En estos días que corren acapara la opinión pública el plan alimentario federal anunciado por el Presidente de la República, que pretende solucionar la escasez de alimentos. Dicho plan abarca tres ejes fundamentales: la eliminación de aranceles a la importación de granos básicos, el impulso a la tecnificación del campo apoyando a pequeños productores y la canalización de subsidios a las familias más pobres. A este último me quiero referir, en lo fundamental, sin dejar de observar que, nuevamente, como en muchos de los problemas que padece el país, no se analizan las causas que los están provocando, y sólo se pretende atacar los efectos. Quizás los autores de dichos planes sí las conozcan, pero precisamente porque fenómenos como el que comentamos hoy tienen que ver con la distribución del ingreso y son poderosos los intereses económicos que se ven afectados, no se explica con claridad el problema. Y es necesario hacerlo, pues sólo una verdadera explicación puede servir de base para pretender avanzar hacia una solución verdadera.
Decíamos que el plan se divide en tres grandes ejes. En particular me interesa referirme al tercero. Para este último, que incluye las medidas de apoyo a las familias pobres, se aprobó, según declaró el Secretario de Desarrollo Social de Hidalgo, Lic. David Penchyna Grub, “desde el año pasado un presupuesto de más de mil 200 millones de pesos”. Pero esta “ayuda” consiste, en lo fundamental, en agregar cuatro pesos diarios a cada familia que hoy cuenta con el programa de Oportunidades, consideradas dentro de los sectores más pobres de la población. Ciertamente, creo que algo viene a mitigar el hambre de muchas familias mexicanas; algo ha de ayudar, pero más cierto es aún, que esos cuatro pesos diarios que se suman al apoyo diario, no alcanzan ni para comprar un kilo de tortillas al precio actual; digo al precio actual, pues en los días venideros seguramente el precio será mucho mayor por lo ya sabido.
Hoy me decidí a abordar este tema, propio más de los especialistas en economía, a raíz del comentario de algunas amas de casa, que me impactó por lo crudo, claro y contundente; dicho de diferente manera, pero ellas coincidían al señalar que lo esencial que necesitan sus familias, sus esposos, no son migajas ni limosnas para vivir, sino solamente empleo, un trabajo seguro, digno y bien remunerado; con eso, dijeron, nos basta: “ si tuvieran empleos nuestros esposos y fueran salarios buenos y no de hambre, podríamos alimentar bien a nuestra familia, educarla y cubrir los gastos de salud, vestido y calzado”. Agregaban “si no tenemos trabajo ni dinero, ¿cómo curamos a los hijos cuando se enferman, cómo pagamos el transporte para mandarlos a la escuela; cómo me curo yo y con qué compro las medicinas, pues tengo diabetes?”
Ciertamente, analizando así la cuestión, se ve claro que la propuesta oficial no es una solución al problema de la pobreza que azota a la mayoría de los mexicanos, pues además tendremos que agregar y preguntarnos: ¿de los 75 millones de mexicanos que viven en la pobreza, a cuántos llegará el subsidio? ¿Llegarán todos los recursos autorizados o pasará que más de la mitad se quedarán en la burocracia encargada de distribuirlos?
Se requiere, pues, cambiar de fondo la estrategia para atender los grandes males que aquejan al país; se necesitan, como decían las amas de casa, empleos y más empleos y con salarios suficientes para cubrir dignamente las necesidades de la familia. En este sentido, considero mejor encaminada la actuación del mandatario hidalguense, que está buscando incentivar la inversión en el estado y con ello la generación de empleos; veremos si han sido y son productivos los viajes al extranjero con este propósito.
* Colaboraciones anteriores