MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Combatir la violencia

Héctor Enciso Carrillo
Dirigente del Movimiento Antorchista en Colima
20 de septiembre de 2008

Las granadas de fragmentación que fueron deslizadas el pasado 15 de septiembre en Morelia contra la masa humana inerme, masa confiada a tal grado que nunca podía esperar un ataque tan brutal y que en cuestión de fracciones de segundo provocó tanto daño a gente de la más humilde. Creo que sobre el acto de barbarie perpetrado en pleno evento de celebración del Grito de Independencia, es un acto que el pueblo debe condenar sin que haya excepción alguna. Y debe ser condenado por una razón muy clara: los muertos y los más de cien heridos, amputados y los centenares de familiares afectados son –así se ha informado- en su totalidad gentes del pueblo trabajador, personas que han vivido de un trabajo honrado y han tratando de aportar con su esfuerzo su granito de arena para lograr que el país genere la riqueza social.
           
Los asesinados y heridos de Morelia –por lo menos hasta el momento por la información proporcionada por los medios informativos-  no fueron ni son delincuentes que hayan tenido o tengan actualmente cuentas pendientes con los grupos delictivos. Por tanto, surgen varias interrogantes ¿Por qué ahora los que atentaron y lograron su propósito se cebaron sobre personas inocentes, sobre personas que jamás han tenido problemas con el crimen organizado? ¿Es que, de ahora en adelante el crimen organizado o sus fuerzas aliadas, también beneficiarias de la producción y del trafico  de enervantes, utilizaran de hoy en adelante métodos violentos no sólo en contra de sus rivales, sean delincuentes o efectivos del Estado, sino que también, ahora los ciudadanos comunes estamos dentro de las posibilidades nada remotas de ser victimas de esa guerra, como se dice coloquialmente, “sin tener vela en el entierro”?
           
Casi todos los analistas que han comentado tan indignante masacre, han coincido que los hechos recientes de Morelia, marcan un hito en las manifestaciones de la violencia desatada por los grupos del crimen organizado, puesto que estos nunca se habían atrevido a atentar contra la población, por lo menos de forma tan dañina y tan indignante. Estos mismos analistas vuelven a proponer una vez más que la salida para parar la violencia, para detener a los delincuentes en el país hay que endurecer la legislación y particularmente en lo referente a la punición de los delitos; así, hasta llegar a las medidas más drásticas como instaurar en el derecho penal y su complemento procesal, la pena de muerte. Para varios de estos opinadotes, la solución para frenar la violencia en el país consiste en armar con equipo más poderoso y sofisticado a las distintas corporaciones policiales, a las del ejército, etc. Y, además, hay que aumentar la punibilidad de los delitos.
           
Sin embargo, ya otros analistas con mirada más penetrante en la esencia de los complejos fenómenos sociales, han podido señalar que no basta con tratar de atacar a los simples efectos inmediatos de tan terribles flagelos de la sociedad mexicana. Si queremos solucionar el problema del crimen organizado, de la violencia desatada, de los secuestros, del crecimiento exorbitante del consumo de drogas (el Secretario de Salud, acaba de reconocer que en los últimos cinco años en México subió un 30% el consumo de drogas en general en la población y se duplicó en ese mismo lapso entre las mujeres, lo cual explica el cómo la lucha entre los grupos narcos, ya no sólo es por el trasiego de la droga hacia EE UU, sino también por el “mercado interno” que crece cada día más), hay que ir a las causas más profundas; atacar los efectos es, en realidad, en términos médicos: dar analgésicos a terribles enfermedades como el cáncer, y lo peor, con efectos contraproducentes, incluso. De hecho, con la política del combate del actual gobierno federal, desde hace dos años, hemos sido testigos los mexicanos de cómo el crimen organizado, que se ubicaba –como los tumores cancerígenos- en determinadas zonas del país, ahora gracias a esa fallida política –como metástasis-, se ha extendido a todo el territorio nacional. Ir a las causas verdaderas es atacar el problema de fondo; es acabar con la pobreza extrema y pobreza de millones de mexicanos, es dar salarios bien remunerados a la población trabajadora; es dar educación de alta calidad a los niños y jóvenes mexicanos; es dar salud de alto nivel al pueblo trabajador, es darle una cultura tal que, cambien decenas de millones de jóvenes los falsos “valores”, que los lleva a ansiar riqueza y poder, sin esfuerzo, sin trabajo. Pero si todo esto suena como  a herejía en los ortodoxos oídos de los miembros de la clase en el poder, entonces, podremos esperar un recrudecimiento de la violencia. Y no faltará quien, con cierta agudeza analítica señale que la violencia le dará buenos pretextos a la clase en el poder para endurecer el control sobre los ciudadanos y coartar las libertades y derechos ciudadanos (recordemos a EE UU después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y a España después del 11 de marzo de 2004).

 

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