Jamás podrá
exagerarse la gran importancia que juega en el desarrollo de
un país el papel de la educación. Todo mundo converge
en la idea de que la educación básica primero
y la educación superior después, llevada a niveles
de excelencia, es no sólo un derecho de la población,
sino, incluso, una necesidad vital de la sociedad que impacta
directamente en la economía, en la producción
de riqueza material y cultural de un país, generación
de riqueza que debe completarse con una distribución
equitativa de la misma.
No obstante la unanimidad que existe entre todas las corrientes
políticas gobernantes de nuestro país en torno
al tema que nos ocupa, lamentablemente, como sabemos, en el
terreno de los hechos la realidad educativa es muy otra. En
efecto, en México la llamada pirámide educativa
se reafirma con el paso de los años: sólo el 3
por ciento de los mexicanos termina una licenciatura, un 20
por ciento los estudios de bachillerato, un 35 por ciento la
educación secundaria, el 50 por ciento la instrucción
primaria y, por debajo de la pirámide existen casi ocho
millones de analfabetos. Décadas van y décadas
vienen y esta injusta distribución del conocimiento,
por llamarle de alguna manera, no sólo no se modifica
a favor de una educación de masas, para todo el pueblo,
sino que la pirámide tiende a aguzarse en la cúspide
y a ensancharse en su base.
En este contexto y sin caer en el autoelogio fácil ni
ramplón, es digno de reconocerse y de difundirse el esfuerzo
que realiza el Movimiento Antorchista en la Zona Oriente del
Estado de México, concretamente en los municipios de
Chimalhuacán, Ixtapaluca y más recientemente en
Chicoloapan y Texcoco, en el sentido de contribuir con nuestro
granito de arena a combatir el analfabetismo, trabajo que venimos
realizando desde hace un año y medio aplicando el renombrado
programa cubano ALFA-TV “yo si puedo”, que en tan
sólo siete semanas nos permitió graduar en este
primer trimestre del año a casi ¡1200 mexiquenses!,
que se suman a los casi dos mil que se graduaron con anterioridad.
El mérito estriba, en primer lugar, en que se trata de
un programa que se aplica con instructores (llamados técnicamente
facilitadotes) que hacen su labor de alfabetización gratuitamente,
a diferencia de otros programas gubernamentales, como el INEA,
que otorga una remuneración a sus promotores. En segundo
lugar, se trata de un programa cuyo número de alfabetizados
tiende a aumentar y que, comparado con el INEA (no con el afán
de generar polémica, sino únicamente como punto
de referencia), la productividad en el mismo intervalo de tiempo
es de hasta el 500 por ciento superior en el caso de ALFA-TV.
Animado por la numerosa generación que acaba de graduarse,
no quise pasar desapercibido el hecho, pues con esta labor en
pro de los más humildes entre los humildes de la Zona
Oriente, se confirma ante propios y extraños el carácter
profundamente humanista del trabajo político que realizamos
los antorchistas. De esta manera, con acciones concretas y no
con discursos interesados que prometen el paraíso terrenal
pero que nunca se cumplen, los antorchistas demostramos que
nuestro compromiso con las clases populares es auténtico,
da resultados tangibles que se pueden ver y tocar. ¡Mis
felicidades por esta lección de entrega, de desinterés,
de amor verdadero al prójimo y mí más ferviente
deseo porque esta noble y hasta enternecedora tarea, diría
yo, siga redituando más y más frutos hasta declarar
estos cuatro municipios libres de analfabetismo.
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