La historia ha mostrado reiteradamente que el pueblo mexicano
no es de derecha, pero que, ciertamente, ante el descrédito
de los partidos políticos, fundamentalmente del PRI en
el año 2000, favoreció con su voto al PAN. Y en
estos días borrascosos, en pleno proceso electoral, cuando
la derecha hace esfuerzos desesperados por mantenerse en el
poder, es ilustrativo recordar la lucha y las ideas de Don Benito
Juárez en defensa de México, primero por las Leyes
de Reforma y luego contra la Intervención Francesa y
el Imperio de Maximiliano, sostenido hasta la muerte por los
conservadores como Miguel Miramón y Tomás Mejía.
Cuando se cumplen 200 años del natalicio del prócer
de Guelatao, se impone reflexionar sobre su vida y su obra.
Juárez, de humildísima cuna, ejemplifica que entre
los pobres, indígenas y no indígenas, existe un
potencial incalculable de inteligencia y capacidad, al que sólo
se requiere despertar y educar. Su vida, su tenacidad para educarse
y ponerse a la cabeza de su país en momentos críticos
de la historia, como la Guerra de Reforma, e inmediatamente
después la Intervención Francesa y el Imperio,
son verdaderamente ejemplares y enseñan que entre los
pobres de México existe un gran potencial, que con educación
y disciplina puede y debe ser despertado.
En su obra Juárez, El Impasible, don Héctor Pérez
Martínez nos legó un verdadero homenaje al hombre
de Guelatao; en ella nos narra, entre muchos otros pasajes admirables,
reveladores del pensamiento juarista, lo siguiente: “Nada
con la fuerza: todo con el derecho y la razón; se conseguirá
la práctica de este principio con sólo respetar
el derecho ajeno”; es decir, la ley debe ser aplicada,
pero anteponiendo la razón, no a espaldas de ésta.
Razón y ley deben ir tomadas de la mano; nunca la simple
ley, irracional y golpeadora. Así razonaba el patricio.
Y en materia de justicia social dice: “A cada cual, según
su capacidad y a cada capacidad según sus obras y su
educación. Así no habrá clases privilegiadas
ni preferencias injustas”. Es decir, el Benemérito
se oponía a una sociedad de privilegios inmerecidos.
Dejaba muy clara su idea de que cada hombre tuviera la oportunidad
de forjar su futuro y que el valor de las personas debía
ser determinado por sus obras, nunca por su linaje, como era
norma en esa época, y por desgracia sigue siendo hasta
hoy.
El Presidente Juárez pertenece a la pléyade de
los grandes hombres que ha engendrado la humanidad, de los constructores
de naciones. Instituyó, entre otras grandes reformas,
la separación de las funciones de la Iglesia y el Estado,
estableciendo la educación laica, ambos cambios de gran
trascendencia que en el actual gobierno panista han pretendido
revertirse. Don Benito Juárez estableció el registro
civil, dando al Estado esa potestad, y promulgó la desamortización
de los bienes de manos muertas. Enfrentaría con ánimo
sereno una guerra terrible de resistencia a sus reformas, y
luego la intervención francesa, cuando la derecha cavernaria
(los abuelos de los actuales gobernantes panistas), fue a Europa
a traer de Miramar a Maximiliano de Habsburgo, para implantar
un imperio de blancos europeos. Juárez supo encarnar
a la patria e impedir tal pretensión.
Por todo ello, su figura y su obra deben ser vistos y ponderados
en nuestros días como uno de los mejores ejemplos de
lealtad al pueblo y honestidad a toda prueba. En este último
aspecto, el Presidente Juárez fue modelo de hombre probo
y austero, que no vio en el poder, como ocurre tan frecuentemente
en nuestros días, un botín para provecho propio.
Él no buscaba el poder para lucro personal, sino para
servir a su patria. Así vivió y así dirigió
su gobierno, declarando que todos los funcionarios públicos
debían vivir en una honrada medianía, es decir,
no hacerse ricos a costa de los recursos públicos.
¡Cuánta falta hacen en el México de hoy,
la honradez acrisolada, la lealtad a la patria, el amor al pueblo
y el rechazo a los privilegios, cualidades todas que distinguieran
en grado sumo a don Benito Juárez! Tengamos en mente
su ejemplo para seguir porfiando por un México mejor,
un pueblo más culto y una patria más justa.