Ayer por la tarde (miércoles 23 de noviembre), escuchaba
el discurso que pronunciaba el Señor Gobernador con motivo
de la inauguración del distribuidor vial “Las Torres”,
en Pachuca. Obviamente, como supondrán mis escasos lectores,
no estaba ahí por invitación, sino que, siendo
un evento público, al cual estaba invitada la ciudadanía
en general, y siendo mis compañeros antorchistas y yo
“ciudadanía en general” nos atrevimos a asistir.
Pues acudimos al evento donde se dijo que la obra en cuestión
había tenido un costo de 56 millones, y donde se anunció
el inicio de reparación o construcción de varias
vías de comunicación para Pachuca con una inversión
elevada; por ejemplo, la reparación del Bulevar Felipe
Ángeles requerirá de 27 millones, según
dijeron; que en la obra del Río de las Avenidas invertirán
más de 600 millones; que en el Bulevar Santa Catarina
se aplicarán 34 millones de pesos y que otro distribuidor
vial en el Colosio tantos y tantos millones, etc.
Obviamente que no estoy en contra de la realización de
dichas obras, pues sabemos que entre mejores vías de
comunicación tenga un estado, mayores serán también
sus posibilidades de desarrollo, y más y mejores inversiones,
y, por tanto, un crecimiento económico que permita un
mayor número de empleos para los hidalguenses. En todo
esto estamos de acuerdo y lo apoyamos.
Pero, cuando escuchaba todos los discursos y cuando oía
que se invertirían estos y otros tantos millones en la
ciudad capital, vinieron a mi memoria y se arremolinaron en
mi mente las imágenes de los habitantes de comunidades
alejadas y privadas de todos estos beneficios. Recordé,
muy en lo particular, a los vecinos de una comunidad, para muchos
perdida: Amola, del municipio de Tepehuacán de Guerrero.
Tiene aproximadamente 1,000 habitantes, pero no cuenta con ningún
servicio; es decir, sus habitantes no pueden gozar de los beneficios
que da la luz eléctrica, no tienen agua potable, mucho
menos drenaje. La única obra que se ve cuando uno llega
es una pequeña escuela primaria, de tres aulas y nada
más. Aunque le he de compartir a usted, que quizá
eso no sea lo más sufrido aun para los habitantes de
Amola, sino el poder llegar a su casa, pues aunque es una población
importante, no tienen camino que los lleve allá, ni les
posibilite ir a la población de mayor afluencia para
adquirir su abasto, es decir, a Santa Ana, Chapulhuacán.
Imagínese usted, (nadie me lo contó, he estado
en dicha comunidad) que para poder llegar a Amola, tienen que
recorrer un tramo de terracería de aproximadamente dos
horas y media, y después continuar a pie o a caballo
por una hora y media más, es decir, de Santa Ana a Amola,
se hacen 4 horas más de camino. Pero la última
parte que tienen que recorrer es una verdadera ladera, subir
el filo del cerro, de tal suerte, que de regreso, cuando se
llega a caballo, es preferible bajar a pie porque los caballos
corren el riesgo de resbalar en las lajas y caer al precipicio
con todo y jinete.
Así que imagine usted la vida, que de por sí es
dura para el pueblo, que tienen que llevar estos hidalguenses:
en el camino ve uno a mujeres de todas las edades, subiendo
la ingrata montaña, llevando a cuestas, con su mecapal,
un costal con lo básico para medio comer; al lado al
hijo mayor o al esposo lidiando con un burro o mula cargados
con unos tabiques o un bulto de cemento, y él, otro costal
en la espalda. Cuando se enferman, la desgracia es mayor, ¿cómo
sacar de Amola a un enfermo que no puede caminar, a una mujer,
que por cualquier razón se le haya adelantado el parto?
¿Cómo correr a llevar al enfermo o la parturienta
a la clínica, si no hay, y para llegar a la casa de salud
más cercana (que no es centro de salud), hay que caminar
cerca de dos horas y con enfermo en camilla de palos, seguramente
cuatro o cinco horas? En Amola, enfermarse así o de una
apendicitis, es morir. Morir porque no hay un camino que lleve
también el progreso y el desarrollo a este pueblo compuesto
por héroes de la supervivencia.
Y así como Amola, desgraciadamente, tenemos muchos, pero
muchos pueblos en el territorio hidalguense, esperando justicia
social. Por eso, cuando escuchaba el discurso de los diferentes
funcionarios y hablaban de millones y millones para hacer nuevas
y modernas carreteras en la capital me preguntaba ¿y
los pobres, cuándo?