El “tataratas” murió a las cinco de la tarde con cuarenta y cinco minutos y quince segundos.
¿Qué cómo lo sé?
Porque yo lo maté, y tuve buen cuidado de observar la hora en que dejó de respirar
-¿Que por qué lo maté?
Porque tenía hambre. Usted me puede decir que no es razón suficiente para matar y yo le digo que depende
¿De qué?
De la circunstancias; ese día yo tenía hambre y tuve que hacerlo porque no me quedaba otra. Es mas, lo maté en el río, dentro del agua, lo arrastré de la orilla de éste hacia un pequeño remanso que me llegaba un poco arriba de los tobillos, debajo de un árbol que le daba sombra al río y ahí lo acomodé para clavarle el cuchillo donde yo calculé que tenía el corazón. Él, sin tener conocimiento de lo que ocurría, simplemente se dejó arrastrar hasta ahí, emitiendo algunos pequeños ronquidos, no sé si de protesta, o de impotencia. Una vez que estuvo en el agua, le hundí el cuchillo hasta el corazón, sintiendo cómo lo atravesaba y durante algunos segundos sentí cómo palpitaba a través del puñal, hasta que se fue acabando su fuerza y se quedó quieto para siempre. No se defendió. Es decir, pasó de la semi-inconsciencia a la muerte, seguramente sin saber lo que ocurría, hasta que se quedó quieto, y por eso sé que dejó de respirar a la hora que ya dije.
La sangre que salía de la herida se mezclaba con el agua, tiñéndola de rojo y corría a la velocidad de la corriente, diluyéndose poco a poco; eso era lo que yo quería: que al matarlo en el agua, no quedara ni una huella de sangre en la tierra, y lo logré. Cuando la sangre se coaguló en el cuerpo, dejó de salir y así ya solamente me quedaba completar la tarea.
Si, sé que lo que hice fue con premeditación, alevosía y ventaja, pero, repito, no me quedaba otra: era su vida o la mía.
Puede decírseme que cometí un delito, pero yo no lo creo así. Lo que había ocurrido ese día, sábado 23 de septiembre de 1974, no podía ocurrir de otra manera; cuando menos así lo creo yo. Independientemente de que alguien lo repruebe, yo me siento tranquilo y limpio. Le voy a explicar por qué.
Trabajaba yo en la carretera que va de Puerto Escondido a Jamiltepec y habíamos llegado a la altura del “Río Verde”. Siempre nos pagaban los sábados a la una de la tarde, y ya con dinero, nos trasladábamos al Puerto, donde comprábamos provisiones para toda la semana. Pero ese sábado ya habíamos consumido toda la comida, y sólo nos quedaban cinco bolillos duros y una botella de mezcal, de ese que raspa como veinte gatos en reversa y pega como patada de mula. Algunos le dicen “salta pa´ atrás”, porque cae uno como fulminado. Esperábamos que el ingeniero que nos pagaba llegara a la una de la tarde, como siempre, y después de pagarnos nos llevara al lugar que ya mencioné, donde podríamos comer bien, divertirnos y descansar para que el domingo en la tarde nuevamente regresáramos al trabajo. Pero ese día el ingeniero no llegó y lo esperamos hasta las dos, tres, cuatro de la tarde y no apareció, quien sabe por qué.
La desesperación, la impotencia y el hambre nos empezó a invadir y no sabíamos qué hacer, pues sin comida, sin dinero y sin transporte, estábamos “clavados” en ese paraje de la Costa oaxaqueña.
El contratista nos había asignado en ese tramo de la carretera, que llegaba casi junto al río, y ahí estábamos sin poder hacer nada, absolutamente nada, más que esperar.
Incomodo, impotente y hambriento se me ocurrió bajar al río, a bañarme; cuando menos de sed no sufriría. Me refresqué durante varios minutos en él, pero el hambre me atosigaba y mis tripas gruñían incontrolables.
Ahí fue cuando los vi. Eran cuatro, que venían bajando, corriente abajo, como buscando algo; a veces se metían en el agua, seguramente para refrescarse un poco. Tres de ellos, al notar mi presencia, decidieron darse media vuelta y se regresaron. Pero, uno de ellos, al que llame el “tataratas”, se me quedó mirando interrogante y después confiado, se fue acercando poco a poco, hasta llegar cerca de mí. Se me ocurrió que con el hambre que yo tenía, esa era una oportunidad invaluable. Pero, ¿cómo atraparlo? ¿Cómo evitar que huyera, y que, si lo agarrara no diera de chillidos?
Se me ocurrió una idea, y, vistiéndome lo más rápido que pude, subí hasta donde teníamos las provisiones. Me apoderé de los bolillos duros y del mezcal y busqué una vasija. Coloqué los panes y les puse todo el mezcal que teníamos. Una vez impregnados los bolillos, bajé nuevamente al río y busqué al “tataratas”. Todavía andaba husmeando por ahí, y cuando me vio, se quedó quieto, como si me estuviera esperando.
Yo, rogándoles a Dios y a todos los santos, me acerqué lentamente y le ofrecí un pedazo de bolillo. Él lo olisqueó curioso y yo, viendo que no lo rechazaba coloque parte de esa “comida” en el suelo, me alejé, y esperé. ¡Carajo!, qué buena suerte: se la comió rápida y desesperadamente. Cuando se la terminó buscó más; yo, le ofrecí otros dos bolillos, y también se los comió. Esperé unos minutos y el mezcal empezó a surtir efecto; se me acercó con más confianza y levantó su cabeza, como si pidiera más. Yo, que eso era lo que esperaba le puse la vasija completa y, ni tardo ni perezoso, se zampó los otros bolillos, como si conociera los efectos del mezcal.
Seguramente que si la reencarnación existe, debió de haber sido un alcohólico en su vida anterior; se parecía mucho al actor ese de la televisión, que sacaba el comercial de “la tartamuda”; su cabecita con cachetitos hinchados, y una expresión entre divertida y pícara. El muy tonto se había comido los bolillos y el mezcal y a los pocos minutos ya no pudo, o ya no quiso caminar; luego, se le doblaron sus patitas delanteras, cayendo completito después.
Una vez que quedó así el pobre marranito, lo arrastre hasta el río y lo maté como ya dije; después calentamos agua, lo pelamos, lo destazamos y con su piel hicimos cueritos (es decir, lo “cuereteamos”); con el hambre que traíamos nos los comimos sancochaditos; lo demás lo consumimos asado y frito, librándonos por ese día, del sufrimiento del hambre. Por eso no me siento culpable, porque la muerte del “tataratas” era una necesidad, pues de ello dependía no morirnos de hambre esos días.
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