Era el mes de febrero y un día mi padre me dijo:
....-Hoy en la tarde salimos, prepara
las jaulas mientras tu mamá nos prepara la comida. Don
Casiano me pidió anteayer cenzontles y aquí, en
Huamelulpan, no hay; por lo tanto tenemos que ir a buscarlos
hasta cerca de Petlalcingo; en este tiempo, febrero y marzo
es la temporada en que podemos atraparlos.
....Efectivamente, a las cuatro
de la tarde abordamos un autobús que en dos horas y media
nos llevó delante de Huajuapan de León, a la altura
de “Salitrillo”, a donde llegamos a las seis y media
de la tarde. Empezamos a caminar en dirección a Tepejillo
y San Miguel Ixtapa, pero a poco tiempo recorrido nos desviamos
de la carretera y bajamos a una barranca que nosotros conocemos
como “barranca salada”, siguiendo su curso en sentido
descendente; en estos meses no lleva agua ni por equivocación,
y su fondo, en algunas partes arenoso, crujía con nuestros
pasos y nos dificultaba la marcha, que tuvimos que realizar
por más de una hora. Ya en el monte, y cerrada la noche,
nos detuvimos, buscando leña para encender una fogata
y buscamos un lugar donde hubiera arena más fina para
tender nuestras cobijas y pasar la noche.
....Al otro día, a las seis
y media de la mañana, nos levantamos y desayunando lo
mejor que pudimos, salimos de la barranca y nos internamos en
el monte. Ahí, mi padre me preguntó:
....-¿oyes?
....A decir verdad yo no escuchaba
gran cosa, pero al poner atención, me percaté
de que, efectivamente, se oía el canto extraordinario
de un ave que no conocía ni había oído
nunca.
....-¿Qué es? Pa´.
Le pregunté
....-¿Qué te dije
que veníamos a llevar?
....-Entonces, ¿ése
es el cenzontle?, nuevamente pregunté.
....-Sí, ¿ya lo ves?
Está allá, sobre aquel mezquite.
....Efectivamente, sobre un mezquite
se encontraba un ave de larga cola, de color gris, de unos 25
centímetros y que sobre una rama gorjeaba a placer, emitiendo
tonos que nunca creí escuchar.
....-Pon ahí las jaulas,
y dame el cenzontle manso. Ordenó mi padre
Yo obedecí, y mi padre, separando las jaulas, seleccionó
aquélla que en su interior tenía una jaula intermedia;
colocó ahí al cenzontle manso, y abrió
las puertas de las otras dos “jaulas trampa”. Una
vez hecho esto, me dijo:
....-Sube y colócala lo
mas cerca de donde está ahora el cenzontle silvestre,
y fíjate bien hacia dónde vuela.
....Así lo hice, y lo más
rápido que pude subí al árbol, coloque
la jaula, y me retiré velozmente, no sin antes fijarme
hacia donde se había alejado.
....Mientras estuve cerca del mezquite,
el cenzontle silvestre se alejó del lugar donde había
estado cantando. Por mi parte, una vez que coloqué la
jaula, me fui en dirección a donde había huido
el cenzontle para obligarlo a regresar al lugar donde había
estado cantando. El cenzontle silvestre, presa de una extraña
y febril agitación, dudó todavía algunos
momentos para, enseguida, dirigirse furioso hacia la jaula donde
estaba prisionero el cenzontle manso. Éste, quizás
sabedor de la norma que estaba infringiendo, temeroso y asustado
se refugió en lo más profundo de la jaula, donde
no pudiera ser alcanzado por la “furia demoníaca”
de que estaba poseído el cenzontle silvestre que, sin
medir las consecuencias, se estrelló contra la jaula
y, al no poder penetrar en ella por donde deseaba, buscó
por otros lados de la misma, hasta que, sin comprender mínimamente
lo que hacía, ciego de rabia, pues consideraba al pájaro
manso como un intruso que pretendía usurpar su territorio
y robarle su hembra y su nido, penetró en una de las
jaulas trampa” accionando instantáneamente el mecanismo,
cerrándose la puerta y quedando atrapado en su interior.
Al oír el ruido de la puerta que se cerró fuertemente,
quedó estupefacto. Sin saber que sucedía, intentó
reaccionar, pero era demasiado tarde. No podía huir de
donde estaba. De la rabia pasó al susto y a la desesperación
y chocando inútilmente contra las paredes de la jaula
se fue cansando hasta que, con las alas caídas y el pico
abierto se quedó quieto, sin saber a ciencia cierta qué
había sucedido.
....Nosotros, que era lo que esperábamos,
no tuvimos que hacer otra cosa más que acercarnos, bajar
la jaula, y con cuidado, tomar al cenzontle silvestre para meterlo
al jaulón.
....Admirado del conocimiento y
astucia de mi padre me puse a pensar que el cenzontle había
procedido como muchos hombres, que, indignados e insensatos,
reaccionan ciegamente ante un insulto o ante un problema que
no dominan y realizan actos como los del cenzontle, que casi
siempre los llevan a la cárcel o a la muerte. Es decir,
reaccionan por instinto, sin el control de sus emociones y sin
el mínimo de inteligencia, y el resultado es desastroso
en todos los sentidos: como el cenzontle, que por ese acto tonto
y estúpido, estaba ahora atrapado y condenado a vivir
el resto de sus días en cautiverio.
....Repetimos la misma operación
todo ese día, y al otro, capturando veintidós
cenzontles que, ante la captura, se encontraban anonadados y
confusos dentro del jaulón y ahora iban a ser trasladados,
como esclavos del canto, a lugares insospechados. Nosotros,
sabedores de su reacción y del valor que poseían,
cada cuatro horas los sacábamos del “jaulón”
y les obligábamos, metiéndosela dentro del pico,
a tragar comida y agua para que no se nos murieran, pues nos
habían costado mucho trabajo.
....Así se procedía
también con los esclavos en la antigua Roma.
*
Colaboraciones anteriores