El término “gatopardismo” fue acuñado por el escritor italiano Giuseppe Tomasi de Lampedusa en su celebre novela El gatopardo, novela que retrata con particular agudeza la lucha por la unificación de la Italia de mediados del siglo XIX, cuando todavía esa nación europea estaba dividida en reinos, ducados, etc. Lampedusa centra su historia en la vida del aristócrata siciliano Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, el cual, ante los cambios históricos que ocurren en Sicilia (isla que ha sido botín de diferentes potencias, durante más de 20 siglos, desde la época del Imperio Romano), al ver el surgimiento del dominio de la burguesía del Norte de Italia sobre todo el territorio de la península itálica, y también, al ser invitado por un emisario de esa clase industrial y bancaria poderosa, para ser parte de su gobierno nacional, declina tal invitación, pues él llega a la conclusión de que lo único que han hecho las clases ricas y dominantes de Sicilia es “cambiar para que todo permanezca igual”. No habrá cambio y Corbera lo sabe bien.
Desde que Lampedusa dio a conocer su famosa novela, el término “gatopardismo”, sirve para designar a las maniobras que aplican las clases poderosas, que ante el desgaste de la imagen que tienen frente a las masas explotadas, se dan una “enjuagadita del rostro”, se dan su “afeitada” y pretenden presentarle al pueblo trabajador un “cambio radical” de sus políticas, “un golpe de timón”, el cual, según esa política, permitirá “remediar viejas enfermedades”, “mejorar” la situación de empobrecimiento, desempleo y miseria de las masas empobrecidas. Sin embargo, los cambios cosméticos que realizan los gobernantes sólo son pantomima, engaños a las masas; maniobras que sirven para hacerlas creer que ellos, los gobernantes, “sí están tomando medidas para cambiar de rumbo”, ante el fracaso de su políticas.
Y, ahora, a propósito del “gatopardismo”, resulta que nuestro Presidente de la República, Felipe Calderón, ha anunciado en su discurso “alusivo” al tercer informe de su gobierno, un decálogo -como dicen algunos periodistas- de medidas, las cuales, según el primer mandatario, de aplicarse, serán un “drástico viraje” en la política del Estado mexicano; “tenemos que cambiar a México –dijo Felipe Calderón-. Ante la disyuntiva de administrar lo logrado (sic) y de seguir con el impulso de la inercia, o asumir cambios en las instituciones de la vida nacional, claramente me inclino por un cambio sustancial de las mismas con todos los riesgos y todos los costos que ello implica”.
¿Podemos esperar un verdadero cambio los mexicanos con el famoso decálogo de Calderón? Ya son muchas las voces que dicen que tales “medidas” no son otra cosa más que la misma demagogia a que nos han acostumbrado los últimos gobiernos; las mismas mentiras que sirven de disfraz a la ineptitud proverbial de la derecha; una auténtica mascarada para encubrir la insensibilidad con dizque medidas “profundas”. Dice la propuesta número uno de Calderón: “Destinar toda la fuerza y recursos del Estado para frenar a la pobreza”. Esto sólo se puede entender como lo que siempre ha hecho el panismo en el poder: utilizar todos los programas de “combate a la pobreza” de forma más intensa “para llevar agua a su molino”, es decir, para comprar votos en las elecciones, para tratar de revertir su escandalosa derrota electoral reciente.
Un ejemplo de lo que se apresta a realizar el gobierno federal es lo que ocurrió el lunes 1º de septiembre pasado, cuando en la sede de la Sedesol en la Ciudad de México, un numeroso grupo de funcionarios ensoberbecidos de esa dependencia recibieron a una representación de la Dirección Nacional del Movimiento Antorchista, tan sólo para “informar” que las solicitudes de decenas de miles de ciudadanos pobres, afiliados a la organización mencionada, que solicitan la aplicación de los programas de combate a la pobreza, como Oportunidades, Tu casa, Adultos mayores, etc., han sido rechazadas por la prepotente burocracia de la Sedesol. Por ser Antorcha una organización social no adherida a las filas del partido blanquiazul se rechazan las solicitudes. Esto es el “combate a la pobreza” al estilo de la derecha.
En cuanto a las reformas en los sectores: salud, educación, finanzas públicas, telecomunicaciones, derechos de los trabajadores, lucha contra el crimen organizado, regulatoria (¿?), reforma política y electoral, es decir, el resto de los puntos del “decálogo”, todo nos indica que se trata de las viejas cantaletas sobre las “reformas estructurales” que tanto desean los poderosos de México para lograr mayores índices de explotación de las masas trabajadoras. No cabe duda, amigo lector, el gobierno que tenemos aplica la vieja política del engaño con “cambios profundos”, para engatusar a los pobres. Como diríamos coloquialmente en México: “No es más que la misma gata, nada más que revolcada”.
* Colaboraciones anteriores