Ríos de tinta han corrido por estos días sobre el tema de la crisis económica que azota al mundo en general y, en particular sobre el país en que vivimos. Se ha pretendido presentar este fenómeno que está afectando cada vez con más fuerza a la mayoría de mexicanos, un fenómeno que viene del exterior del país, y, por tanto, que es algo cuyas causas y efectos nos llegan como algo en el que nuestro régimen económico, social y político no tiene nada que ver; la crisis, vista en esa perspectiva, es un fenómeno que se nos impone de fuera, nos hace daño, pero el gobierno y los grupos sociales que se han beneficiado del poder, nada tienen que ver con las crisis. De esto se concluye también, que bastará con que se acabe la crisis en el exterior, que se acabe en los países en los que se generó para que todo “vuelva a la normalidad”; que la sobreproducción generada por la voracidad empresarial, se termine y con esto se permita encarrilar de nuevo el “equilibrio entre la oferta y la demanda”; amaine la recesión mundial y las grandes economías vuelvan a dar un impulso al consumo para que así se elimine la crisis; y por tanto, el comercio internacional de México vuelva también a su “normalidad” y los empresarios mexicanos vuelvan a vender sus mercancías, sus materias primas en las cantidades que se vendían antes de la crisis (el déficit comercial de México en 2008 fue de 16 mil 638 millones de dólares, mientras que en 2007 la cifra fue de 11 mil 189 millones de dólares, es decir, en 2008 la cifra fue superior en un 50.4% comparado con el año anterior).
Pero, esa visión tergiversadora de la verdad que nos vienen recetando los “curanderos sociales” del sistema socioeconómico que nos agobia a los mexicanos, es totalmente falsa. Es falsa porque la inmensa mayoría de mexicanos, sabemos por la experiencia que hemos vivido desde hace varias décadas, que la situación económica para las grandes masas trabajadoras ha empeorado paulatina y drásticamente. Por ejemplo, algunos especialistas sostienen con bases sólidas que el trabajador mexicano de hoy gana apenas el 25% de lo que ganaba el trabajador de hace 25 años. Esta pérdida del poder adquisitivo tan brutal, se explica entre otras cosas por el hecho de que, tanto los grandes empresarios mexicanos, como los extranjeros que invierten en el país, han engordado inmensamente sus fortunas. Mientras en un polo de la sociedad –la ínfima minoría- se concentra cada vez más la riqueza, en el otro polo -la inmensa mayoría- se concentran la miseria, el desempleo, las inmundicias salidas de esa pobreza: desnutrición, analfabetismo, insalubridad (según una cifra dada a conocer en un noticiero de televisión, en el país son 14 millones los mexicanos que están dentro de los limites que se conocen como pobreza alimentaria, es decir, es tal su miseria que están hambrientos, están –sin ánimo de exagerar- en los niveles de hambre y desnutrición de los países africanos más pobres o sea los más pobres del planeta).
El desempleo, que instituciones como el INEGI han maquillado sistemáticamente -que es actualmente, según el INEGI, del 4% de la PEA (población económicamente activa)- para embellecer el negro panorama del país, según algunos expertos en la materia, es en realidad el 50% de la PEA. Es decir, aproximadamente 22 millones de ciudadanos tienen un empleo fijo y con las prestaciones establecidas en la ley. Las otros 22 millones de personas con capacidad de trabajar, son desempleados abiertos, trabajadores eventuales, vendedores ambulantes, “prestadores de servicios” que sólo trabajan algunos días al mes, etc., etc. México es uno de los principales expulsores de trabajadores migratorios en el mundo. Hace 25 años el gasto público representaba casi la mitad del PIB, actualmente es el 24%, muy por debajo de naciones como Francia (50%) Noruega, Suecia y Finlandia (más del 55%). La CEPAL dice que México es el último lugar de crecimiento económico de Latinoamérica, por debajo de Haití. El campo mexicano sigue abandonado, tenemos una agricultura que en muchas regiones del país es de autoconsumo, no hay inversión, no hay capitalización del campo, el minifundio mantiene un secular atraso. La delincuencia, el crimen organizado, el narcotráfico han crecido el los últimos lustros exponencialmente. Los derechos constitucionales de organización, de manifestación, etc., de los mexicanos pobres pretenden ser coartados o eliminados de plano. En una palabra: México ha tenido para las grandes masas trabajadoras una grave crisis económica y social desde hace varios años. Para los grandes potentados, en cambio, el modelo económico ha sido una cornucopia, un prolongado y suculento banquete. La crisis, para los pobres del país ya existía; ahora se agrava con los efectos de la recesión mundial. Ya es hora de que el gigante se desaturda.
* Colaboraciones anteriores