En los días que corren, está en el centro de la polémica la discusión sobre si es correcto o no, permitir legalmente la existencia del matrimonio entre parejas homosexuales o lesbianas.
La discusión ha llegado a tal grado que la iglesia católica, que se opone rotundamente a dicha medida, ataca al Partido de la Revolución Democrática (PRD) acusándolo de estar legalizando una aberración de carácter sexual, moral y religiosa. A su juicio, ese tipo de actos no debieran tolerarse y mucho menos legalizarse. En su oposición a tal medida ha venido sumando a otros grupos religiosos, como la iglesia Ortodoxa y Evangélica, que coinciden en condenar la legalización de la unión entre personas del mismo sexo.
Por su parte, el PRD, promotor y ejecutor de dicha iniciativa, no ve ningún problema en que dos personas del mismo sexo puedan realizar un contrato de matrimonio para vivir como una pareja común y corriente. Su posición ha sido tan definida que propuso y aprobó en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal ese tipo de matrimonios.
Me parece que la unión entre dos personas, sean de sexo diferente o del mismo, no depende en lo absoluto de ningún papel, de ninguna firma ni de ningún contrato.
El contrato de matrimonio entre dos personas no garantiza en absoluto el respeto, el cariño, la fidelidad y el amor entre quienes lo firman. Pensarlo así es un gravísimo error, y si no, que lo digan los millones de parejas que fundaron su estabilidad emocional y su amor casándose con quien consideraban podía y debía ser su pareja de toda la vida. ¿Cuál fue el resultado? Un fracaso total y absoluto de esa relación; un aburrimiento insoportable de la pareja con la que se está obligado a convivir y en muchísimos casos una infidelidad oculta o declarada, convirtiendo la unión de dos personas en una mascarada, en una traición constante a la palabra y al documento que se firmó de ser fiel, de apoyar a la pareja y de cuidar a los hijos que se procreen. En eso, y en cosas peores, terminan la gran mayoría de los casamientos por lo civil y por la iglesia.
Y es que, desde hace mucho tiempo se ha definido que la existencia del matrimonio sólo pueda ser legal y permitirse cuando exista la atracción mutua y la aceptación voluntaria de las dos partes, solamente así tiene razón la existencia y validez del matrimonio. Si lo anterior desaparece, tampoco tiene razón la existencia del mismo. Es decir que solamente es válida, deseable y conveniente la unión de dos personas cuando exista el amor entre ambas. Cuando el amor desaparece no tiene ningún sentido que dos personas vivan juntas. El daño que se causan por verse obligados a vivir juntos es terrible. Sabemos que esta es la causa de muchos suicidios y asesinatos.
Considero que la unión entre homosexuales, cuando es verdadera y está a prueba de todo, no necesita de ningún documento que la avale, ni que comprometa a nada a ninguna de las dos partes. El verdadero amor, repito, no necesita de papeles.
Creo pues que el PRD pierde tiempo, energía política e intelectual así como ingentes recursos, promoviendo leyes que poco ayudan a las relaciones sentimentales verdaderas ni a la política general del país que tiene problemas más complejos y de mayor transcendencia histórica que la promoción o validación de matrimonios “gay”. El PRD pierde el rumbo cuando dedica tanto tiempo, dinero y esfuerzo a este tipo de problemas.
No coincido con la iglesia católica en su actitud de rechazo total y absoluto a la homosexualidad femenina o masculina. No sé en qué basen sus prejuicios sobre esta conducta humana. Los análisis científicos de la homosexualidad la presentan como una conducta natural del hombre y la mujer aún cuando, ciertamente, una porción muy importante de homosexuales o lesbianas no se declaran como tales, pero lo son. La humanidad ha ganado poco al condenar u ocultar esta preferencia sexual. Ha existido, existe y seguramente seguirá presentándose en lo futuro. Sus causas son profundas y no se van a eliminar con una simple condena.
No es ataque ni defensa de nada ni de nadie, pero hasta varios miembros de la iglesia o un sector muy importante de los mismos tiene este tipo de tendencias; lo acepten, les guste lo declaren o no. Me parece, por decir lo menos, curioso que desde hace siglos el sector eclesiástico siempre se ha mostrado como cruel opositor a la homosexualidad. Lo cierto es que posiciones tan cerradas poco han logrado o pueden lograr para erradicar o disminuir este problema social. Hace falta más que la simple condena a un problema tan complejo para poder solucionarlo.
Resumiendo: ni la promoción total ni absoluta, como la del PRD, ni el rechazo rotundo y rabioso como el de la iglesia pueden significar posiciones que nos ayuden a tener una sociedad más justa, más tolerante, más consciente y más equitativa. En estos momentos tenemos problemas más candentes, como es el de la pobreza tan grave en la que estamos viviendo los mexicanos para enfrascarnos en confrontaciones que no solucionan el verdadero problema de la estabilidad emocional, ni el de la crisis ni el de la pobreza en México.
* Colaboraciones
anteriores