Hoy cumplen ocho días en plantón los antorchistas de Tlanchinol, esperando sean atendidas con justicia sus demandas y respetado su derecho a elegir al representante de su comunidad, pero lo único que hasta el momento han recibido, de parte de la presidencia municipal, son calumnias y amenazas por atreverse a levantar la voz y protestar ante la “respetable” autoridad: se les persigue y amenaza por acudir al plantón, a su plantón que han instalado en protesta por la falta de atención del actual alcalde panista, y éste, en lugar de atenderlos, como es su obligación en su carácter de servidor público, ha instrumentado una serie de amenazas a los campesinos y sus familias, diciéndoles que si se mantienen en su posición serán excluidos de los pocos programas sociales con que se han visto beneficiados, como Oportunidades, entre otros, o bien, serán expulsados del municipio; finalmente, se los amenaza con desalojarlos de la plaza pública.
Escribo del problema que aqueja a los antorchistas de Tlanchinol, con el propósito, ciertamente, de denunciar y enterar a la opinión pública, de la serie de amenazas a que se han hecho acreedores los indígenas de Tlanchinol por organizarse y exigir lo que por derecho les corresponde, y, denunciar la amenaza de desalojo del plantón pacífico que mantienen frente a la presidencia municipal, que de llevarse a cabo, será en violación flagrante de sus derechos constitucionales de libre manifestación, y para dejar claro que será obvio, para cualquiera mínimamente enterado de cómo se manejan en Hidalgo esos asuntos del poder y que sabemos bien que de ejecutarse la amenaza será con la venia y el apoyo del gobierno del estado, que hasta el día de hoy, no ha intervenido, como es su obligación, para hacer valer el Estado de derecho en busca de una solución al conflicto en beneficio de sus gobernados.
Pero escribo del asunto, fundamentalmente, para tratar de poner mi granito de arena en la concientización del problema, sobre todo de los propios involucrados y de sus pueblos vecinos; tratar de explicar la razón por la cual una de las estrategias del alcalde panista para intentar debilitar el movimiento es la amenaza de la expulsión de las comunidades de aquellos que se atrevan a mantenerse en pie de lucha en el plantón antorchista, y me interesa decir, tanto para aquellos de los cuales se puede valer el edil municipal, como son algunas autoridades auxiliares, como para los propios amenazados, que la solución está en los propios pueblos, en no permitir que a los pobres se les divida y se les use en contra de sus propios hermanos.
Cierto es que el pueblo mexicano, por su propia historia de colonización y de sometimiento español, está hecho y educado para someterse al poder, aún, y en la mayoría de las veces, en su propio perjuicio. Desde entonces a los mexicanos se nos ha enseñado a “escuchar y obedecer” al poderoso, que así debe ser, casi por ley divina, pues los pobres somos ignorantes y ajenos a las tareas de “gobernar”, y se nos ha dicho por todos los medios posibles, que a quien se debe respetar no es al más trabajador, al más fraterno con sus vecinos o paisanos, al más digno y sabio, sino al que tenga más dinero, independientemente del modo en que lo haya adquirido, aunque haya sido por los medios más viles y pecaminosos. Y es precisamente a esto a lo que se atiene el alcalde panista para tratar de usar a los propios delegados de las comunidades en contra de sus vecinos y hermanos del mismo dolor y miseria.
Por eso decía renglones arriba que la solución está en el pueblo mismo, en que las miles de familias pobres de Tlanchinol se organicen, se unan en torno a un plan de desarrollo y progreso de sus comunidades y, por lo tanto, de todo el municipio; que se entienda por cada una de las familias que el obedecer cualquier orden, venga de donde venga para dañar a los de su propia clase, es actuar en contra de ellos mismos, para beneficio de aquellos que por siglos los han mantenido sumidos en la pobreza e ignorancia; entender que quien se presta para realizar tan indignas acciones se vuelve un judas de sus propios hermanos y, peor aún, quienes lo hacen o creen hacerlo conscientemente.
Así que en Tlanchinol, como en todos los pueblos, sólo les queda la reconciliación y el apoyo mutuo entre ellos, y la lucha tenaz y decidida para salir adelante de tan miserable situación, en la cual no estarán solos: contarán siempre con el apoyo solidario de sus compañeros antorchistas de todo el estado de Hidalgo y del país entero si fuera necesario, pues, afortunadamente, muchos mexicanos han roto ya esas cadenas del sometimiento inconsciente y han hecho cada día más fuerte el lazo de solidaridad entre los pueblos. Que nadie se equivoque, pues; los campesinos de Tlanchinol no están solos, y si se los agrede, el antorchismo hidalguense todo se volcará en su apoyo.
* Colaboraciones anteriores