MOVIMIENTO ANTORCHISTA


La calandria: libertad o muerte
(Última parte de El Pajarero)

Gabriel Hernández García
Dirigente antorchista en el estado de Oaxaca

22 de octubre de 2007

           El cazaguate da flores blancas; el “pipe”, rojas, intensamente rojas.
Nosotros colocábamos las jaulas trampa en los árboles de cazaguate para atrapar calandrias. Éstas llegaban a chupar el néctar de la flor del cazaguate y les llamaba la atención el rojo intenso de la flor de “pipe”, o quizás el aroma, y esa era su perdición, pues se metían a las jaulas, resultando de esa forma atrapadas.
           Una vez pregunté:
           Pá, ¿por qué casi nunca capturamos calandrias?
           Porque, efectivamente así era, y a mí me llamaba la atención que rara vez, aun cuando en septiembre y octubre los cazaguates florecieran, casi nunca capturábamos calandrias, a pesar de saber cuándo y cómo.
            La respuesta de mi padre me dejó pensativo:
           -Porque no nos conviene, y por respeto.
           La contestación me dejó confuso, pero mi padre me explicó:
           No nos conviene porque casi nunca sobreviven al cautiverio y pueden morirse antes de que las vendamos. Pero, principal y fundamentalmente porque una calandria puede morir al mes de estar prisionera y máximo puede soportar cuatro meses. No toleran estar enjauladas. Seguramente la tristeza y la nostalgia de su antigua libertad las hacen preferir morir antes que vivir esa prisión tan espantosa para quien ha nacido libre. Prefieren morir antes de continuar enclaustradas en ese pequeño y miserable mundo. Por eso te digo que las respeto, porque ni siquiera muchos hombres tienen la dignidad que tiene la calandria, y viven presos de diversa manera, sufriendo las peores humillaciones a las que son sometidos.
           Yo me quedé pensando que eso era absolutamente cierto, y también sentí una gran  admiración por la calandria.

“Aletéale”

           Pero todo tiene un fin, y un día, sin saber cómo ni por qué, cuando salía de mi casa a vender los pájaros que había atrapado en días anteriores, al bajar a la carretera en dirección a la casa de Casiano, fui a dar directamente, o acaso ya me esperaban, con personal que dizque protector de la fauna y “judas” que los acompañaban. Como llevaba el cuerpo del delito me decomisaron mis pájaros y me subieron en una camioneta. A la media hora detuvieron el vehículo y me bajaron rumbo a un arroyo. En un principio me interrogaron sin mucha violencia, preguntándome a quién vendía los pájaros. Yo, que entendía claramente que no me convenía dar el nombre de los “coyotes” guardé silencio lo más que pude, pero el interrogatorio subió de tono y me empezaron a golpear, acomodándome, como decimos, “una madriza”, de esas que no se olvidan nunca, diciéndome sarcásticamente:
           -Mira pajarerito, nosotros te vamos a enseñar a cantar, y por vida de Dios que vas  a hacerlo mejor que todos los pájaros que conoces.
           Yo les tuve que decir los nombres de quienes nos compraban los pájaros. Al fin y al cabo, nosotros sabíamos que lo que nos pagaban por las aves capturadas era una miseria y por lo tanto un abuso, pues también conocíamos a cómo vendían los pájaros en las ciudades, pues si no lo hacía, me iban a hacer cantar hasta la “malagueña” y, así como yo me imaginaba, hasta iba a tener que competir con los cenzontles, conociendo la fama de “inteligentes, científicos y civilizados” que tienen los “judas”.
           Pero, no contentos con esto, me preguntaron:
           ¿Y  quién más “agarra” los pájaros? Ahí sí me la pensé más, pues si daba los nombres de mis otros paisanos, ellos lo iban a saber tarde o temprano, y aunque no fuera así, ¿cómo los iba a poder volver a ver a la cara algún día? No les dije nada y ante mi negativa, me taparon los ojos y me llevaron durante un buen rato a un lugar y bajándome de la camioneta, solamente pude oír las instrucciones a un supuesto piloto diciéndole:
- Prende el helicóptero
           Después de oír el ruido característico de estas máquinas, me acercaron y subieron a este aparato que poco después se empezó a elevar; una vez que calcularon que tenía la altura suficiente, me quitaron la venda y burlonamente me preguntaron:
           Mira pajarerito, ¿ya te fijaste donde estamos?
¡Cómo no me iba a fijar!, si ahora los árboles y los cerros los veía de una forma que nunca pensé verlos. Otra vez me volvieron a preguntar en un tono y con una sonrisa malévola:
            -Pajarero, ¿sabes volar?
           Yo sin entender a qué se referían, pero pareciéndome demasiado absurda la pregunta y la burla, no les contesté. Sin entender mucho lo que ocurría, me amarraron los pies con un mecate y, acercándome a la puerta del helicóptero, me dijeron:

           -Pues si no sabes volar, vas a aprender, así es que, ¡aletéale!

            Y me aventaron. Yo sentí que había llegado mi último día pues en pocos segundos me estrellaría contra el suelo, pero, de repente, sentí un tirón de los pies hacia arriba y quedé suspendido en el aire: los muy cabrones, cuando me amarraron los pies habían atado el otro extremo de la cuerda en el helicóptero para que no me matara contra el suelo. Después me subieron, pero yo, con el susto y con el odio de saber lo que me estaban haciendo no dije nada.

           Por eso estoy ahora aquí, en la cárcel, por capturar y vender pájaros, actividad que según el gobierno está prohibida. Ahora, en las noches, o cuando me asomo de mi celda, puedo entender algo de lo que sienten los pájaros al estar enjaulados, pero para mí, mi amargura es mayor porque soy un ser humano que, según yo, no conocía ni  tenía otra opción de ganarme la vida, más que la que había aprendido de mis antepasados, y aunque tuviera remordimientos morales al capturar y vender los pájaros, no tenía muchas opciones de sobrevivir. Por eso dije anteriormente que yo estaba preso por las redes del hambre.

           Ahora no sé definir qué pudo haber sido mejor: haberme muerto de hambre en mi pueblo o estar preso, como pájaro, en esta cárcel sucia y maloliente.

 

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