Se cumplen por estos días 5 años de la infame invasión a Iraq y el saldo en muertes de soldados del ejército agresor, empieza a ser sumamente preocupante para los halcones que desde la comodidad y el lujo de sus oficinas en la Casa Blanca y en el Pentágono, dirigen la invasión. Apenas el domingo pasado murieron cuatro soldados, con los que se llegó a la escalofriante cifra de 4 mil miembros del ejército más poderoso de la Tierra, muertos (se calcula que por cada muerto hay 30 heridos, muchos de ellos mutilados o seriamente disminuidos en sus capacidades; cegueras, sorderas, traumas sicológicos, etc.) No les ha valido a estos soldados pertenecer al país con mayor poder destructivo, al país que ha inventado los más sofisticados instrumentos de aniquilación humana; de nada le ha servido al gobierno norteamericano haber llevado más de 150 mil efectivos, súper equipados, muy bien alimentados, muy bien comunicados y con las armas más mortíferas, pues, la resistencia iraquí, con muchos menos recursos militares, con muchos menos recursos económicos y logísticos han logrado mantener al ejército yanqui, por lo menos, en una constante tensión y en un ininterrumpido desgaste físico y moral.
Al pueblo norteamericano –que paga con sus impuestos la costosa invasión- se le esquilma por parte del gobierno norteamericano en esta agresión 5 mil dólares por segundo; 300 mil dólares por minuto, 18 millones de dólares por hora, 432 millones por día y 157 mil millones de dólares al año, inmensa cantidad de riqueza que, sin ser un experto en la materia, cualquier ciudadano puede suponer fácilmente, serviría para abatir la gran pobreza en que viven millones de ciudadanos norteamericanos; serviría para acabar, por ejemplo, con el analfabetismo y falta de atención médica que padecen millones de personas en esa gran potencia.
Antes de iniciar la brutal agresión, como muchos recordamos, Bush y su ambiciosa y genocida camarilla –la que rige para desgracia de la humanidad al país más poderoso del mundo- organizaron con el aval de la ONU un equipo de inspectores encabezados por el sueco Hans Blix, quienes fueron a Iraq dizque a descubrir las famosas “armas de destrucción masiva”, que, según, los halcones de Washington, “existían en enormes cantidades y ponían en peligro la estabilidad de buena parte del planeta”. Jamás se encontraron esas armas; jamás hubo, por tanto, razón válida y ni militar, ni política, ni ética para agredir a esa desamparada nación. Pronto quedó al descubierto que la verdadera razón de la invasión ha sido desde el primer momento apropiarse del petróleo (no olvidar que Iraq es el segundo país en el mundo, en cuanto a reservas probadas del crudo), era enriquecer, aún más de lo que ya está, a la burguesía yanqui, en general y, en particular al clan petrolero encabezado por Bush y su vicepresidente Dick Cheney.
Bush y sus estrategas políticos y militares han sabido aprovechar la rivalidad que ha existido desde hace muchos años entre los dos grupos étnicos y religiosos más importantes que existen en Iraq: los sunitas (grupo que gobernó durante varias décadas con Saddam Hussein a la cabeza) y los chiítas (grupo mayoritario, pero que, no tenía el poder del país). Ese divisionismo aún prevalece. Sin embargo, ahora son los chiítas -es decir los supuestos aliados de las fuerzas invasoras- encabezados por clérigo Muqtada al Sader quienes se están enfrentando al ejército del gobierno iraquí títere de los EEUU. Hay indicios muy claros que señalan que dentro de poco tiempo, meses, semanas quizás, la guerra de resistencia se incrementará notablemente, pues el odio de los iraquíes ha crecido ante las terribles atrocidades, ante los insoportables abusos de los yanquis invasores. Hace falta, empero, que las diferencias religiosas se hagan a un lado; hace falta la unidad del pueblo iraquí para potenciar su fuerza y hacer frente a la invasión. Sólo quiero, amigo lector mencionar las sabias palabras de Fidel Castro, Comandante de América “Bush imagina que Dios lo premiará por acelerar el día del Apocalipsis y el Juicio Final, sentándolo después a su diestra en un lugar de honor. Entonces tal vez abandone los gestos de odio que acompañan sus discursos, para morar bajo el mismo techo junto con las almas de los seres humanos que exterminó en su guerra contra el terrorismo, la inmensa mayoría niñas y niños, adolescentes y jóvenes, mujeres y ancianos, a los cuales no hay razón alguna para culparlos…El Antiguo Testamento habla de arcángeles que la ambición transformó en enemigos de Dios y fueron enviados al infierno. Es difícil desechar la idea de que en la cabeza de Bush están los genes de aquellos arcángeles.
* Colaboraciones anteriores