MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Ser joven es un peligro en México

Héctor Enciso Carrillo
Dirigente Antorchistas en Puerto Libertad, Pitiquito, Sonora
11 de octubre de 2011

Ahora que visito –por razones de trabajo- algunos cibercafés en Sonora, me he dado cuenta que son muchos los jóvenes que recurren al internet para escuchar “narcocorridos”, para visitar páginas de la “súper carretera de la información” en las que se hace apología de la violencia, en donde se exalta, de forma a veces descarada, a veces sutil, a las actividades relacionadas con el crimen organizado. Muchos adolescentes, ya desde su etapa como estudiantes de secundaria o bachillerato, están embebidos con la idea de convertirse algún día en “personajes” con dinero obtenido fácilmente, aún a costa de convertirse en delincuentes, en sicarios, etc. Algunos estudios realizados sobre la problemática delincuencial en la juventud mexicana sostienen que los salarios que los grupos del crimen organizado les pagan a los jóvenes que ingresan a esas organizaciones, como sicarios, es de alrededor –en promedio- de  tres mil dólares mensuales (algo así como 40 mil pesos). Estos mismos estudios sostienen que, cuando menos un millón de jóvenes mexicanos (de los 7.5 millones de “ninis” de México), se encuentra actualmente  enrolado, en distinto grado, en el crimen organizado.

 Cifra muy ilustrativa de la gravedad que “ha provocado -según el investigador de la UNAM, el sicólogo Héctor Castillo Berthier- el coctel perverso que seduce a los jóvenes, sin opciones de trabajo o educativas, armas a bajo precio, drogas, mujeres, dinero fácil y rápido”.  Y yo, con mi modesta opinión agregaría que no es esencialmente la ambición y el deseo de hacer dinero rápido y fácil el factor fundamental que lleva a los jóvenes a buscar la opción del crimen organizado; pues esta visión sería la que más le conviene a los verdaderos culpables de la tragedia juvenil en México, pues ubican la raíz del problema en los “deseos” y ambiciones del individuo, dejando de lado el verdadero origen del problema: la incapacidad del sistema socioeconómico y político de México para brindar a la juventud educación, empleo, buenos salarios, cultura y, en síntesis, un ambiente de verdadero desarrollo humano, un ambiente que garantice no solo a jóvenes, sino a toda la población en general, salud, buena alimentación, vivienda decorosa, educación de calidad, buenos servicios, en fin, atención a  los principales indicadores del desarrollo socioeconómico de la población.  

Pero la ONU, en su análisis sobre el problema de los homicidios en el mundo dado a conocer el 9 de cotubre (ver diarios El Universal y La Jornada) y denominado “El estudio global de homicidios 2010”, señala con particular énfasis que: “Ser joven en países con bajo ingreso (de los habitantes, agregado mío), alta desigualdad social y problemas de delincuencia organizada, en especial el narcotráfico, constituye el mayor riesgo de morir asesinado”. Al enumerar las condiciones en que se incrementa la posibilidad de que haya homicidios en la juventud en países como México, reconoce tácitamente que no es la maldad “intrínseca a la naturaleza humana”, la culpable de que los jóvenes –y general los seres humanos- terminen en las garras de la delincuencia, la drogadicción, el alcoholismo, etc., sino que las causas están en “la desigualdad social”, en “los bajos ingresos  de la población”, en el desempleo, en la falta de educación, etcétera.

La ONU, tal vez sin proponérselo, está reconociendo la relación causa-efecto que existe entre condiciones socioeconómicas y delincuencia y criminalidad. No es por tanto casual –como reconoce en el mismo estudio comentado- que en México la tasa de homicidios, desde el 2005 hasta el 2010, haya crecido en un 65%, cifra que nos da clara evidencia del fracaso del programa gubernamental de “combate al crimen organizado”, pues, la mayor parte de los homicidios en México son consecuencia del enfrentamiento entre el Estado y la delincuencia. Queda claro, por lo que dice la ONU, que en México no se requiere gastar las enormes  sumas de dinero para atacar de fondo al crimen organizado. Se requiere invertir en lo que eleva el nivel de satisfacción de los índices de atención a la juventud. En ese sentido urge un modelo económico distinto al actual; un modelo que no privilegie a los sectores más poderosos del país, sino que privilegie la distribución equitativa de la renta nacional; se requiere un plan nacional que contemple el fortalecimiento del mercado interno, realizando una inversión pública y privada de proporciones suficientes para que se acabe el gran desempleo, se eleven sustancialmente los salarios de la clase trabajadora y se incrementen sensiblemente los niveles de vida (en educación, salud, servicios, etc.) invirtiendo –como lo están haciendo otras naciones- en obra pública encaminada a ese propósito.

Una vez más, insisto, es la juventud en México y en el mundo la que está más descontenta y la que, más temprano que tarde, levantará un movimiento que sacudirá al planeta entero. Y ese movimiento sólo será el resultado de la ceguera e insensibilidad de los grandes potentados del orbe. ¿Entenderán esto nuestros gobernantes? ¿Habrá alguien en la clase gobernante del país capaz de tener la suficiente sensibilidad para visualizar el futuro difícil y tormentoso en el país? Por lo pronto los desheredados del mundo no podemos confiarnos de la “bondad” y “humanismo” de quienes viven de expoliar a la humanidad.    

Puerto Libertad, Son. a 9 de octubre de 2011

 

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