MOVIMIENTO ANTORCHISTA


En un paraje solitario

Mario García Castillo
Dirigente antorchista en Quintana Roo
13 de marzo de 2009

El sábado 23 de febrero de un año que no quiero recordar, fue asesinado Paulino Urióstegui Cruz.  Desde luego está muy claro que febrero ya pasó, y aquel 23 de febrero ha quedado aún más lejos, esto está muy claro también. Mucha lluvia ha borrado las huellas en el lugar del crimen y mucho olvido ha soplado su hálito segador sobre los “pensamientos” y los “no me olvides”.

¿Para que remover la tierra que ya está tan compactada?  Podría alguien preguntar, ofendiendo a los arqueólogos. Y la respuesta también alguien podría formularla posiblemente así: -En la lista de los mártires antorchistas ya había muchos nombres cuando se agregó el de Paulino, pero en ese tiempo él era el primer asesinado que pertenecía al grupo de lo que conocemos como activistas de Antorcha. Fue, entonces, el primer activista asesinado-.

Él, igual que cualquier hombre, sin lugar a dudas habría cometido algunas faltas, pero no era un criminal; realmente no tenía enemigos personales y gozaba de una sana juventud. Por eso puede decirse que su muerte no fue por problemas personales, tampoco accidental, ni por causas naturales; fue una muerte calculada, fue un homicidio perpetrado con el propósito de causar pánico, de hacer el mayor daño posible entre las filas del antorchismo. Debido a ello no está por demás decir, que los asesinos calcularon mal; sí causaron daño, sí provocaron dolor, desconcierto, miedo, más todo momentáneo, pues en seguida, la vida inmolada de Paulino causó el mismo efecto que cuando se arroja gasolina al fuego. Aunque él era, ya lo dije, simple y sencillamente un hombre, es decir, un simple ciudadano, con la única diferencia de su actividad militante en Antorcha.

El día que lo asesinaron se dirigía en compañía de varias personas a la fiesta anual de Tecomatlán. Esa era la primera vez, creo yo, que se presentaba un grupo importante en la feria del pueblo; tocaba en el baile de aquella noche, según decía el cartel donde se anunciaba el programa de la feria, “La Banda del Recodo”.  Y la Banda del Recodo tocó y el baile fue un éxito, aunque algunos no acudimos, pues tuvimos que acompañar a Paulino en los trámites de rigor que se siguen con un muerto antes de darle sepultura. Junto con Paulino murieron otras dos personas, y cinco más resultaron heridas, de estas cinco uno era un niño de aproximadamente siete años, quien ahora, con la marca que le dejara en el cuerpo y en la memoria la bala de un sicario, ya es un hombre adulto. Ha pasado pues mucho tiempo; la fiesta anual de Tecomatlán sigue celebrándose cada mes de febrero; en la de este año se presentó nuevamente la Banda del Recodo, pero en un escenario completamente distinto en sentido positivo; la fiesta en sí es más vistosa, el aspecto del pueblo ha cambiado drásticamente, se han trazado avenidas donde antes eran páramos, se han levantado construcciones modernas donde antes cerraba el paso la maleza con espinas. Las tristes callejuelas polvorientas se han convertido en amables pasajes provincianos tapizados de adoquín. El cementerio dejó de asfixiar a la vieja construcción de la iglesia, pues los difuntos emigraron a un tranquilo retiro que constituye ahora el panteón municipal y sobre el campo erizado de sepulturas que circundaba la iglesia, surgió la plataforma de un limpio y tranquilo atrio por el que se ha visto desfilar año tras año muchos novios a contraer matrimonio y una multitud de niños vestidos de blanco cual mariposas en cada ciclo primaveral. Ha transcurrido digo, mucho tiempo desde que se realizó ese baile al que algunos no asistimos.    
  
Pero las rachas de aquel 23 de febrero, con sus leves nubes de polvo y su luz lánguida de un sol intermitente, se hacen presentes cada que se cumplen trescientas sesenta y cinco lunas llenas; en las noches de esos días, la tumba de Paulino, igual que las tumbas de todos los mártires antorchistas, se ve recién removida. Son tumbas donde nadie descansa, esto es así porque las botas negras del fascismo marchan ya sobre nosotros. Preguntemos si no es cierto a nuestros compañeros presos en Querétaro, víctimas del fascismo panista. Y en esas noches, cuando se escuchan los tambores fascistas de la guerra y las tumbas de nuestros mártires lucen cual recién removidas, llegan voces conocidas que nos dicen al oído: “haz como que no escuchas, como si la lluvia del tiempo te anegara la memoria, pero inventa un pretexto para que no me olvides”.  

     

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