz ejercicio de las libertades de opinión, de crítica y de protesta pública contra las injusticias del régimen. Somos, por eso, insobornables defensores de esas garantías, y lo hemos probado con hechos, arriesgando nuestra propia libertad e integridad física, y no con maromas verbales y travestismos políticos a lo Ciro Gómez Leyva. Pero no estamos dispuestos a dejarnos manipular; no caeremos de rodillas, acrítica y oportunistamente, ante el chantaje sentimental de la claque anticubana. Antes que eso, exigimos que se demuestre, sin sombra de duda, que se trata realmente de presos de conciencia y no de conspiradores agazapados detrás de esa noble bandera. Reconocemos a los disidentes cubanos, sin ambages, su derecho irrestricto a disentir y a manifestar libremente sus opiniones; y no sólo eso, sino también su derecho a estar en contra del sistema social y económico de su patria y a combatirlo como lo juzguen conveniente. Pero, en este caso, creemos que están obligados a hablarle al mundo con verdad, con entera objetividad, y que cada quien tome partido según su conciencia. Si creen realmente en su causa, la que sea, no tienen razón para esconderla y victimizarse para ganar la simpatía del mundo. Eso, aunque así no lo quieran ellos ni nadie, automáticamente los descalifica.
* Colaboraciones anteriores