La problemática social y económica que vive la región de la Huasteca es tan larga y añeja como su propia historia; miles de familias viviendo prácticamente en la indigencia sin un peso en la bolsa ni para comer, mucho menos para cubrir otras necesidades. La mayoría de las comunidades, como lo sabe el que ha vivido o visitado esta región se encuentran sumidas en el olvido gubernamental y en una miseria que lacera no solamente el cuerpo, sino el alma al ver tendidos en petates, sobre pisos de tierra, a ancianos enfermos, sus pobres huesos apenas si los cubre una delgada piel amarillenta. Las mujeres, en su mayoría, delgadas o mejor dicho, cadavéricas y desdentadas, con una expresión en su mirada de resentimiento y en otras de sumisión o resignación, llevando en sus piernas las muestras de la pobreza, no sólo de ellas, sino de su madre y abuela, pues sus piernas corvas muestran la desnutrición sufrida desde el vientre materno; sus hijos vestidos con harapos, alimentados de tortilla, chile y a veces frijoles son pequeños testigos de la injusticia social y de la humillación permanente a que se ven sometidos sus padres, que se ve incrementada por su condición de indígenas.
La Huasteca hidalguense, tierra que ha dado vida a personajes ilustres y valientes como Antonio Reyes Cabrera, “El Tordo”, que en 1866, la supo defender de los invasores franceses, también ha sido víctima de fuertes cacicazgos que la han mantenido por siglos en el atraso y a su población sometida a un vasallaje inhumano, como lo es cualquier tipo de vasallaje. Hoy, en pleno siglo XXI, tiene y padece la Huasteca de personajes de la alta política hidalguense que se sienten dueños de la región o al menos de un municipio, es decir, como en los “mejores tiempos” de Porfirio Díaz, de vidas y haciendas. Y precisamente por esta condición casi toda la región, en un intento de emancipación y de rebeldía ante tanta injusticia, su historia esta marcada por varios episodios singulares, algunos violentos, pues los pobladores al tratar de defenderse, de hacerse escuchar y respetar lo hacen a través de retención de funcionarios a quienes se les obliga a caminar por horas descalzos para hacerles sentir lo que ellos padecen, de bloquear caminos y carreteras para que se atiendan sus peticiones.
Esta situación se ve agravada, por una parte, por un trato despótico de la mayoría de los funcionarios. Hace apenas unos días me platicaban unos campesinos vecinos del municipio de San Felipe Orizatlan, que la última vez que visitaron a su presidente municipal, la respuesta que les dio incluyó un lindo lenguaje, donde el calificativo más decente para tratar a sus gobernados fue de estúpidos e ignorantes, y otros más, que por respeto a mis escasos lectores, prefiero omitir. Y por otra, el hecho de ser ignoradas por décadas sus necesidades y repetidamente engañados cuando logran que un funcionario se comprometa a resolverles. Esta es la verdadera causa de bloqueos, de retención de funcionarios, etc.
Me ocupo hoy del tema porque considero injusto el trato dado a los habitantes de Chililico y Tepexititla, del municipio de Huejutla, que ante el reclamo y exigencia de que se les cumpliera compromisos pactados, compromisos, fundamentalmente de empleo (fijémonos bien, de empleo, es decir, quieren oportunidad para trabajar y llevarle la manutención a sus familias) se les responde con la fuerza pública, con todo un operativo policíaco, digno más bien para grandes delincuentes o narcotraficantes (pensado, seguramente para “escarmiento” del resto de las comunidades que quisieran reclamar con los mismos métodos), y con cárcel, pues al momento mantienen presos a 13 indígenas; creo que las cárceles debieran ser para los delincuentes y no para los que reclaman justicia social. Además los funcionarios de gobierno no se deben autoengañar y pretender engañar a la población con las explicaciones absurdas para justificar la represión, explicaciones como “no se prestaron al diálogo” “llegaron violentamente sin mediar explicación”, etc., seguramente, porque conozco de estas maniobras por tantas veces aplicadas a los integrantes de Antorcha Campesina, los habitantes de estas regiones se han visto burlados una y otra vez. Pero, además querer remediar la pobreza, la falta de empleo, de caminos, de escuelas, de agua potable, drenaje, etc., con la fuerza pública es un camino equivocado.
Finalmente, es posible, que haya algún trasfondo político en estos sucesos, no lo descarto, pero, por lo que yo conozco, la mayoría de los bloqueos o retenciones de funcionarios en la Huasteca tienen su origen en la falta de soluciones. Pero es cierto que en algunas ocasiones dichos bloqueos están organizados desde las altas esferas del gobierno o por funcionarios que se sienten poderosos e intocables y a quienes no se les castiga con “todo el peso de la ley”; ejemplo, el bloqueo instigado por instancias gubernamentales el pasado 13 de julio a Temango, en Tlanchinol, con el claro propósito, no logrado, de hacer abortar la fiesta antorchista, donde se festejaba que por fin, después de más de 30 años Temango y Pueblo Hidalgo cuentan con agua potable.
La solución para los habitantes de la Huasteca como para todos los pobres de México reside en formar una gran unidad y hacerse respetar por su fuerza organizada y lo justo de sus planteamientos. Quede constancia de nuestra solidaridad con los campesinos de Chililico y Tepexititla.
* Colaboraciones anteriores