A medida que aparecen con más frecuencia, pero sobre todo, mayor crudeza los fríos de la temporada invernal, también crece la labor “filantrópica” de algunos gobiernos estatales, gobiernos municipales e instituciones privadas en todo el país que se dedican a regalar cobijas, guantes, colchonetas a “los más necesitados”. Incluso, crece también la publicidad sobre esa labor “altruista” por los más pobres dentro de los pobres. ¡Qué mejor oportunidad que ésta! para obtener publicidad, imagen de humanistas, como gobernantes preocupados por los más necesitados, como empresarios o corporaciones empresariales que la acumulación de riqueza no los ha hecho “insensibles” y “ajenos” a las penurias provocadas por las inclemencias climáticas de los más pobres.
Y es que, en efecto, es en esta temporada cuando, año con año, aquellos mexicanos que viven en casas construidas con láminas de cartón, de madera e incluso con desperdicios, sufren atrozmente las bajas temperaturas que se cuelan de forma inmisericorde por las rendijas de las humildes chozas, que atraviesan sin ningún problema los endebles materiales de las casas de los millones de mexicanos parias que padecen los estragos de los “frentes fríos”. Y, claro está, nadie, ningún mexicano puede reprobar la filantropía y las acciones que, aunque sea momentáneamente mitigan los sufrimientos de las familias más desprotegidas.
Sin embargo, siempre nos queda la duda a muchos mexicanos: ¿Acaso es la filantropía el mejor remedio para abatir o siquiera paliar esos sufrimientos de millones de familias de pobres? A este respecto hay economistas, sociólogos y toda una laya de “especialistas” sobre la filantropía social que sostienen que, ésta es inherente, consustancial a un verdadero régimen democrático porque promueve las iniciativas humanistas de los individuos, por poderosos que sean, y porque permite que los más pobres reciban recursos que de otra forma no se moverían en provecho de la sociedad. Para estos apologistas del altruismo como panacea social, la intervención del Estado en la labor filantrópica debe ser mínima, pues, esta labor utiliza los impuestos de toda la población, lo cual es incorrecto, según ellos, pues esto genera corrupción, ya que muchas veces los recursos empleados en la asistencia social no llegan las manos de los que la requieren, quedándose en las manos de funcionarios corruptos.
Seguramente que coincidirá conmigo, estimado lector, en que nunca en ningún país del planeta, la filantropía ha podido resolver las grandes necesidades de la población, pues a los sumo, sólo ha permitido en el mejor de los casos mitigar temporalmente los sufrimientos de los desheredados, sin atacar nunca a fondo las causas verdaderas de la miseria y de las grandes carencias derivadas provocadas por un sistema social basado en un muy desigual reparto de la riqueza social. Y lo vemos en México a cada rato. A los afectados por las inundaciones de Tabasco, por ejemplo, se les ha protegido filantrópicamente, pero sin resolverles nunca su pobreza extrema, su desempleo, su falta de buenos salarios, etc., ahora las cosas están peor, pues la ayuda altruista no les ha permitido, generar empleos, mejorar sus ingresos y, en general, mejorar mejores servicios en salud, educación, etc. Al contrario, la filantropía sólo ha servido para enmascarar esa gran desigualdad social, para engañar a incautos que se comen la rueda de molino de que “también los empresarios se preocupan por los pobres”, pues ya es un lugar común, que toda labor filantrópica es deducible de impuestos, es decir, finalmente no le cuesta nada a los “humanistas” empresariales, y sí, en cambio, les reditúa buena imagen, buena publicidad para vender más y obtener mejores ganancias.
Pero, los apologistas de la filantropía ponen el dedo en el renglón, pues, al invocar el papel del estado en este asunto, sin proponérselo, nos hacen recordar a muchos que el verdadero papel del éste nunca debe ser la demagógica filantropía; el verdadero papel de un estado auténticamente democrático no es dar mejoralitos -como las cobijas- sino, atacar de frente y fondo la pobreza; atacar de fondo el reparto inequitativo de la riqueza social, que es el verdadero causante de los grandes sufrimientos de los mexicanos más pobres. Sólo un Estado que resuelva los grandes problemas de la mayoría de mexicanos, podrá ser considerado un verdadero Estado democrático.
* Colaboraciones anteriores