MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Volver a ser patriotas
Biól. Jesús Tolentino Román Bojórquez
Dirigente antorchista en el Estado de México
19 de septiembre de 2006

Desde hace muchos años, la historia de nuestro país es vista y difundida por las esferas oficiales de gobierno, como una ciencia rígida, que sólo registra fechas, lugares y nombres alusivos a los acontecimientos más relevantes por los que ha pasado la sociedad mexicana, limitando a cada ciudadano, a lo sumo, a que se aprenda de memoria algunos datos relevantes de los distintas etapas por las que ha transcurrido nuestro devenir histórico, evitando en todo momento enfocar a la nación que hoy tenemos, en su nacimiento, su desarrollo, en el momento actual y en su perspectiva futura, como un proceso dinámico, como una sociedad que evoluciona en función de sus condiciones políticas, sociales y sobre todo económicas.

Así me explico la tremenda superficialidad y simpleza con que hoy se celebra, por ejemplo, un año más del inicio de la Guerra de Independencia. Como dije, en la versión oficial, escolarizada, nos enseñan a que aprendamos una historia rígida e inmutable; se nos habla de que hubo un tiempo en el cual fuimos dominados por los gachupines por casi 300 años, que nuestros antepasados indígenas vivían prácticamente en la esclavitud, en el hambre, en la insalubridad y en la ignorancia más atroces, que no eran dueños ni de su propia vida y que, como consecuencia de ello, estalló la revuelta encabezada por el cura Don Miguel Hidalgo y otros caudillos de la Independencia, gracias a los cuales los mexicanos nos liberamos del yugo español y hoy tenemos patria. Cosa parecida se nos dice de la Guerra de Reforma, liderada por Don Benito Juárez, casi medio siglo después, quien fusiló en el Cerro de las Campanas a Maximiliano de Habsburgo, el usurpador francés que ungieron como emperador los sectores más reaccionarios de nuestro país; fue otro episodio luminoso del espíritu patriota de los reformadores de aquella época. Y que exactamente un siglo más adelante, en 1910, para sacudirnos del yugo explotador y trato inhumano que se le daba al pueblo durante la dictadura de Porfirio Díaz, fue necesaria una revolución, un nuevo derramamiento de sangre para obligar a los poderosos de siempre a establecer una patria más democrática y más justa.

Bien, muy bien. De la Revolución Mexicana a la fecha estamos a punto de completar otro siglo más. ¿Y cuál es la situación económica, política y social de nuestro país? Todos la sabemos. En lo económico, de un millón doscientos mil empleos nuevos que se requieren al año, en el sexenio de Vicente Fox sólo se generaron 100 mil anualmente, en promedio. En lo político, México ha dado un viraje lamentable hacia la derecha y se ha entronizado en el poder presidencial el Partido Acción Nacional, cuyos principales líderes y gobernantes no son más que los nietos, biznietos y tataranietos de las clases más retrógradas que representaron al gobierno y a los ricos durante la Guerra de Independencia, la Guerra de Reforma y la Revolución Mexicana. En el terreno social, la situación no puede estar más tétrica: más de 70 millones de pobres y extremadamente pobres, que viven en la insalubridad, en el hambre, que no se educan, que habitan en casas indignas, que viven en colonias y barrios sin servicios; tenemos hoy, un México en donde la falta de empleo ha arrojado a millones de gentes al comercio ambulante, a la prostitución y a la delincuencia espontánea y organizada; tenemos un país de donde huyen, vergonzosamente, 500 mil mexicanos al año hacia los Estados Unidos de Norteamérica.

Esta cruda realidad, que ahí está, que nos golpea y nos ofende a diario, es la que ocultan los patrioteros (que no patriotas) encargados de difundir la historia oficial que, apoyándose en los poderosos medios de comunicación, enervan la conciencia del pueblo y desvían la atención de los mexicanos, hablando de las injusticias que se cometieron en el pasado, pero que esconden, con sumo celo, las mismas o peores injusticias que se cometen hoy en día. Implícita y explícitamente nos dan a entender, que si la sociedad mexicana padece algunas dificultades en perjuicio de los que menos tienen, que no nos preocupemos, que aquellas son completamente salvables, que la pobreza va de más a menos y bla, bla, bla. En síntesis, tratan de convencernos de que la inequitativa distribución de la riqueza es un problema perfectamente manejable por el sistema actual, es decir, que no es necesario pensar en otro cataclismo social y menos en otra revolución. Hemos llegado, pues, ajustes más ajustes menos, a la sociedad ideal y todo se arreglará con un poco más de paciencia y de colaboración con nuestros gobernantes. Nuevamente aparece la visión estática de nuestra historia.

Pero no estoy de acuerdo con esta versión “tranquilizadora” de la situación del país. Tampoco soy partidario de una revolución a la vuelta de la esquina, porque todos sabemos cuando empieza una revolución pero no cuando termina y conocemos de las terribles consecuencias que las guerras acarrean, en particular para los pobres. ¿Qué hacer entonces? Como la principal responsabilidad la llevan nuestros gobernantes, que estos señores tomen conciencia de que están sentados, sin exageración, en un barril de pólvora y de que, por tanto, junto con la clase dueña del dinero, en un acto de sobrevivencia y de inteligencia políticas (y por qué no, de patriotismo) flexibilicen su postura y se pongan a instrumentar en serio un plan que ataque, también en serio, la injusta distribución de la riqueza.

Por lo que toca a nosotros, ciudadanos comunes y corrientes, cobrar conciencia de que la historia de los pueblos del mundo ha demostrado reiteradamente, que llamados como éstos, como si fuera una ley fatal, lamentablemente no son escuchados por los capitalistas y su Estado, porque ya lo dice la conseja popular: “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Por lo consiguiente, todo verdadero hombre y toda verdadera mujer de nuestro tiempo, conciente de la grave situación que sufre nuestro pueblo, debe tomar partido abiertamente del lado de los desheredados y ponerse a trabajar con decisión, con inteligencia y con entrega, en la ardua pero urgente tarea de transmitirle esa misma conciencia a los millones de trabajadores mexicanos del campo y de la ciudad, para educarlos, organizarlos y ponerlos en pie de lucha. Como antaño, ha llegado el momento de volver a ser patriotas.


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