Quizá alguno de mis escasísimos lectores tenga la impresión de que es mucha mi insistencia en señalar que día a día la pobreza en nuestro país crece, y por el otro lado la concentración de la riqueza también, trayendo como consecuencia una enorme injusticia social, pues los productores de la riqueza nacional son los que menos disfrutan de ella y son los que padecen todos los males que la pobreza acarrea: la ignorancia, el hambre, la falta de servicios y de salud. También es cierto que la inequitativa distribución de la riqueza que se presenta en México puede acarrear también, aparte de todos estos enormes males sociales, inestabilidad social, que se vulnere la paz social. Así que los dueños del poder económico debieran de pensar en esta situación que puede poner en riesgo también su estabilidad económica; esto por un lado, pero por otro, los que ostentan el poder político debieran de instrumentar mecanismos e intervenir decididamente para remediar la situación y que sus representantes, es decir, los gobernantes en turno, tengan una mayor sensibilidad ante las necesidades de sus gobernados.
Viene esto, nuevamente, a cuento, por los últimos sucesos graves que se están presentando en una comunidad náhuatl (Pueblo Hidalgo) del municipio de Tlanchinol, que como bien dio cuenta el diario unomásuno Hidalgo: “La falta de atención sanitaria, pero principalmente la pobreza en la que viven los indígenas de la comunidad de Pueblo Hidalgo, del municipio de Tlanchinol, provocaron que en ese lugar se enfrente una alarma epidemiológica que costó ya la vida a dos personas y amenaza a más de 100 que padecen ya problemas como el dengue y la tifoidea”. Y agrega “Pero la situación no para ahí, las enfermedades avanzan con paso implacable por las precarias condiciones en que habita una población mayoritariamente náhuatl, que además de la escasa atención médica y los pocos recursos económicos que tiene para subsanar esta carencia, se enfrenta a la casi nula infraestructura de servicios básicos, que los lleva al extremo de beber agua contaminada”
Y así están las cosas, y ya lo adelantaba en algunas de mis anteriores colaboraciones, cuando inició el brote de la epidemia, queriendo con ello llamar la atención de las autoridades correspondientes y en consecuencia su oportuna atención. Pero pasaron los días y no hubo esa “intervención oportuna” y las cosas se han agravado, la epidemia ha llegado a más pobladores y es alto el riesgo de que puedan presentarse más decesos.
La causa, efectivamente, es la pobreza, pero también la negligencia de las autoridades para dar cabal cumplimiento al acuerdo de la introducción del drenaje y del agua potable en esa y otras comunidades de Tlanchinol, situación que ha llevado a que el pozo o pequeño manantial de donde se surten de agua para beber esté contaminado con heces fecales al no contar, pues, con drenaje ni agua entubada. Por la insistencia para que se dote con estos servicios a éstas y otras comunidades, los antorchistas, como lo sabe la opinión pública, hemos tenido que padecer de todo, hasta cárcel. Pero qué tan poco lejos hemos tenido que ir para que la realidad nos alcanzara y nos demostrara cuánta razón tenemos cuando insistimos en que se dote de servicios públicos, de vivienda, de clínicas, de escuelas, etc., a las comunidades pobres y colonias populares ¿se necesitarán más muertos para que se cumpla y se intervenga con soluciones reales y tangibles?
Los hidalguenses, como el resto de los mexicanos pobres, estamos urgidos de hechos que vengan a resolver esta gran injusticia social, de una solución estructural de fondo, no de aspirinas ni de discursos demagógicos, para combatir la pobreza y sus efectos; y para ello el pueblo pobre de México debe tomar conciencia de su gran número y, por lo tanto, de su fuerza y sus derechos y ser factor activo para que se vuelvan una realidad.
* Colaboraciones
anteriores