Era difícil esperar otro resultado. Cuando menos bajo
las condiciones particulares y concretas en las que se libró
una lucha errática y ambigua y que significaba, según
sus lideres, la caída del gobernador del estado.
El origen y la concepción heterogénea de las
diferentes organizaciones que participaron en esta batalla,
de seis meses, hacían pensar que el objetivo perseguido
no fuera el correcto y necesario (dicho sea de pasada, resultaba
ridículo y banal), más bien parecía el
temor a la represión que pudiera instrumentar el gobernador
en caso de quedarse en el poder y la venganza en contra de quienes
habían iniciado y mantenían la revuelta. Dicho
en pocas palabras se luchaba más por miedo a las consecuencias,
que por un objetivo que realmente significara un beneficio para
las clases populares, pues con quitar a un gobernador no se
superaban, ni se superan, todo el rezago ancestral que vive
el estado de Oaxaca. Quizás por eso (el miedo) la consigna
machacona e inútil de “la caída del gobernador”.
Es probable que muchos lideres y organizaciones tuvieran claro
que desde el punto de vista económico, político
o social, no se estaba arreglando absolutamente nada de los
verdaderos problemas que sufren los oaxaqueños. Los verdaderos
enemigos a vencer son: la falta de empleo bien pagado; la falta
de caminos hacia zonas geográficamente muy marginadas;
la falta de servicios como agua potable, drenajes, pavimentaciones;
la humillación y desamparo legal de muchos indígenas
oaxaqueños; la falta de recursos económicos para
educar, curar y vestir a los hijos, en fin una gran cantidad
de rezagos en infraestructura, empleo, educación y salud
que nunca se han superado en Oaxaca y que necesitan hacerlo.
Considero que estos son algunos de los principales problemas
que hay que afrontar y para eso hay que crear o fortalecer una
verdadera y autentica organización del pueblo que, nos
guste o no, todavía no existe y que urge crear. En Oaxaca
somos más de tres millones y medio de ciudadanos y no
solamente setenta mil o cien mil individuos, que, se dijo, fueron
los que pudieron haber participado en los mejores momentos del
movimiento. Eso significa que aun cuando hubiesen tomado el
nombre de Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, APPO, esto
nunca fue, ni ha sido así, pues siempre se trato de una
exigua minoría, que radicalizada pero con poca claridad
teoriza, no sabia propiamente ni hacia donde iba.
Si coincidimos en que los verdaderos problemas son el subdesarrollo
y que para atacarlos es necesaria la más grande y autentica
organización del pueblo, queda claro que en la lucha
pasada, ni se buscaba la solución de dichos problemas
ni participaba todo el pueblo.
Si a lo anterior le sumamos la actitud provocadora e irracional
de muchos actores de esta lucha política; si le sumamos
de que con el pretexto de atacar al gobierno y a sus instituciones,
se afectó a particulares en sus bienes, muebles e inmuebles,
que se lastimó enorme y gravemente a la educación,
al empleo y a la seguridad pública de todo el pueblo
(cosa por demás incomprensible), se vislumbraba claramente
que una lucha de tales características prácticamente
estaba condenada al fracaso.