No sé exactamente cuál sea la valoración que han tenido, en el círculo cercano al gobernador Mario Marín, los resultados de las encuestas aplicadas recientemente para medir las preferencias de los electores hacia los aspirantes priístas a la gubernatura, las cuales colocan en un “empate técnico” al Secretario de Desarrollo Social, Javier López Zavala, y a Enrique Doger, ex presidente municipal de la capital poblana; el primero de ellos, dicen los que saben, es el político más caro al gobernador, su delfín, pues; el segundo, ha sido catalogado por algunos analistas como un político marginado por Marín, motivo por el cual muy pocos lo ubicaban ya en la primera línea de fuego del proceso sucesorio, por lo que mucho asombró su inesperado resurgimiento.
Pero, sea cual sea el matiz y el sesgo que le quiera dar la burbuja marinista, no hay duda que el empate anunciado por la muy prestigiosa empresa encuestadora dirigida por María de las Heras (que en el año 2000 pronosticó el triunfo de Fox y dijo: "la gente quiere al PRI fuera del poder") representa una alerta roja, muy prematuramente encendida, que cuestiona severamente el tino y los resultados de la política aplicada por el gobernador, que pudiéramos resumir como una gestión de chequera abierta para favorecer la nada sutil ni barata campaña de su candidato favorito; puertas abiertas a los grupos minoritarios pero influyentes, identificados con el “encanto” del dinero y del poder con el que ahora se codea el gobernador, y alejamiento, por lo tanto, de acciones gubernamentales que se identifiquen a fondo con aquella idílica figura del hombre pobre que llegó a ser gobernador para ayudar a los marginados, que Marín les vendió hace años a sus electores y a la postre lo hizo llegar al poder estatal.
Esta liberalidad del gobernador poblano para destinar cientos de millones de pesos del erario a las obras que solicita la élite poblana (verbigracia, el bulevar Atlixcayotl) y para financiar sus aspiraciones sucesorias encarnadas en Zavala, la ha combinado con una radical astringencia presupuestal y una abusiva cascada de ataques mediáticos contra quienes no se han mostrado sumisos sino que, por el contrario, se han negado a renunciar a su exigencia de apoyo del gobierno para resolver sus múltiples carencias, no han aceptado la mísera colación que les ofrecen en la Secretaría de Gobernación estatal o, peor aún, han desafiado con sus manifestaciones a quien se siente el hombre plenipotenciario de Puebla.
Hasta antes de que aparecieran los datos mencionados, las cuentas alegres no habían variado su tono jocoso y eran combinadas con largas sesiones de elogios al jefe del Ejecutivo estatal e invocaciones al venturoso futuro que deparaba una política tan hábilmente aplicada. Los conflictos, si implicaban recursos y provocaban escándalo, se turnaban al funcionario encargado de ofrecer las limosnas disfrazadas de generosidad del gobierno; si los solicitantes no mordían el anzuelo y se negaban a retirarse con su morralla en la mano, si insistían en soluciones de fondo o, incluso, levantaban la voz, eran despachados con altanería y amenazas por algún funcionario de ésos que presumen conducir la política interna y, después, su asunto era turnado a la oficina de Comunicación Social para que desde ahí se les diera su respectiva tunda mediática por levantiscos. Esto no me lo han platicado; lo sé de primera mano, porque es la “terapia” que le han aplicado a los antorchistas; desde hace varios años, pero especialmente en los últimos seis meses que llevan plantados frente a las oficinas de gobierno.
Y si eso se atrevieron a hacer los del gobierno con Antorcha Campesina, un grupo numeroso, altamente articulado y de una moral muy alta, formado por miles de personas inspiradas desde hace décadas en propósitos muy elevados de progreso y justicia, a las que difícilmente pueden desanimar los funcionarios con esas pésimas chicanas, ya puede imaginarse el lector la grosería y el desdén con que tratan al ciudadano que acude, solo o en grupos pequeños, a pedir la ayuda de sus autoridades.
El desencanto que provoca en el pueblo un gobierno así, que se aleja vertiginosamente de una política sensible, comprensiva de las necesidades de los gobernados menos favorecidos económicamente, no se puede curar con caras sonrientes en anuncios espectaculares, llenos de cifras que nadie puede comprobar; ni con giras “maiceadoras” para repartir baratijas o cheques de baja denominación, en actos efectistas que luego son difundidos como una muestra de la “alta política de Desarrollo Social”; ni con groseras calumnias a los que simplemente les exigen verticalidad y honradez para cumplir su palabra, como es el caso de los decenas de miles de antorchistas. No es ningún milagro, entonces, que las encuestas imparciales reflejen esa realidad y, a su modo, le griten al gobernador lo que no ha querido escuchar: que por ese camino no habrá continuidad política posible y sí, en cambio, se asegurará para sí un destacado lugar en el amplio catálogo de los malos gobernantes. No lo digo yo, lo dicen las encuestas.
Finalmente, en vista de que no hay ningún planteamiento serio y verdaderamente interesado en atender el pliego petitorio antorchista, el próximo domingo marcharán en Puebla capital 40 mil poblanos, para exigir que el gobierno estatal resuelva el pliego petitorio que los tiene en plantón desde hace medio año. Será, sin duda alguna, otra muestra altamente representativa de lo que opina el pueblo poblano de sus gobernantes, así como una evidencia de que el desaliento y la derrota moral será lo último que alguien vea en las filas de los antorchistas.
* Colaboraciones anteriores