Desde hace muchos años, la historia de nuestro país
es vista y difundida por las esferas oficiales de gobierno,
como una ciencia rígida, que sólo registra fechas,
lugares y nombres alusivos a los acontecimientos más
relevantes por los que ha pasado la sociedad mexicana, limitando
a cada ciudadano, a lo sumo, a que se aprenda de memoria algunos
datos relevantes de los distintas etapas por las que ha transcurrido
nuestro devenir histórico, evitando en todo momento
enfocar a la nación que hoy tenemos, en su nacimiento,
su desarrollo, en el momento actual y en su perspectiva futura,
como un proceso dinámico, como una sociedad que evoluciona
en función de sus condiciones políticas, sociales
y sobre todo económicas.
Así me explico la tremenda superficialidad y simpleza
con que hoy se celebra, por ejemplo, un año más
del inicio de la Guerra de Independencia. Como dije, en la
versión oficial, escolarizada, nos enseñan a
que aprendamos una historia rígida e inmutable; se
nos habla de que hubo un tiempo en el cual fuimos dominados
por los gachupines por casi 300 años, que nuestros
antepasados indígenas vivían prácticamente
en la esclavitud, en el hambre, en la insalubridad y en la
ignorancia más atroces, que no eran dueños ni
de su propia vida y que, como consecuencia de ello, estalló
la revuelta encabezada por el cura Don Miguel Hidalgo y otros
caudillos de la Independencia, gracias a los cuales los mexicanos
nos liberamos del yugo español y hoy tenemos patria.
Cosa parecida se nos dice de la Guerra de Reforma, liderada
por Don Benito Juárez, casi medio siglo después,
quien fusiló en el Cerro de las Campanas a Maximiliano
de Habsburgo, el usurpador francés que ungieron como
emperador los sectores más reaccionarios de nuestro
país; fue otro episodio luminoso del espíritu
patriota de los reformadores de aquella época. Y que
exactamente un siglo más adelante, en 1910, para sacudirnos
del yugo explotador y trato inhumano que se le daba al pueblo
durante la dictadura de Porfirio Díaz, fue necesaria
una revolución, un nuevo derramamiento de sangre para
obligar a los poderosos de siempre a establecer una patria
más democrática y más justa.
Bien, muy bien. De la Revolución Mexicana a la fecha
estamos a punto de completar otro siglo más. ¿Y
cuál es la situación económica, política
y social de nuestro país? Todos la sabemos. En lo económico,
de un millón doscientos mil empleos nuevos que se requieren
al año, en el sexenio de Vicente Fox sólo se
generaron 100 mil anualmente, en promedio. En lo político,
México ha dado un viraje lamentable hacia la derecha
y se ha entronizado en el poder presidencial el Partido Acción
Nacional, cuyos principales líderes y gobernantes no
son más que los nietos, biznietos y tataranietos de
las clases más retrógradas que representaron
al gobierno y a los ricos durante la Guerra de Independencia,
la Guerra de Reforma y la Revolución Mexicana. En el
terreno social, la situación no puede estar más
tétrica: más de 70 millones de pobres y extremadamente
pobres, que viven en la insalubridad, en el hambre, que no
se educan, que habitan en casas indignas, que viven en colonias
y barrios sin servicios; tenemos hoy, un México en
donde la falta de empleo ha arrojado a millones de gentes
al comercio ambulante, a la prostitución y a la delincuencia
espontánea y organizada; tenemos un país de
donde huyen, vergonzosamente, 500 mil mexicanos al año
hacia los Estados Unidos de Norteamérica.
Esta cruda realidad, que ahí está, que nos
golpea y nos ofende a diario, es la que ocultan los patrioteros
(que no patriotas) encargados de difundir la historia oficial
que, apoyándose en los poderosos medios de comunicación,
enervan la conciencia del pueblo y desvían la atención
de los mexicanos, hablando de las injusticias que se cometieron
en el pasado, pero que esconden, con sumo celo, las mismas
o peores injusticias que se cometen hoy en día. Implícita
y explícitamente nos dan a entender, que si la sociedad
mexicana padece algunas dificultades en perjuicio de los que
menos tienen, que no nos preocupemos, que aquellas son completamente
salvables, que la pobreza va de más a menos y bla,
bla, bla. En síntesis, tratan de convencernos de que
la inequitativa distribución de la riqueza es un problema
perfectamente manejable por el sistema actual, es decir, que
no es necesario pensar en otro cataclismo social y menos en
otra revolución. Hemos llegado, pues, ajustes más
ajustes menos, a la sociedad ideal y todo se arreglará
con un poco más de paciencia y de colaboración
con nuestros gobernantes. Nuevamente aparece la visión
estática de nuestra historia.
Pero no estoy de acuerdo con esta versión “tranquilizadora”
de la situación del país. Tampoco soy partidario
de una revolución a la vuelta de la esquina, porque
todos sabemos cuando empieza una revolución pero no
cuando termina y conocemos de las terribles consecuencias
que las guerras acarrean, en particular para los pobres. ¿Qué
hacer entonces? Como la principal responsabilidad la llevan
nuestros gobernantes, que estos señores tomen conciencia
de que están sentados, sin exageración, en un
barril de pólvora y de que, por tanto, junto con la
clase dueña del dinero, en un acto de sobrevivencia
y de inteligencia políticas (y por qué no, de
patriotismo) flexibilicen su postura y se pongan a instrumentar
en serio un plan que ataque, también en serio, la injusta
distribución de la riqueza.
Por lo que toca a nosotros, ciudadanos comunes y corrientes,
cobrar conciencia de que la historia de los pueblos del mundo
ha demostrado reiteradamente, que llamados como éstos,
como si fuera una ley fatal, lamentablemente no son escuchados
por los capitalistas y su Estado, porque ya lo dice la conseja
popular: “no hay peor sordo que el que no quiere oír”.
Por lo consiguiente, todo verdadero hombre y toda verdadera
mujer de nuestro tiempo, conciente de la grave situación
que sufre nuestro pueblo, debe tomar partido abiertamente
del lado de los desheredados y ponerse a trabajar con decisión,
con inteligencia y con entrega, en la ardua pero urgente tarea
de transmitirle esa misma conciencia a los millones de trabajadores
mexicanos del campo y de la ciudad, para educarlos, organizarlos
y ponerlos en pie de lucha. Como antaño, ha llegado
el momento de volver a ser patriotas.
¡Unión, Fraternidad Y Lucha!