Es asombrosa la actitud que los mexicanos tenemos hacia la lectura, casi ninguno de los sectores de la sociedad lee, o lo hace muy poco. Convivo a diario con cientos de colonos, con muchos jóvenes,( estudiantes o no), con campesinos y con burócratas de diferentes niveles y en pocos, muy pocos, se nota el gusto, el interés, el ansia profunda de obtener o acrecentar una cultura sólida que oriente mejor su actividad diaria y le sirva para modificar, con mejor conocimiento de causa, la realidad. Los campesinos no tienen los recursos económicos ni el tiempo para comprar o leer libros, y aun cuando lo hicieran, su poco ejercicio en este sentido, por falta de dedicación a lo anterior, les impide realizar una asimilación más o menos aceptable. Es decir, que la inmensa mayoría de los campesinos no leen porque no tienen dinero y porque no entienden muchos textos. Con los colonos y con los obreros varía un poco el problema, estos podrían adquirir algunos libros, por tener un poco más de solvencia y por vivir en zonas geográficas donde se pueden adquirir libros, aunque no sean de buena calidad, ni de los mejores escritores, clásicos o contemporáneos.
Pero, no les interesa, la enajenación de la televisión y sus problemas diarios, así como su trabajo extenuante hacen que poco o nada se preocupen por leer. En las filas de los antorchistas los impulsamos a leer, les explicamos la necesidad, pero por lo dicho anteriormente, son pocos los resultados positivos. Los estudiantes, digamos de secundaria, preparatoria o profesional, leen un poco más, pero, casi lo mínimo y estrictamente necesario, es decir, aquellas lecturas que tengan algo que ver con la materia del estudio en el nivel que cursan. Son pocos, muy pocos, los que por convicción propia, por interés genuino y natural, por comprensión de la necesidad de aculturarse, lo hacen. Estos son verdaderos “garbanzos de a libra”.
Pero, si con campesinos, colonos y obreros es entendible el problema, ¡con los estudiantes no! Estos tienen las condiciones de juventud, de tiempo, de bibliotecas escolares o públicas, donde podrían o deberían de sumergirse con una actitud de hambre y sed inextinguibles, pues no hay mejores condiciones para estudiar y llegar a formarse como un gran profesionista y un excelente ser humano, que la época en que se es estudiante. Estudiantes superficiales, apáticos hacia la lectura, indiferentes hacia el conocimiento profundo, son, como profesionistas y como adultos, verdaderamente mediocres; malos ciudadanos que no sirven para gran cosa, que normalmente representan masa humana, manipulable y utilizable por los partidos políticos y quien así lo desee.
Necesitamos una actitud diferente, de todos y ante todo, en la que a través de la lectura constante, sobre todo de buenos libros, obtengamos claridad de nuestra situación actual y de nuestro papel en la sociedad así como seguridad y firmeza en los objetivos particulares y colectivos que nos propongamos.
Los campesinos, colonos obreros y estudiantes, deben buscar los medios y exigir las condiciones para que hasta donde sea posible se pueda practicar el hábito de la lectura, y para que dejemos de recibir conocimientos y enseñanzas estúpidas, que nos plantea la televisión en casi toda su programación. Necesitamos que los mexicanos, sobre todo los pobres y progresistas, nos armemos con ideas, las ideas son armas poderosísimas que cambian, que modifican, que transforman, primero la mente de los hombres y estos con su accionar, al mundo. La observación anterior no es ningún invento, pues se sabe que en México, el promedio anual de libros leídos es de 2.9 por persona que, como punto de comparación, en otros países debe decirse que, los noruegos, en promedio leen 18 libros al año, los alemanes 15, los portugueses 8.5 y los españoles 7.7. Si los mexicanos leemos, en promedio 2.9 libros al año y algunos, en la cúspide de lectores, llegan a leer hasta 7.2., otros, seguramente muchos, no leen ni un libro al año, ni en muchos años.
Un país de ignorantes, no puede ser un país rico.
* Colaboraciones
anteriores