Una noticia publicada por un diario local de Hidalgo, llamó mi atención y me estremeció; dice el encabezado: “detecta salud 156 casos de lepra en Hidalgo” y a continuación agrega: en promedio, 264 personas se diagnostican al año, informó Jorge Islas (Secretario de salud en la entidad). También refería que, en el mundo, la lepra afecta a ocho millones de personas. La misma nota hacia referencia que aparte de la lepra, en promedio se detectan 250 casos de tuberculosis en el estado.
De acuerdo a varios estudios, la lepra es una enfermedad que se desarrolla en países o regiones donde las familias viven hacinadas, con mala alimentación y con falta de higiene, que no cuentan con servicios sanitarios; es decir, la lepra, al igual que la tuberculosis, es una enfermedad de la pobreza, que la padecen aquellas familias que viven en condiciones insalubres por falta de servicios sanitarios y que viven en una promiscuidad espantosa.
En México, dicha enfermedad está presente, aparte de Hidalgo, en los estados de Sinaloa, Nayarit, Jalisco, Colima, Michoacán, Guerrero y Guanajuato, y según datos de la Organización Mundial de la Salud, para el año de 1990 existían en el mundo 17 mil casos, de los cuales el 70 por ciento se registró en África, país que como todo mundo sabe es de los más pobres del planeta; de esos 17 mil, 4 mil correspondían a México, que para el año 2000 aún mantenía 2,318 enfermos de lepra. Lo que esto nos quiere decir, es que en México existen habitantes tan pobres e insalubres como los que habitan en África, a pesar de toda la propaganda generada por los distintos gobiernos que hablan del combate a la pobreza; con estos datos y con sus propias declaraciones se demuestra lo que no se quiere ver, que la pobreza en México sigue en ascenso, tanto cuantitativa como cualitativamente hablando; el hecho de que un número importante de mexicanos sigan padeciendo enfermedades milenarias, que se desarrollan en un ambiente insalubre a pesar de que existe el tratamiento adecuado para combatirla, es irrefutable.
Cuando hablamos de lepra, seguramente a muchos les pasa, como a mí, que nos viene inmediatamente a la mente las imágenes de personas con rostros deformes, monstruosos, consumidos por la bacteria que la provoca; con manos llenas de úlceras y condenados, como en la antigüedad, al ostracismo y al total rechazo de la sociedad. Seguramente recordamos alguna película donde se muestran los enfermos de lepra viviendo en los lazaretos, que eran lugares a donde se confinaban a los enfermos, aislados del mundo y en el total abandono. Los Lazaretos o lazarines toman su nombre precisamente del patrón de los leprosos (no del hermano de María, el resucitado de Batania, según la Biblia), de San Lázaro, el mendigo de la parábola del rico Epulón, a quién dejaba en su puerta sin limosna y cuyas úlceras lamían los perros.
La lepra o mal de Hansen es un padecimiento endémico que afecta principalmente piel, nervios periféricos, mucosas y ojos; se caracteriza por cambios en el aspecto físico de los enfermos, como las manchas, los tubérculos, los lepromas y la pérdida de sensibilidad en varias regiones del cuerpo; los estudios médicos señalan que se transmite por el contacto directo y prolongado con el enfermo; es una enfermedad tan antigua que las primeras referencias escritas datan del año 600 a.C., también se habla de dicho padecimiento en pasajes bíblicos y hay quienes señalan que en el pueblo egipcio se encuentran citas de pacientes con lepra en los milenios III y II a.C.
Hoy, en pleno siglo XXI, se siguen presentando enfermedades producto de la pobreza en que viven millones de mexicanos; enfermedades antiguas, de las que se conocen sus causas y el ambiente propicio para desarrollarse, pero que aún no se pueden erradicar y no desaparecen precisamente porque no ha desaparecido la causa última que la provoca: la pobreza. Decía líneas arriba, que a pesar de todos los programas supuestamente encaminados a combatirla, el número de pobres va en aumento, pues muchos de estos programas son pura propaganda, se gasta más en darles publicidad que lo que se aporta realmente a las familias mexicanas; se requiere, pues, un cambio sustancial, radical, para combatir la pobreza y sus efectos, cambio que deben propiciar todos los sectores que tienen la sartén por el mango, si no corremos el riesgo que las aguas busquen su cauce por sí solas.
* Colaboraciones anteriores