El 25 de abril del presente año, un correo electrónico transmitió a todos los antorchistas del país la infausta noticia de la muerte (por un accidente automovilístico, ocurrido en la autopista México-Toluca) del licenciado en Biología José Humberto Gutiérrez Corona, integrante de la Dirección Nacional del Movimiento Antorchista. El percance ocurrió cuando el compañero se dirigía a cumplir con las obligaciones propias de un dirigente honrado, trabajador y comprometido con los ideales de nuestra organización.
Betito, como cariñosamente le llamábamos todos sus compañeros de lucha, era originario de Colima e inició su actividad política, desde estudiante, en la Facultad de Biología de la Universidad Nicolaíta de Morelia, Michoacán; la prosiguió como profesionista en Jalisco, San Luis Potosí y, en el momento de su deceso, en el Estado de México, siempre dentro del movimiento estudiantil y campesino de Antorcha, lo que habla de él como un hombre de ideas revolucionarias, convencido de la urgente necesidad de organizar a los pobres de México, para que éstos accedan a una vida mejor, y de una firmeza de principios que, puestos en práctica, tuvieron el claro propósito de ver por sus hermanos de clase, alcanzar su única y verdadera libertad. Entre ellos vivió y por ellos murió.
Le sobreviven su esposa María de la Luz Sifuentes Barba y dos hijos: Humberto y Goneril Paloma Gutiérrez Sifuentes. Su compañera sentimental fue también su compañera de lucha, por lo que estoy plenamente convencido de que ahora, más que antes, pondrá en juego toda su inteligencia y todas sus capacidades, para desarrollar el trabajo antorchista en Aguascalientes, donde ella es la dirigente estatal. No hay mejor manera de rendir homenaje a tan noble, fiel y limpio compañero. En este propósito, todos los antorchistas, sin excusa ni pretextos de ninguna clase, debemos empeñar nuestros mejores esfuerzos.
Sus hijos, que están siendo educados en los ideales, principios y conducta, hoy más que nunca, tienen el gran reto de seguir la senda que les trazó Humberto Gutiérrez Corona. Y cuando sientan deseos de abandonar esta senda, recuerden que su padre se sentirá traicionado en su ideales y principios, si ustedes abandonan los objetivos en los que él, por verlos realizados, perdió la vida. Las muestras de cariño que le tributaron a Betito sus compañeros antorchitas son una prueba contundente de que “sólo una vida vivida para los demás vale la pena ser vivida”, aunque los egoístas, los convenencieros y los amigos del inmovilismo de hoy y de siempre digan todo lo contrario.
Recurro a don Manuel Acuña, poeta coahuilense, para expresar a Betito, a su esposa y a sus hijos, los pensamientos que inspiran a los hombres que tienen grandeza de ideales y altura de miras; esperando que sea, al mismo tiempo que un homenaje sentido, un impulso más para continuar en la lucha:
“Tú sucumbiste así, y aunque el abismo al mundo robe con tu cuerpo un hombre, tú para el mundo seguirás el mismo, mientras viva el perfume de tu nombre; por eso, el sentimiento que en torno a este ataúd nos ha reunido no es el dolor hipócrita que al viento lanza la inútil queja de un gemido; no es el pesar que apaga su lamento en el silencio ingrato del olvido, sino el placer que brota y se levanta sobre la eterna marca de tus huellas, y que del himno que escribiste en ellas hace el himno inmortal con que te canta.
* Colaboraciones anteriores