Leo en un diario de circulación nacional que México ocupa el último lugar del grupo de países miembros de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) -organismo internacional que aglutina a las 30 economías más grandes del planeta- en inversión por estudiante. Abunda la noticia que México invierte apenas 2,405 dólares por año y por estudiante, mientras que el promedio de la OCDE es de 7, 527 dólares, es decir, México tiene un déficit de 5,122 dólares frente al resto de las naciones, lo cual significa que los estudiantes mexicanos están por debajo en financiamiento educativo en cerca de un 300 por ciento frente a los estudiantes de otras naciones. ¿Cómo salen preparados los estudiantes mexicanos con tan bajos índices de inversión en preparación de docentes, en infraestructura como laboratorios, aulas, bibliotecas y en equipamiento en general de las escuelas y universidades?
El estudio de la OCDE va todavía más lejos: revela con más agudeza la gravedad que tiene el sistema educativo del país. Por ejemplo, nos dice La Jornada, en su edición del día 10 de septiembre pasado, que, actualmente, México “ocupa el último lugar” de la OCDE también en porcentaje de estudiantes que egresan del nivel secundaria, pues “sólo el 41 por ciento de los inscritos en ese nivel concluye la secundaria” y “sólo el 39 por ciento de los mexicanos entre los 15 y los 34 años ha concluido la preparatoria” lo que nos coloca en el penúltimo lugar de la OCDE.
Y por si fuera poco, en su estudio Panorama de la educación 2008, la OCDE acusa con dedo flamígero al sistema educativo del país, pues resulta que el 45 por ciento de los jóvenes mexicanos que oscilan entre los 15 y 19 años de edad no va a la escuela, México “tiene, por tanto, una de las tasas más bajas de cobertura educativa de los jóvenes”; “en cuanto a las tasa de inscripción en este rango de edades, el país sólo alcanza el 48.8 por ciento, mientras la media de los países de la OCDE es de 81.5 por ciento”. Y para qué seguirle amigo lector, pues, a tan deplorable panorama, se le suma el alarmante, en grado superlativo, crecimiento del crimen organizado y no organizado que ya empieza a atemorizar incluso a los gobiernos extranjeros, quienes ven cómo este país está a pique y no hay, para desgracia de los mexicanos, un avezado y audaz piloto que pueda enderezar el rumbo de la nave para salvarla. A la inmensa mayoría de los mexicanos, estos datos, esta dura y fea realidad, nos debe impeler no sólo a la reflexión, no sólo a contemplar las ruinas de la devastación educativa y social, no así como cuentan algunos historiadores y pensadores de la antigüedad, cuando el emperador Nerón en el año 64 a. n. e. al ver la destrucción por un gran incendio de gran parte de la antigua ciudad de Roma, en lugar de tomar las medidas, adecuadas y oportunas, sólo se dedicó a tocar su lira y a cantar “Iliou Persis” (“El saqueo de Troya”).
No, los mexicanos debemos, en primer lugar, ubicar bien las causas de la debacle educativa del país; debemos entender que el verdadero fondo de la caída del país en este terreno se debe, fundamentalmente, a que el gobierno federal aplica muy bajos recursos a la educación, es decir, apenas el 5.8 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), mientras las naciones desarrolladas e, incluso las subdesarrolladas que están saliendo del atraso, destinan a la educación hasta más del 20 por ciento de su PIB.
En segundo lugar, es necesario que no sólo se dé ese incremento sustancial de la inversión para mejorar la educación, es también necesario que los recursos que se destinen a la educación sean rigurosamente aplicados de forma limpia, sin corruptelas de ninguna índole, pues para nadie es un secreto que en México muchos de los recursos que el gobierno federal -salidos de nuestros bolsillos, por supuesto- destina a la educación se van a sueldos muy elevados de funcionarios corruptos, ineptos, “aviadores”, detentadores de varias plazas, las cuales no desquitan con sus salarios; se van también a decenas (tal vez centenas) de miles de “comisionados” a quienes no se les ve ningún resultado. Esto significa que los docentes mexicanos, los que verdaderamente trabajan (es decir, la inmensa mayoría de profesores), deben ganar salarios decorosos. El presupuesto debe ser aplicado correctamente.
Pero, de nada servirá todo esto si no vamos a las verdaderas causas del problema, es decir, si no acabamos con la gran desigualdad social; si no acabamos, por ejemplo, con los bajos salarios de la inmensa mayoría de trabajadores; si no acabamos con la mala distribución de la riqueza, la cual está generando la terrible descomposición social de la sociedad mexicana.
* Colaboraciones anteriores