Las burbujas especulativas son cada vez más frecuentes, dado que los empresarios en sus ansias desmedidas de acumulación de riqueza, fomentan la concentración con base al crédito, a la elevación artificiosa de los intereses, de los precios de productos y servicios, de las hipotecas, etc. Esto es, por tanto, una expresión más de lo que el gigante alemán del pensamiento y la acción, Carlos Marx, llamó la anarquía de la producción. Anarquía que no viene de factores ajenos al sistema capitalista, es parte esencial de este modo actual de producción. No es cierto que las crisis las generen sólo unos cuantos banqueros ambiciosos, etc. Las crisis económicas son consustanciales al sistema capitalista, parten de su propia esencia. El actual sistema económico en los últimos decenios no sólo ha negado la intervención del Estado en la regulación del mercado; ha negado siempre la planificación científica de la economía, dado que, el interés de los empresarios capitalistas nunca ha sido satisfacer las necesidades de los seres humanos; por el contrario, el principio fundamental por el que se mueve todo el sistema de producción actual es la obtención del máximo de ganancia. Nunca un empresario producirá en sus fábricas para satisfacer las necesidades de la población.
El mundo entero sufre desde que el capitalismo adquirió su madurez (1825) cíclicamente las crisis de sobreproducción. Las crisis ocurren porque parte importante de ese inmenso torrente de riqueza producida no puede ser comprada dada la pobreza y el desempleo en que está hundida la población. Hay mucha riqueza producida hoy en día dada la tecnología y la productividad que ha alcanzado la sociedad. Se producen tantas mercancías y se ofertan en un mercado saturado; no pueden venderse a la velocidad que impone la oferta. La recesión económica que se instaura ya en todo el planeta solamente puede explicarse porque hay una causa esencial; no son sólo los errores humanos (cierto es, empero, que sí influyen los errores humanos para acelerar las crisis, por ejemplo: la aplicación de las políticas de Bush, y consortes que negaron la regulación estatal del mercado en beneficio del propio sistema de libre mercado).
En un intento por evitar las crisis económicas, los empresarios han buscado estimular el consumo de las grandes masas empobrecidas mediante el crédito (prestamos bancarios, tarjetas de crédito de todo tipo, créditos chatarra, etc.), sin embargo, el problema de fondo no lo han podido resolver la clase empresarial así, pues, las masas proletarias del mundo no mejoran sus salarios, sus ingresos pecuniarios; lo único que logran con el impulso del crédito los grandes industriales, comerciantes y financieros es posponer el momento en que la producción llegue al punto en que tiene que parar, dado que, los consumidores con fuertes deudas no pueden comprar, carecen de solvencia; el crédito, por tanto, no es la salvación para evitar la debacle económica. El crédito es -permítaseme la analogía- como el aceite automotriz grueso que permite funcionar a los motores viejos de autos durante un tiempo, pero que sus bielas ya gastadas de todas maneras van a tronar (lo que necesita el conductor es un modelo nuevo) y, por tanto, ese aceite crediticio no frena el desastre, solo lo pospone por un tiempo.
Hay en el planeta, en estos momentos, cerca de mil millones de hambrientos y la FAO sostiene que bastarían 30 mil millones de dólares anuales para aliviar este problema; hoy mueren 5 mil niños al día de sed en el mundo, se necesitarían 32 mil millones de dólares para acabar con este problema. Y aún más: lo destinado por los distintos gobiernos en las últimas semanas para rescatar a los bancos hubiese servido, dicen algunos especialistas, para acabar con el hambre en el mundo durante 50 años ¿Por qué no han sido salvados esos millones de parias del mundo? Muchos economistas ahora se vuelcan para señalar que hace falta un regreso a las políticas en las que el Estado debe regular el mercado. Pero eso no basta, como lo demuestra la gravedad de la crisis; lo que hace falta, además, es que el Estado esté dirigido por verdaderos humanistas –no por los tiburones de la economía y los halcones de la guerra-, sino por representantes de las clases oprimidas; se requiere que el Estado impulse un reparto equitativo de la riqueza social en la sociedad, es decir, se requiere que los pobres tengan salarios remunerativos, tengan buena salud, buena educación, tengan cultura, deporte y esparcimiento. En síntesis tengan condiciones económicas y sociales adecuadas para el buen funcionamiento de la sociedad. Esto no se puede lograr sólo con la regulación del mercado por parte del Estado para seguir favoreciendo sólo a la plutocracia. Para que la regulación del mercado tenga una base sólida, una base científica y justiciera debe complementarse con el reparto equitativo de la riqueza social. China puede ser el ejemplo de ese nuevo modelo económico y social. Hoy más que nunca los trabajadores del mundo, tienen la palabra.
* Colaboraciones anteriores