MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Los amarrados de Tlanchinol:
la verdadera causa

Guadalupe Orona Urías
Dirigente antorchista en el estado de Hidalgo
02 de enero 2006

 

La filosofía enseña que no hay efecto sin causa, y que cuando aparece un problema, la más elemental racionalidad indica que para resolverlo deben buscarse y corregirse sus causas; sólo así el efecto desaparecerá; mientras no se proceda así, por mucho que se combatan los efectos, éstos continuarán manifestándose. Todo ello parece bastante obvio, pero la realidad social y política de Hidalgo nos muestra que no lo es. Paso a explicarme.
En días pasados en el municipio de Tlanchinol, los habitantes de las comunidades de Apantlazotl y Santa Lucía, cada una actuando independientemente, retuvieron a varios funcionarios del Ayuntamiento con el propósito de hacer cumplir sus compromisos al Presidente Municipal, Teodoro Linarte. Las comunidades procedieron así, empujadas por su desesperación e inconformidad ante las promesas incumplidas; sintiéndose burladas por enésima ocasión, y viendo como termina el trienio el actual alcalde, sin cumplir las promesas que como candidato, y ya como edil, hiciera a los pueblos.
La respuesta del gobierno del estado no se hizo esperar, e inmediatamente arribaron cientos de granaderos a ambas comunidades (alrededor de cuatrocientos sólo en Santa Lucía), y sin mediar negociación alguna, al menos en esta última, arremetieron brutalmente contra los inermes campesinos, dejando un saldo de más de 40 lesionados y 9 detenidos.
Como es sabido, el recurso espontáneo empleado por las comunidades, es de frecuente aplicación en la Huasteca y la Sierra alta, y auque no comulguemos con estos métodos, tratamos de entenderlos y buscar sus causas, algo que, desde mi punto de vista, debieran hacer también los gobernantes de todos los niveles.
¿Porqué se vuelve cada día más frecuente en esa región amarrar y/o retener funcionarios? En mi opinión hay dos razones. La primera es el alto grado de marginación y pobreza en que vive la gran mayoría de las comunidades; ignoradas siempre por administraciones estatales y municipales, que van y vienen, prometen siempre en las campañas electorales para ganar votos, pero una vez en el poder olvidan lo prometido y reniegan de su palabra, como si el pueblo no tuviera memoria, burlándose de él, y si éste insiste, se le amenaza o, de plano, se le golpea o encarcela. Pero todo en la vida tiene un límite y la gente está llegando a la desesperación al no encontrar respuestas efectivas a sus añejas necesidades.
La segunda causa, combinada con la anterior, es que los gobiernos municipales y estatales han venido cometiendo el error de cancelar la vía política de solución, la vía legal y ordenada, que la Constitución ofrece a todo mexicano para expresar sus demandas e inconformidades. Se han cancelado de facto el derecho de organización, de petición, de manifestación, de réplica y de libre expresión de las ideas. Se cancela, pues, ese camino y además se burla y da “capotazo”, haciendo a los representantes de los pueblos a acudir cientos de veces a oficinas y pasar allí días enteros en espera de soluciones, para, al final de cuentas, salirles con el consabido “argumento” de que “no hay recursos”. Y cuando, hartos ya, ejercen su derecho de manifestación, se les responde con arrogancia, que la autoridad “no cederá a presiones ni a chantajes” o bien, simplemente se les ignora o engaña con la firma de minutas que, obviamente, no se piensa cumplir.
Considerando las dos circunstancias mencionadas, y sin caer en la legitimación de dichos métodos, cobra lógica lo ocurrido en Tlanchinol y en tantas otras comunidades de la Huasteca. Y es que no se han atendido las causas, y por eso precisamente yerra y simplifica las cosas quien piense que todo es cuestión de encarcelar y “aplicar todo el peso de la ley”. Mientras aquéllas no se corrijan, seguirán manifestándose de una forma u otra.
En conclusión, la solución de un problema social debe ser igualmente social, y la política es un medio para aplicarlo. El recurso judicial, predilecto de muchos, crea, por el contrario, más problemas de los que resuelve y complica los ya existentes, pues la inconformidad va en aumento, y el hambre y las necesidades apremiantes de la gente no se curan ni remedian con cárceles ni toletazos, sino con una política sensible y de soluciones para quienes siguen aún condenados a la miseria y la marginación.
Por lo pronto, tratando de hacer válida la vía política, y haciendo uso de sus derechos constitucionales, los habitantes de Santa Lucía, como otras comunidades de Tlanchinol, y de todo el estado, se sumarán a la gran marcha antorchista a realizarse en las primeras semanas de enero en busca de soluciones definitivas al largo pliego de necesidades sin atender.

 

 

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