MOVIMIENTO ANTORCHISTA



Dos formas de tratar a los mexicanos

Hector Enciso Carrillo
Dirigente del Movimiento Antorchista en Colima
4 de marzo de 2008

Hace unos días tuve un diálogo con algunos funcionarios que trabajan en distintas dependencias del gobierno estatal y del gobierno municipal de Colima. El asunto tratado tiene relación con la regularización de algunas colonias del oriente de la ciudad y con la necesidad de seguir resolviendo los problemas que se derivan de la necesidad de atender la demanda de servicios. Quedé sorprendido por el tipo de argumentos de algunos de estos funcionarios. En particular cuando señalaron que “había algunos colonos que no podían ser atendidos en su petición de regularización ya que eran personas que tenían más de una casa”, eso, por un lado, y por otro lado –siguieron arguyendo-, otros colonos “tampoco podían beneficiarse del programa de regularización, pues tenían terrenos de 250 metros cuadrados”.
    Este tipo de “argumentos”, sonarán, juzgue usted amigo lector, a muchos ciudadanos colimenses como pretextos, como argucias para no resolver la verdadera problemática planteada a las distintas instancias del gobierno involucradas en la solución del problema de la regularización, ¿Por qué razón? Me explico: en primer lugar es cierto que hay ciudadanos que tienen más de un terreno o una casa, pero, de esta situación no se puede inferir que todos tengan una situación económica muy solvente, que sean “personas de cuello blanco”, como se le ocurrió decir a uno de los funcionarios. Cualquier ciudadano con dos dedos de frente, sabe bien que hay muchas personas que, con mucho esfuerzo, han logrado comprar, primero un terreno y construido su casa y, posteriormente han adquirido otro terreno, pensando en que en el futuro sus hijos tendrán necesidad de tener una casa propia, dado que cada día es más difícil comprar terrenos o casas, debido a los altos costos. El que escribe estas líneas ha tenido oportunidad de conocer a varias personas que son modestos trabajadores, empleados o pequeños comerciantes que han adquirido otro lote, además del que ocupan actualmente, incluso, poco a poco han logrado fincar una casa, la cual no es ningún lujo, ningún deseo de acaparamiento, sino, simplemente una buena previsión para brindarle a su hijos un patrimonio que les permita salir adelante en su futuro, que por cierto, como podemos ver por lo que ocurre en el país, es cada vez más incierto. ¿Hay acaso algo negativo en esta situación? ¿Qué pasa con los dueños de grandes mansiones, de verdaderos palacios ubicados en terrenos de miles de metros cuadrados? ¿Se les niega acaso a ellos la regularización de sus predios? Y ¿Qué ocurre con todos aquellos casa tenientes que tienen muchas propiedades por doquier, rentan esas propiedades y hacen un jugoso negocio a costa de los inquilinos que no tienen otra opción más que vivir en casas alquiladas, muchas de éstas en malas condiciones y de elevadas rentas, acaso se les niega la regularización?
    En segundo lugar, ¿Acaso tener 250 metros cuadrados de terreno es también motivo suficiente para negar la regularización? Tal vez no se ha meditado suficientemente que cualquier ciudadano tiene derecho a una casa espaciosa, tiene derecho a vivir con comodidad, a construir su casa a como le guste y también a pensar que en un futuro los hijos tendrán necesidad de vivienda, y un terreno “grande” puede permitir construir para los descendientes ¿Puede ser motivo, entonces, de negar la regularización tener un lote con tales dimensiones?
    Pero, al parecer, en las políticas de desarrollo habitacional en México, el gobierno federal y algunos gobiernos estatales, han establecido una orientación muy restrictiva para las familias trabajadoras, las más humildes y que constituyen la inmensa mayoría de la población; política en la que las personas pobres deben estar hacinados en pequeñas casas construidas en lotes de 90 metros cuadrados, como máximo, con habitaciones de menos de 10 metros cuadrados; hacinamiento que es fuente, como han establecido muchos sociólogos y expertos en la materia, de promiscuidad, de conflictos intrafamiliares, de fomento a la delincuencia y de transmisión de enfermedades de distinto tipo. Mientras a las casas pudientes, se les permite un exceso ilimitado en las dimensiones de sus terrenos, de sus casas; se les permite cualquier dispendio. Pero ¿No es acaso la sociedad mexicana actual aquella que ha sostenido que todos los ciudadanos somos iguales ante la ley, que no debe haber privilegios y que todos los mexicanos tenemos la libertad de escoger la forma mejor de vivir?

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