Marx, en 1861, escribía “ La malísima calidad de éstas viviendas estriba en el elevado número de personas que viven en una sola habitación, en las reducidas dimensiones de los solares en que se levanta una masa enorme de casas en la escasez de agua y la carencia de retretes, en la tendencia muy frecuente a construir unas casas sobre otras o a distribuirlas sobre otras” y refiriéndose a la vivienda en el campo para los obreros agrícolas expresaba: “ en estas míseras viviendas que aunque den al campo, comparten las características mas horribles de las viviendas de la ciudad, se hacinan los obreros agrícolas de Inglaterra”. Recientemente el intelectual mexicano, Rafael Loret de Mola, haciendo referencia a la forma de vida de la inmensa mayoría de ciudadanos de la Unión Europea expresaba que “ la ilusión por el calor del hogar en donde se concentraban los afanes mas entrañables, convertido en refugio casero en, centro de reunión y formación insustituible” esto, en la actualidad, ya no existe pues “ la asfixia que producen los apretados espacios en donde se concentra la mayor parte de la población” no permite, no motiva la idea de permanecer en estos pequeñísimos espacios cerrados cuya superficie construida no es mayor de cien metros cuadrados, aunque la media esté en 60 metros cuadrados.
Las citas anteriores, que reflejan un conocimiento objetivo de la inmensa mayoría de la población en diferentes partes del mundo, nos dicen claramente que la ilusión de la absoluta mayoría de la población de tener una casa y una vida digna, realmente, en la práctica es imposible.
Desde el siglo pasado, y mucho antes, hasta en la actualidad se nos ha vendido la idea de que en una sociedad libre como la nuestra, podemos llegar a tener todos los grandes satisfactores que la humanidad ha creado, entre ellos una vivienda con espacios adecuados, bonitos, iluminados y bien ventilados suficientes para satisfacer las necesidades de cada familia en particular.
La realidad es demasiado cruel y se presenta en la forma descrita mas arriba, por Carlos Marx en el siglo pasado y por la evolución que en materia de vivienda, describe Rafael Loret de Mola.
De todas formas no necesitamos ir tan lejos, en el tiempo y en el espacio, las superficies construidas y vendidas en el Distrito Federal, implican 60 metros cuadrados, y nuestras casas del INFONAVIT en Oaxaca no pasan de 100 metros cuadrados, en los mejores casos. Y que decir de las miserables casas, si es que se les puede llamar así a los cuartuchos en el que viven millones de ciudadanos en México y en la ciudad de Oaxaca, construidos con polines, láminas de zinc o de cartón, que lo único que cubren es de los rayos del sol, pero no del calor insoportable que se sufre debajo de esas laminas de metal y que no crean un clima estable y confortable dentro de las viviendas. En viviendas así, ni siquiera dignos para muchos animales, viven, como ya dijimos miles de niños y ancianos que, precisamente por su edad, son condiciones infrahumanas para ellos. Todas ellas sin ningún tipo de servicios.
Efectivamente en espacios tan reducidos es difícil vivir con alegría y con decoro, pero eso al Estado o a las empresas constructoras les tiene sin cuidado, pues a unos solo les interesa mantenerse en el poder para beneficiarse lo máximo posible, sin preocuparse por una vivienda bien construida, espaciosa y agradable para los pobres y a otros solo les preocupa obtener el máximo de ganancia con la venta de pequeñísimas “jaulas”, que son casi sarcófagos para vivos, pues aunque se otorguen a precios relativamente baratos, el adeudamiento que se adquieren con las constructoras resulta largo y costoso por los intereses que se cobran.
Concluyo esta colaboración coincidiendo con Rafael Loret de Mola quien expresa “es como si cada ser humano no tuviera mas perspectiva vital que la de laborar para los bancos” pues efectivamente en una economía de mercado como la nuestra el hombre, tomado como ser humano, propiamente no cuenta, sino, solo en la medida en que se pueda sacar el máximo de ganancia de el, en todas las formas imaginables como en el presente caso de inquilino, o de comprador de una pequeña vivienda.
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