MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Naturaleza y sociedad

Hector Enciso Carrillo
Dirigente del Movimiento Antorchista en Colima
Colima, Col., a 31 de enero de 2010

Desatadas en las últimas semanas las fuerzas de la naturaleza, éstas han mostrado su poder destructivo y de afectación para cientos de millones de seres humanos. Por ejemplo, en los primeros días de éste naciente año, en América del Norte y en Europa se dejo venir una oleada de intenso frío que ha provocado fuertes nevadas y la paralización de muchas actividades productivas. En México esta onda gélida ha sido tan severa que -dicen los expertos meteorólogos-, desde hace 124 años no se presentaba una onda parecida ¿Cambio climático por el efecto invernadero provocado por la polución planetaria? ¿Una simple manifestación de fenómenos cíclicos de la naturaleza? Juzgue usted, amable lector. Lo que no tiene discusión es que esas variaciones del clima provocan la agudización del sufrimiento de cientos de millones de seres humanos, sobre todo de los más desposeídos, quienes no pueden guarecerse suficientemente por carecer de una casa bien construida y con calefacción adecuada y tampoco pueden abrigarse con ropa y calzado propios para clima frío. Bien sabemos que la pobreza de cualquier persona se vuelve más aguda cuando se presentan, las heladas, los terremotos, los huracanes, etc., dado que las carencias en vivienda, ropa, alimentación y sobre todo en la atención a los hijos pequeños se recrudecen, volviéndose un infierno la existencia.  
     
Si las ondas gélidas llegan con su cauda de muertes por hipotermia y por asfixia (la cual ocurre al inhalar bióxido de carbono cuando las personas intentan calentarse, prendiendo fogatas en sus casas cerradas), son aún más devastadores los embates repentinos de la naturaleza –como los terremotos o los tsunamis-, porque éstos toman desprevenidos a miles y a veces a millones de personas, por lo que la cantidad de muertes se  puede elevar considerablemente de forma repentina. Pero, la pobreza no la produce la naturaleza, pues ésta no es avara con el hombre, al contrario, es pródiga cuando se le sabe explotar con racionalidad; la pobreza de miles de millones de seres humanos es, en realidad, el resultado de la forma en que se reparte esa misma riqueza, producto del esfuerzo social de las clases productivas. La pobreza deriva del cómo está estructurada la sociedad. Por eso cuando ocurren los violentos movimientos telúricos, las lluvias torrenciales y huracanes provocando grandes inundaciones o deslaves que sepultan casas y seres humanos, las calamidades acarreados por estos siniestros, sólo agrandan lo que ya de por sí existe desde hace muchos siglos en la sociedad, el privilegio de una minoría que concentra descomunalmente la riqueza social, mientras que la otra padece hambre, miseria, frío, epidemias, etc.  Recordemos al huracán Mitch que en 1998 azotó a varios países centroamericanos, matando a cerca de 20 mil personas e hizo  más honda e insoportable la miseria de cientos de miles de campesinos;  recordemos también cómo en 2005 los habitantes pobres de Nueva Orleans –de los cuales murieron, según cifras oficiales, cerca de dos mil- se quedaron sin casa, sin muebles, sin nada tras el paso de el huracán Katrina que azotó las costas de Louisiana, sin que el gobierno de EE UU hiciese nada por impedir la desgracia de miles de familias. Y, recordemos también, la más grande catástrofe de los últimos años, el tsunami acaecido en el Océano Indico en 2004, en donde debido al terrible descuido de los gobiernos de varias naciones -que no alertaron ni trasladaron a lugares seguros a cientos de miles de personas, a pesar de que el maremoto tardó varias horas en llegar a las costas-, lo cual provocó la muerte de más de 250 mil personas.

Haití es el último ejemplo de cómo la fuerza de la naturaleza puede ser sumamente destructiva, pero también es uno de los ejemplos más diáfanos de cómo esa destrucción se potencia por la miseria en que viven y han vivido siempre la inmensa mayoría de habitantes de esa atribulada isla caribeña. Se potencia por la ambición de los que concentran poder económico y político. Se habla de 150 mil muertos en Haití, de los cuales 111 mil han sido localizados; se nos informa que fueron un millón las edificaciones que se cayeron y son cerca de dos millones los que se quedaron sin hogar; los cuerpos se pudren a flor de tierra; los niños sufren hambre, enfermedades; los habitantes disputan machete o pistola en mano los alimentos “distribuidos” por los organismos internacionales. Haití, está en manos de EE UU, quien ha tomado el control del país. Para justificar la invasión ha mantenido secuestrados los alimentos, ropa y medicinas que han llegado como auxilio de varios países al aeropuerto de Puerto Príncipe. Cálculo y estrategia para enfrentar entre sí a los haitianos y poder presentarlos ante el mundo como “salvajes”, que requieren de la “Manu militari” de los que se creen dueños del planeta. Haití es ahora presa de los buitres imperiales. Se ha convertido en el espectáculo morboso con que lucran las grandes empresas televisivas, el nicho en que los hipócritas filántropos se hacen publicidad, y el lugar en donde los grandes potentados ya calculan como sacar raja económica y geopolítica de la “reconstrucción”. El cataclismo social que vive Haití, esencialmente, no es producto de un movimiento telúrico, sino producto de la irracional sociedad que no reparte la riqueza social.
 

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