El dolor llegó el otro día; se paseó sigiloso por las calles de nuestro arrabal como quien camina por lugares ya de antiguo visitados. El dolor llegó como siempre, sin avisar, sin ser bienvenido. Igual que viejo conocido, entró sin pedir permiso, se tumbó cual un perro cansado de aullar, y se quedó quieto en mitad de nuestros desprevenidos corazones, pero antes nos colocó un tapabocas negro, frío, pegajoso como tela de araña. Por eso hoy nos duele el corazón y no podemos hablar…
(Pero necesario es que hagamos uso de la voz, que obliguemos a la palabra a salir de nuevo al mundo a pronunciarse por la verdad y propalar la justicia).
Entonces, cuando el dolor nos vio callados, se levantó y con su voz lúgubre empezó a decir: “ayer cuando estabas escuchando la historia contada por la mujer cuyos hijos le arrebató la muerte; ayer mientras interrogabas a la luz de la tarde buscando una respuesta que atenuara el sufrimiento y te condolías de la madre que ya no tenía lágrimas para llorar, justo en ese instante un hermano tuyo encaraba al oscuro rostro de la muerte”…
Dicho esto, el dolor se fue y ciertamente mi hermano también partió hacia la eternidad llevándose su eterna sonrisa. Pero estoy seguro que mi hermano, quien en vida se llamó Humberto Gutiérrez Corona, se fue satisfecho de haber vivido una iluminada vida breve, igual a la de una estrella fugaz. Ahora entiendo por qué el dolor estaba desconsolado. Es que nunca lo pudo alcanzar para arrebatarle la sonrisa de hombre bueno.
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