Dice el conocido refrán popular que “después del niño ahogado a tapar el pozo”, y esa sabiduría popular no se equivoca pues ahora, después de la inundación de casi todo el territorio del estado de Tabasco, todas las dependencias y funcionarios federales, están volcados en “apoyar” a los “queridos hermanos tabasqueños que se encuentran en desgracia”; ahora, hasta la iniciativa privada también promociona su “gran altruismo”, donando dinero, que, por cierto, para las inmensas fortunas de los banqueros, grandes industriales y poderosos comerciantes, son cantidades insignificantes, por no decir ridículas, además que serán deducidas de sus impuestos.
Pero esa pesadilla en que viven ahora cerca de un millón de tabasqueños (quienes han perdido prácticamente todo: casa, muebles, alimento, empleo, seguridad, etc., y, que tienen que hacer largas -filas que duran horas, hasta días- para recibir una raquítica despensa que apenas les permite no morirse de inanición), ahora, es motivo de una discusión entre los dos principales niveles de gobierno, es decir, el gobierno estatal de Tabasco y el gobierno federal; discusión que se centra en tratar de echarse la culpa de la inmensa desgracia que agobia ahora a cientos de miles de mexicanos que viven en aquella entidad. Se oyen las voces de unos y otros gobernantes; unos argumentan que los dineros entregados a gobiernos anteriores al actual de la entidad, para obras que evitasen las graves inundaciones, no se utilizaron en ese importante objetivo; otros argumentan que fue el gobierno federal el que no entregó los recursos necesarios a tiempo, en fin, todos se “lavan las manos”. Por su parte el Presidente de la República ha declarado: “nadie debe sacar raja política de la desgracia de Tabasco”, y, además “debe hacerse a un lado el protagonismo… ahora los mexicanos debemos estar más unidos”. Y, sin embargo, el pueblo mexicano en los últimos años va de tragedia en tragedia (el derrumbe de un cerro que aplastó a un camión repleto de pasajeros en Puebla, la explosión en la mina de Pasta de Conchos en Coahuila, las víctimas del huracán Stan en Chiapas, las del huracán Vilma en Quintana Roo y Yucatán, las víctimas de la represión en la Siderúrgica Lázaro Cárdenas en Michoacán, las recientes víctimas de la colisión de las plataformas petroleras en Campeche, y otras desgracias más que sería largo de enumerar), y, en todas hay una misma tónica, hay ineptitud, corrupción, impunidad, a la hora de resolverlas, pues, finalmente, no se encuentra a ningún responsable y no se combaten las verdaderas causas de las mismas.
Ahí, estamos en ese rosario de catástrofes naturales cuyas consecuencias aunque son previsibles y eludibles con relativos bajos recursos como lo ha dicho recientemente la ONU con respecto a Tabasco; ahí, también, estamos en el rosario de accidentes que matan a obreros, a colonos y campesinos; ahí, nos encontramos los mexicanos pobres, mientras los partidos políticos se ponen de acuerdo para restringir los derechos de los mexicanos impulsando la aprobación de leyes que, como aquella que quiere acotar el derecho de manifestación pública, sólo evidencian que los partidos que comparten el gran pastel del poder político del país, como se evidencia cada día con mayor fuerza y nitidez, no quieren compartir con las capas trabajadoras, con los “fregados”, los desheredados de México.
Ahora el Presidente de la República ha informado que el gobierno federal dará un apoyo de 7 mil millones de pesos para enfrentar el problema de las inundación de Tabasco y las devastadoras secuelas de la misma en la población, en los cultivos, en la industria y el comercio, en fin, en toda la vida económica, social y cultural de aquel Estado, no podemos más que señalar que es correcta la medida. Pero, de cualquier forma nos asalta la duda ¿Por qué ese dinero no se invirtió -aunque fuese en un 50% del total- en las obras hidráulicas, que evitasen la desgracias que hoy nos lamentamos todos? Ahora que los mexicanos vemos otra gran desventura de cientos de miles de compatriotas, es momento de reflexionar sobre nuestra indefensión ante la ineptitud, la corrupción, pero sobre todo la gran desigualdad social en que nos han hundido los malos gobiernos. Es momento de reflexionar sobre la incapacidad de los partidos políticos actuales que no sólo terminan por encubrir la ineptitud, la prevaricación, el despilfarro presupuestal, la iniquidad en el uso de los recursos públicos, sino que, ahora, pretenden restringir y si es posible ahogar todo intento de organización de auténtica defensa popular.
* Colaboraciones anteriores