Esta incógnita (como pudiéramos llamarla rimbombantemente) no tardará mucho en despejarse, pues el destape del próximo candidato a gobernador está a la vuelta de la esquina; con él tendremos la oportunidad de comprobar lo que todo mundo ha podido leer y oír de varios precandidatos que, aún sabedores de que el mandatario en turno impondría su capricho -tanto en el elegido como en el procedimiento para ungirlo- no tuvieron empacho en afirmar que buscarían, por todos los medios a su alcance, que se respetara la voluntad popular y evitar así una imposición; intención que, en lo personal, me parece total y absolutamente correcta.
Pues bien, la hora de la verdad ha llegado. Tal y como era de esperarse, el método escogido para elegir al precandidato (las encuestas), en la forma, se ha cumplido, pero, en el fondo, ha constituido una auténtica y cruel burla para los aspirantes a la precandidatura, pues le encuestadora Parametría (propiedad de María de las Heras) no sólo no se presentó a entregar los resultados (como era el acuerdo entre los precandidatos), sino que realizó una encuesta a la medida de los deseos del gobernador, dándole a su favorito los 10 puntos porcentuales acordados y, por lo tanto, necesarios para una candidatura de unidad.
De la equidad para hacer precampañas, realmente ni hablar de ella. Nunca existió. Sólo hubo un precandidato que, usando y abusando de todos los recursos del Estado y de su puesto como Secretario de Desarrollo Social, hizo campaña política de la forma más descarada y grosera, lo que lo coloca como el único precandidato con posibilidades de obtener el triunfo en las próximas elecciones para renovar la gubernatura de la entidad: Javier López Zavala. Eso dice Parametría.
Ante tanto abuso de poder y ante tanta burla hacia los precandidatos, hoy veremos si éstos tienen la honradez y el valor de hacer honor a su palabra y a los ciudadanos; veremos si se cuenta con políticos de nuevo cuño, que realmente están dispuestos a luchar en serio, para rescatar la palabra empeñada públicamente y para limpiar su dignidad mancillada, o por el contrario, reaparecerá, una vez más, el político tradicional, que busca -con sus declaraciones- obtener prebendas en su beneficio, sin importar dejar “colgados de la brocha” a sus ingenuos seguidores.
Si los precandidatos burlados adoptaran la primera conducta, es decir, que haciendo a un lado sus intereses personales se unieran, para dar una lucha en serio, que obligara al PRI a respetar las reglas fijadas por el propio organismo, estoy seguro que derrotarían estrepitosamente la imposición, disfrazada de encuesta, del gobierno dictatorial que hoy padecemos, y que manipulando programas, recursos y abusando de la pobreza ciudadana, intenta prolongar seis años más una forma de gobierno nepótico, vengativo, con un manejo de recursos poco claro y al servicio de las cúpulas empresariales.
De encontrar una actitud así, indudablemente, estaríamos ante un hecho inédito, pero justo y necesario, al que deberíamos apoyar con toda decisión, pues constituiría un tanque de oxígeno a nuestra viciada y denigrada vida política, y un ejemplo necesario de honradez y verticalidad política en estos tiempos, en los que hasta la dignidad se vende. Sería también una forma de rescatar la confianza ciudadana en los políticos, pues, para nadie es desconocido que los ciudadanos, en general, ya no creen en la clase política, que es tal su decepción que ya no desean militar en algún partido y, mucho menos, apoyar a un político en sus aspiraciones, pues saben que siempre terminan “negociados” y que los únicos beneficiados son los que se arrogan el derecho de hablar a nombre y en representación de sus seguidores; éstos, a cambio, sólo obtienen por su apoyo al precandidato perdedor la represión del candidato triunfante, durante todo el período que dure su mandato.
El gobernador Mario Marín es el ejemplo clásico del uso del poder como arma de represión política. Por estas razones y otras más que se me escapan, sería sano que alguien o varios, dejando un lado los beneficios personales, lucharan en serio para imponer una nueva clase política, para un nuevo tipo de gobierno, que realmente haga del mejoramiento de los humildes su eje de acción gubernamental.
Si, por el contrario, se usan argumentos tales como la “unidad”,” el “triunfo del partido”, y la “disciplina partidista”, para justificar el hecho de doblar la cerviz, y otros más sofisticados para enmascarar la “negociación” de sus seguidores, por un puesto en el gobierno, con pena tendríamos que reconocer que nos encontramos con una clase política poblana convenenciera, falsa, mentirosa, acomodaticia, que sacrifica todo en aras de su bienestar personal. Entonces, no quedaría más remedio que redoblar la lucha, para lograr descubrir y encumbrar a una nueva clase política que, forjada en el crisol de la lucha, sea limpia, honrada decidida, justa y valiente; que haga de Puebla y de México un lugar digno de ser habitado por hombres nuevos.
* Colaboraciones anteriores