MOVIMIENTO ANTORCHISTA



¿Cuánto cuesta una vida?

Gabriel Hernández García
Dirigente antorchista en el estado de Oaxaca

29 de enero de 2006

Recibió el machetazo en pleno rostro, del lado izquierdo. Instintivamente, y casi al mismo tiempo que recibía el golpe, intentó defenderse, metiendo también la mano izquierda, sin embargo, el acero rebanó limpiamente la mitad del rostro y la mano en limpias tajadas, que prácticamente desprendieron la carne del pómulo y el dorso izquierdo del hombre. Al sentir el golpe y la sangre caliente, el hombre giró en el sentido de donde recibió la agresión, de derecha a izquierda y presentó a su agresor la espalda en donde recibió un segundo machetazo en el omóplato abriendo otra herida de diez centímetros, pero que, afortunadamente y gracias a la humilde ropa que vestía, penetro solo medio centímetro y de la que emanó también abundante sangre. Ponciano cayó al piso y la sangre de sus heridas empezó a correr entre las piedras y a empaparle la ropa de manta que vestía . Su agresor, creyéndolo muerto, se alejó a grandes zancadas y se interno en el monte. La sangre de Ponciano empezó a llegar al arroyo, de límpidas aguas y empezó a diluirse tiñendo de rojo parte de la corriente. Ponciano estuvo algunos minutos tendido, sin saber a ciencia cierta que había ocurrido, pero la desesperación y la angustia de saber que se estaba muriendo poco a poco le dieron fuerzas para intentar moverse y, haciendo un gran esfuerzo, pudo, apoyando la mano derecha en el piso empezó a incorporarse hasta que lo logró. Sentía que la sangre le salía a borbotones de la cara y de la mano y que al desangrarse se le iba prácticamente la vida. Calculó la hora y media que tendría que caminar entre el monte, en la oscuridad, y de subida para llegar a su comunidad, y en las condiciones mortales en las que se encontraba. Optó por regresar y volver a cruzar el arroyo que solo quince o veinte minutos antes acababa de atravesar y en cuyo margen había sido atacado salvajemente por su agresor. Sintiendo que desfallecía caminó los trescientos metros que lo separaban de las primeras casas de San José Cofradía y al llegar a la primera de ellas, débilmente pidió ayuda. Nadie contestó y solamente obtuvo como respuesta el ladrar furioso de los perros de esa choza. Tuvo que caminar hacia el centro de la comunidad donde solamente media hora antes había estado observando el baile y del que, cansado del ajetreo del día y parte de la noche había decidido dejar para irse a descansar a la comunidad donde vivía.

Quienes primero le vieron, inicialmente creyeron que estaba borracho por la forma tambaleante y zigzagueante en que se movía, pero, al alumbrarle con las lámparas eléctricas se dieron cuenta de su tragedia y se adelantaron rápidamente a ayudarle. Le sujetaron de los brazos y le cargaron, observando consternados la gravedad de las heridas y como la sangre le había manchado y empapado prácticamente toda la ropa. Lo llevaron a un pequeño jacal semiderruido y tendiendo una sucia cobija lo acostaron en ella. ¿Y, ahora?, ¿Qué hacer? ¿Cómo parar la sangre que fluía y evitar que muriera por esa vía, como curar en la oscuridad y sin ningún medicamento? ¿Quien podría hacerlo? ¿Cómo llevarlo a Tataltepec de Valdez donde una clínica y un medico pudieran salvarle la vida?.
Tendido, desangrándose, y sin auxilio de ningún tipo estuvo hasta las ocho y media de la mañana.

Por momentos, se incorporaba y sin emitir ningún quejido ni lamento se miraba el corte de la carne de su mano y pensando, seguramente miles de cosas, esperaba estoicamente que alguien, por casualidad y/o caridad le auxiliara en esos espantosos y terribles dolores que implicaban los horribles cortes de su cara y de su mano. Sentía sed y angustia pues sabia que se estaba muriendo poco a poco y nadie, absolutamente nadie, ni siquiera algún cura estaba ahí para auxiliarle en sus últimos momentos.
Los perros al oler la sangre se acercaban curiosos pero algunos indígenas chatinos que observaban los espantaban con piedras y palos.

Indiferentes, apáticos, o acostumbrados al dolor humano no tomaban ninguna resolución. El baile y la tragedia ocurridos habían sido el domingo en la noche para amanecer lunes y la enfermera de la clínica no se encontraba por haber salido de día de asueto. Transporte para trasladar al herido no había pues en comunidades tan alejadas no existen vehículos automotores y, para completar el problema los radios de comunicación simplemente no servían, quien sabe porque maldita razón, como confabulados para dejarlo morir como a un perro en ese lunes dieciocho de diciembre.
Por fin a las nueve de la mañana y solamente después de haber pagado seiscientos pesos se pudo trasladar al herido a Tataltepec de Valdez y de ahí en taxi a la clínica de Jamiltepec en la región de la costa chica oaxaqueña.

San José Cofradía se encuentra a seis horas de la carretera federal subiendo hacia la sierra sur, por caminos intrincados y riesgosos que en tiempos de lluvias y por efecto de estas después se vuelven intransitables, siendo por lo tanto una de las comunidades más tristes y marginadas del pueblo oaxaqueño, donde, todavía ni siquiera a llegado la luz electrica.


 

 

 

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