Las primeras democracias que existieron en la antigüedad fueron democracias directas, dado que, la muy baja cantidad de población de las ciudades-estado de aquella época así lo permitía. Grecia y Roma en sus orígenes tuvieron la posibilidad de que el pueblo se reuniera para deliberar, sin que hubiese necesidad de que nadie lo representara para tomar decisiones que concernían a los intereses comunes. Pero, la Democracia, dado el crecimiento paulatino de la población, tuvo la necesidad de evolucionar hasta convertirse en una democracia “representativa”, es decir, una democracia en la que el poder del pueblo “se deposita” en órganos de representantes como Asambleas de Curias, Centurias, el Senado, etc. ya en los tiempos del Imperio Romano, el Senado era un órgano que decidía muchos asuntos públicos “en representación de la ciudadanía”.
La democracia evolucionó aún más con el desarrollo del régimen capitalista, el cual en su lucha en contra del absolutismo feudal, instauró la llamada “democracia parlamentaria”, es decir una democracia en la que los distintos grupos o clases sociales son representados por partidos políticos, los cuales se disputan de forma “legal”, “pacífica”, y sobre todo “civilizada”, el poder, y el control de los distintos órganos de ese mismo poder. Teóricamente el Estado, con esto, llegó a la cima de las formas democráticas de gobernar a la sociedad. Los grandes pensadores burgueses de la Ilustración, tratando de perfeccionar al Estado, ofrecieron a la humanidad la doctrina de la “División de Poderes”, intentando con ello que el Estado tuviese los mecanismos para frenar a los gobiernos que reproducían el absolutismo (Locke y Montesquieu), mientras otros grandes pensadores intentaron justificar la omnipotencia de ese Estado “para bien de la humanidad” (Hobbes); el Leviatán todopoderoso “es un contrato necesario” que puede “garantizar el buen funcionamiento” de la sociedad.
Un siglo después, surgió de las revoluciones burgueses europeas, un Estado “democrático”, el cual pronto mostró su carácter de clase, es decir, el de ser un instrumento en manos de la clase vencedora de las monarquías absolutistas y feudales. La “igualdad, la fraternidad y la legalidad” prometidas (en la fase violenta de las revoluciones) para todos los seres humanos y establecidas formalmente en las leyes, se tradujeron en los hechos en una terrible desigualdad económica social y política; se tradujo, gracias al inmenso poder de ese Estado en una abismal diferenciación entre los seres humanos, los cuales no podían fraternizar por el simple hecho de que los depredadores sociales nunca aceptaron la hermandad basada en reparto de la riqueza social, única forma efectiva de “fraternizar” entre las distintas clases de la sociedad, única forma de “hermanarse” socialmente. Por el contrario, unos cuantos potentados se hicieron del control del Estado para su propio beneficio y utilizaron ese omnipotente aparato para controlar y mantener el sistema económico que les permite obtener enormes ganancias a costa de la explotación del trabajo de los obreros, artesanos, campesinos, etc.
Pero ese Estado “democrático” de la clase del dinero, la industria y el comercio, tiene la necesidad de disfrazar ese poder absoluto clasista, tiene que tender una fachada de “auténticamente representativo”, una mascara que valide ante los ojos de las grandes mayorías su carácter “verdaderamente democrático”, pues el gobierno es “electo por todos”, y “beneficia a todos”. En esa mascarada han jugado siempre un rol estelar los partidos políticos a las órdenes de los poderosos. Cada tres o seis años, se presentan los partidos con sus candidatos, como si tuvieran opciones económicas y sociales totalmente diferentes a las de sus oponentes en las contiendas por los cargos de elección popular. La verdad es que los candidatos no son en su mayoría, personas salidas del seno de las clases oprimidas, y los que salen de los sectores populares se han dedicado a escalar puestos dentro de las burocracias partidistas, no por defender los intereses de los desheredados, sino por defender a los intereses de los poderosos que controlan el poder. La democracia actual ya no puede seguir funcionando con el esquema de la partidocracia, la cual ya cansó al pueblo trabajador, pues, el juego perverso de tratar de hacerle creer a la gente que “hay nuevas opciones”, que habrá “cambio” si triunfan esas burocracias partidistas, ya no es aceptado por la mayoría de los mexicanos. Con la partidocracia, en realidad, los poderosos del país nos a recetan una y otra vez, los mismos menjurjes demagógicos. Pero, el pueblo trabajador ya no quiere los engaños de la partidocracia. El pueblo trabajador quiere un justo reparto de la riqueza social, quiere a verdaderos representantes de los intereses populares en el Estado.
* Colaboraciones anteriores